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domingo, 21 de noviembre de 2010

CUENTOS REENCARNACIONISTAS: ¡NO SE LEVANTA!Historia de dos hermanas -2da. y última parte

CUENTOS REENCARNACIONISTAS
¡NO SE LEVANTA! 
Historia de dos hermanas

2da. y última parte



Al principio, la trató a Hortencia con fingida ternura y afabilidad,velando por su salud y bienestar, pero, transcurridos unos pocos días,su espíritu mercenario y calculista pasó a explotar todas lascircunstancias favorables, en base al estado calamitoso de su hermana.
Habiendo observado que la mejoría temporaria de Hortencia le reducía los ingresos materiales, Guiomar le comenzó a negar los mínimos recursos,respecto a la higiene y bienestar, cuidando adrede de darle un aspecto lúgubre, grotesco y trágico.

Llevaba a Hortencia a los lugares de mayor afluencia de público.
La levantaba de madrugada y la hacía caminar por las calles en busca de los primeros transeúntes; y a alta hora de la noche, la obligaba a quedarse en los puntos estratégicos para mejorar la cosecha de sus intereses. 
Obsesionada por la mórbida especulación sobre la deformación de la hermana, Guiomar algunas veces transportaba a Hortencia en automóvil, de un lugar a otro, a fin de llegar a tiempo a las fiestas de la iglesia o a la salida de los cinematógrafos. 
La llevaba casi a la rastra delante de los templos repletos de fieles, o le apuraba sus vacilantes pasos para que alcanzara la trajinada estación del ferrocarril.
Hortencia ya tenía treinta años y estaba horrenda. 
El cráneo alargado, sus cabellos erizados, el rostro amarillento y alargado, formaban un
esbozo humano mal acabado, como si hubiera sido esculpido por la mano de un grosero artista. Además, había perdido la mayoría de los dientes, y los que aún le quedaban eran puntiagudos, acentuándole el aspecto enmalezco.
Algunas personas de corazón magnánimo le compraron un carrito de ruedas,fácilmente movido con las manos. 
Guiomar se puso furiosa con esaprovidencia caritativa, que le reducía gran parte de las limosnas; y cierta noche oscura, cuando Hortencia dormía, puso el carrito en las vías del tren, destruyéndole el medio práctico de su movilidad, porque atentaba contra el cuadro miserable que ella intencionadamente quería que su hermana ofreciera ante la gente misericordiosa. 
Desde ese momento, comenzó a vigilar a Hortencia, como el felino vigila a su presa,


impidiéndole todo contacto con otras personas. Evitaba que la visitaran


las asociaciones benéficas y sólo le permitía el derecho de pedir una


limosna, por el amor de Dios. Toda la contextura espiritual primaria de


Guiomar se fue manifestando ante el estado progresivo de la hermana.


Golpeaba a Hortencia, cuando la recaudación del día había sido mala,


censurándole la ineficacia demostrada en el saber pedir; y la dejaba


intencionalmente sin comida hasta que consiguiera corregirse en el


aprendizaje impuesto. Ensayaba todas las posibilidades de corrección


para la enseñanza, comprobando que el hambre era lo único que mejoraba


la lección impartida a su hermana.

Un buen día, cierta organización espirita, condolida por la situación de
Hortencia, promovió una suscripción entre sus asociados y consiguió el
dinero suficiente para internarla en una Institución hospitalaria
adecuada a su enfermedad. Entregaron cierta e importante cantidad de
dinero a Guiomar para que le comprase ropas y elementos necesarios a su
hermana, pero, para sorpresa de todos, Guiomar desapareció con el
dinero, dejando a, su hermana en la más extrema de las miserias. Tiempo
después, se supo toda la verdad; Guiomar había retirado de la Caja de
Ahorro una abundante suma de dinero y se marchó hacia un lugar ignorado
en compañía de un conocido hombre de vida nocturna de esa Capital.

Pasaron los años y un día Hortencia desapareció de la institución en
donde había sido recogida. Tiempo después, en el villorrio de Taperibá,
era uno de esos días calurosos y sofocantes, que hasta los pájaros se
refugiaban en los árboles, pues el calor, parecía no dar alivio. En
medio del pasto amarillento, salpicado por la tierra rojiza, había un
camino que se bifurcaba de la ruta principal. Más allá, en el riacho,
bajo un puente, algunas mujeres lavaban ropas en sus tablas, después de
refregarlas con abundante jabón. Algunas de ellas fumaban cigarros de
paja, esparciendo por el aire el olor acre, característico de los
mestizos o viejos negros; otras conversaban animadamente y reían,
acompañándose con gestos, propios del mujerío que habitualmente cumplen
con esa tarea. Entretenidas en sus trabajos, y como ninguna poseía la
"facultad de videncia", no percibían la insólita escena que transcurría, 
justamente, sobre el puente del cual se
protegían del cáustico sol. Allí, sin preocuparse del tórrido calor, se
encontraban tres hombres de vestidos translúcidos, envueltos por una
luminosidad suave, color lila zafirino. Las lavanderas jamás podrían
oírles el diálogo mantenido, puesto que eran espíritus con un trabajo
importante a realizar en aquella zona.

— ¡Creo que estamos bien orientados! —exclamó el más viejo de los tres,
un señor de aspecto agradable, tipo latino, que vestía túnica de seda
blanca como los antiguos griegos, que caía armoniosamente un poco más
abajo de la cintura. Señalando hacia el atajo sinuoso, entre los
arbustos, anotó: — ¡Nuestra cliente debe agonizar en esa dirección!—. Y
sonrió, con cierto aire tra- vieso, pero cordial, al mencionar la
palabra "cliente".

Los otros dos compañeros vestían de blanco, parecían enfermeros. Cada
uno aseguraba un pequeño y plateado aparato que relucía bajo el color
verde pálido, que emanaba de sus propias auras. Enseguida se pusieron a
caminar, lentamente, hasta alcanzar el camino estrecho. Después de
algunos minutos de caminar en un cordial entretenimiento espiritual,
llegaron frente a una cabaña arruinada, que sólo por milagro se mantenía
en pie. Fueron recibidos por una mujer de mediana edad, envuelta en un
halo parduzco y sin claridad definida, cuya fisonomía se iluminó al ver
llegar a los espíritus.

— ¡Gracias a Dios! —dijo, poniéndose la mano sobre el pecho y señalando
con la otra hacia el interior de la cabaña—. Está sufriendo
horriblemente y no puede liberarse sin la ayuda desencarnatoria. Por
eso, les ruego me disculpen por mis insistentes súplicas.

Los tres espíritus penetraron y no pudieron ocultar el choque vibratorio
desagradable que los alcanzó, por causa de los fluidos densos,
mortificantes y la gran cantidad de miasmas, gérmenes y bacilos
psíquicos, activados por el desarrollo de su vida inferior. En un
costado, echada sobre un montón de trapos y paja infestada, Hortencia,
la mujer simiesca y repulsiva, se revolvía en tormentosa agonía, con los
ojos desorbitados y fijos en el destrozado techo de la cabaña. No tenía
semejanza a ser humano alguno, parecía una caricatura esculpida en el
tronco de un árbol carcomido. El espíritu más viejo se curvó hacia ella,
en un gesto de profunda conmiseración y al mismo tiempo la ob-
servación, como el técnico que busca alguna falla en la pieza
valiosa.Enseguida aclaró:

—Realmente, el cordón umbilical se rompió y el chakra laríngeo está
debilitándose por la evasión del éter físico, lo que se comprueba por la
pérdida de la voz al intentar hablar. Ya fue superada la fase
instintiva, y ahora nuestro trabajo se concentra en la región mental, en
donde queda vestigio de la última onda de vida carnal!

Los dos jóvenes se postraron al lado de Hortencia y conforme a las
instrucciones de su mentor, movían sus aparatos en complicados procesos,
los que despedían colores de un anaranjado brillante y algunas veces se
matizaba con un plateado luminoso. Después de un lapso de tiempo, se
podía ver perfectamente el doble astral de Hortencia, proyectado unos
quince centímetros por encima de su cuerpo físico, pero todavía ligado a
un cordón plateado,2 que resplandecía como un hilo eléctrico
incandescente. Algunos minutos después, el espíritu director tomó un
estuche castaño claro, de donde sacó una especie de tijera de podar
árboles, la que conectó a una caja que pendía de la cintura de uno de
los jóvenes compañeros, algo parecido a un transformador terreno.
Rápidamente partieron de la referida tijera millares de chispas
serpenteantes color azul acerado y al cortar el cordón, una parte quedó
colgando de la región bulbar del periespíritu de Hortencia, de donde
emanaba por la balanceante punta el "tonus vital", en cantidades
intermitentes. El venerable espíritu se volvió hacia Hortencia que a
partir de ese instante se encontraba amparada por otro espíritu
desencarnado, de aspecto modesto y humilde, y dirigiéndose a otras dos
entidades espirituales que habían sido convocadas para ese momento, agregó:

—Hermanos Margarita y Juan Bautista, les entregó el espíritu de
Hortencia, que fue su hija en la
tierra en la última existencia, y dejo a cargo de vosotros la asistencia
que ella pueda necesitar.
Retornaron por el mismo camino sinuoso, mientras el mentor comentaba:

— ¡El problema kármico en la tierra aún es complicado y muy tormentoso!
Sin embargo, cuando el espíritu acepta espontáneamente la prueba
redentora y la cumple con resignación, conformidad y estoicismo, es
natural que se le ayude a eliminar los últimos grillos de la carne.
¡Hortencia, la hermana que atendimos, a pesar del orgullo y ferocidad
manifestada en su pasado, aceptó y cumplió resignadamente la prueba
trágica y dolorosa, que se impuso a sí misma, para una rápida
rectificación espiritual.

—Hermano Demócrito —preguntó uno de los jóvenes espíritus—, ¿cuál fue la
causa que generó
un destino material tan horrible para esa hermana?
La simpática entidad, después de un momento de abstracción, explicó:

—Hortencia hace un siglo fue doña Francelina, esposa de un acaudalado
hacendado paulista. Mujer cruel y tiránica, que administraba
personalmente los bienes del marido, el cual consumía su vida y fortuna
en el bullicioso París, sustentando a una vanidosa y fútil amante. Doña
Francelina no había nacido para mujer de hogar, pues si hubiera sido
hombre, sería el peor de los tiranos. Era un espíritu de comportamiento
masculino, resoluto y despótico, vigilaba tiránicamente la vida y
movimientos de los esclavos. Sabía extraer al máximo el provecho que
ellos rendían. Esclavo que enfermaba o caía agotado, era vendido sin
clemencia alguna a otros hacendados menos privilegiados. No vacilaba en
separar a los hijos de sus padres. No disimulaba su dureza cuando
encontraba algún esclavo en falta grave, el que inmediatamente era
separado de sus familiares.

Demócrito hizo una pausa, como si estuviera coordinando recuerdos:

—La venganza más cruel y sádica de Doña Francelina, consistía en obligar
a las esclavas o esclavos en faltas a quedar en posición simiesca todo
el día, con las manos apoyadas en el suelo, permitiéndole únicamente que
se alimentaran con la boca, como hacen los perros. Ante cualquier gesto
o intención de burlar el castigo y librarse de la posición incómoda y
dolorosa, lo mandaba azotar.Y, mientras los verdugos castigaban las
espaldas de los infelices cautivos, ella gritaba, en un tono varonil y
con aire de soberana:

— ¡No se levanta!...¡No se levanta!...
Iban llegando al puente de cemento, cuando Demócrito dijo:

—Bajo la ley donde la "siembra es libre, pero la cosecha obligatoria",
Doña Francelina retornó a la tierra, en la localidad de Taperibá,
viviendo la figura de la infeliz Hortencia y en las condiciones
dramáticas que Uds. ya pudieron comprobar, modelando durante años su
deformidad insuperable y su posición simiesca, la misma configuración
que en el pasado le imponía cruelmente a sus infelices esclavos.
Considerando que el "amor une" y el "odio imanta" a las almas entre sí,
nació junto a Hortencia, su hermana Guiomar, la esclava más pérfida de
la hacienda, por la cual doña Francelina se vengaba de los esclavos. El
esposo bohemio, irresponsable y su amante pariense, también se aliaron a
la prueba de Hortencia en la carne, viviendo en las figuras de Juan
Bautista y Margarita, sus padres, a quienes hace unos momentos le
entregamos a su hija.

Mientras los dos espíritus jóvenes reflexionaban sobre la trama kármica
que reajusta a las entidades en falta para buscar la felicidad perdida, 
Demócrito, en un gesto de sincera ternura, apuntó:
— ¡Que sean muy felices; pero, en base a su graduación primaria en lo
espiritual, todavía necesitan de muchos siglos para alcanzar la ventura angélica!