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domingo, 3 de noviembre de 2013

EL ASESINO INFINITO-Greg Egan (Primera parte)

EL ASESINO INFINITO
Greg Egan
(Primera parte)


Hay una cosa que nunca cambia: cuando algún yonqui mutante con un chute de S empieza a revolver la realidad, siempre me mandan a mí al torbellino para arreglar las cosas.
¿Por qué?
Dicen que soy estable.
Fiable.
Digno de confianza.
En cada informe posterior a una operación, los psicólogos de la Compañía (perfectos desconocidos, cada vez) miran con incredulidad los gráficos y me dicen que soy exactamente la misma persona que cuando entré.
El número de mundos paralelos es infinito más allá de toda medida - infinito como los números reales, no simplemente como los enteros -, lo que hace difícil cuantificar estas cosas sin elaboradas definiciones matemáticas, pero, aproximadamente, parece que soy invariable de una forma poco común: más parecido de un mundo a otro de lo que lo es la mayor parte de la gente. 
¿Cuán parecido? 
¿En cuántos mundos? 
Los suficientes para ser de utilidad. 
Los suficientes para ser eficaz.
Cómo supo esto la Compañía y cómo me encontraron, nunca me lo han dicho. Me reclutaron a los diecinueve años.
Me sobornaron.
Me entrenaron.
Me lavaron el cerebro, supongo.
A veces me pregunto si mi estabilidad tiene algo que ver conmigo; quizá la auténtica constante sea la forma en la que me han preparado.
Quizá un número infinito de personas diferentes a las que se les aplique el mismo procedimiento darían el mismo resultado.
Han dado el mismo.
Los detectores repartidos por todo el planeta han sentido los débiles comienzos de un torbellino, y han localizado el centro con un margen de error de varios kilómetros, pero ésa es la posición más precisa que puedo obtener por estos medios. 
Cada versión de la Compañía comparte libremente su tecnología con las otras, para asegurar una respuesta uniformemente óptima, pero incluso en el mejor de los mundos posibles los detectores son demasiado grandes y delicados como para acercarlos y que den una lectura más precisa.

Un helicóptero me deja en tierra baldía, al sur del ghetto de Leightown.
 Nunca he estado aquí antes, pero los escaparates cubiertos con cartones y los apartamentos grises son muy familiares. 
Todas las grandes ciudades del mundo (en todos los mundos que conozco) tienen un sitio como éste, creado por una política a la que se suele denominar aplicación discriminada.
El uso o la posesión de S es estrictamente ilegal, y la pena en la mayor parte de los países es la ejecución sumaria (en lo posible), pero los gobiernos prefieren tener a los adictos concentrados en áreas designadas que arriesgarse a que se encuentren repartidos entre la generalidad de la ciudadanía.

Así que si te pillan con S en un suburbio agradable y limpio, te abrirán un agujero en el cráneo, pero aquí no puede suceder eso.
Aquí no hay policías.
Me dirijo al norte.
Son las cuatro de la madrugada pasadas, pero hace un calor salvaje, y una vez que salgo de la zona intermedia, las calles están llenas.
La gente entra y sale de los locales nocturnos, las licorerías, las tiendas de empeños, los burdeles.
La electricidad de las farolas ha sido cortada de esta parte de la ciudad, pero alguien con sentido cívico ha reemplazado las bombillas normales por globos autocontenidos de tritio y fósforo que derraman una luz pálida y fría, como leche radiactiva.
La creencia popular es que la mayor parte de los adictos al S no hacen nada más que soñar, pero eso es ridículo; no sólo necesitan comer, beber y ganar dinero como todos los demás, sino que pocos desperdiciarían la droga en los momentos en los que sus alter egos están dormidos.
Información dice que hay una especie de culto del torbellino en Leightown que puede intentar interferir en mi tarea.
Me han advertido antes sobre este tipo de grupos, pero nunca ha sucedido nada; el cambio más leve de realidad es, normalmente, lo único que se necesita para que tal aberración se desvanezca.
 La Compañía y los ghettos son las respuestas estables al S; todo lo demás parece ser altamente condicional.
Aun así, no debería confiarme. Incluso si estos cultos no pueden ejercer ningún impacto significativo sobre la misión en conjunto, sin duda han acabado con algunas versiones de mí mismo en el pasado, y no quiero que esta vez sea mi turno.
Sé que un número infinito de versiones de mí sobrevivirían - algunas de las cuales sólo se diferenciarían de mí en que ellas habrían sobrevivido - así que quizá debería sentirme completamente despreocupado ante la idea de la muerte.
Pero no es así.
Guardarropa me ha vestido con cuidado escrupuloso: una camiseta holográfica reflectante recuerdo de la gira mundial de los Fat Single Mothers Must Die, el tipo correcto de vaqueros, el modelo correcto de zapatillas deportivas.
Paradójicamente, los adictos al S suelen ser entusiastas seguidores de la moda «local», es decir, la opuesta a la de sus sueños; quizá se trate de una forma de intentar delimitar sus idas del sueño y de la vigilia.
Por ahora, mi camuflaje es perfecto, pero no espero que esto dure; cuando el torbellino comience a acelerarse, llevándose a diferentes partes del ghetto a historias diferentes, los cambios de moda serán uno de los indicadores más fáciles de apreciar.
Si mis ropas no empiezan a parecer fuera de lugar antes de que pase mucho tiempo, sabré que me dirijo en la dirección equivocada.
Un hombre alto y calvo con un pulgar humano disecado colgando de una oreja choca conmigo al salir de un bar.
Al separarnos, se vuelve contra mí, lanzándome pullas y obscenidades.
Reacciono con cuidado; puede tener amigos entre la multitud, y no puedo perder el tiempo con ese tipo de líos.
No respondo para no aumentar la tensión, pero me preocupo de parecer confiado sin llegar a ser arrogante ni despectivo.
Este numerito de equilibro da resultado.
Aparentemente, insultarme impunemente durante treinta segundos satisface su orgullo, y se aleja sonriendo.
Mientras sigo mi camino, sin embargo, no puedo evitar preguntarme cuántas versiones de mí no salieron tan fácilmente de ésta. Aumento la velocidad para compensar el retraso.
Alguien me alcanza y se pone a caminar a mi lado.
- Eh, me ha gustado cómo te las has apañado con ése.
Sutil Manipulador.
Pragmático.
 Nota máxima. -
 Una mujer de veintitantos, de pelo corto azul metálico.
- Vete a la mierda. No estoy interesado.
- ¿En qué?
- En nada.
Niega con la cabeza.
- Eso no es verdad. Eres nuevo aquí, y estás buscando algo. O a alguien. Quizá pueda ayudarte.
- Ya te lo dije, vete a la mierda.
Se encoge de hombros y deja de seguirme, pero me grita desde atrás:
- Todos los cazadores necesitan un guía. Piénsalo.
Unas manzanas más adelante entro en una callejuela sin iluminación.
Desierta, silenciosa; apesta a basura medio quemada, insecticida barato y meados.
Y juraría que puedo sentirlo: en los oscuros y derruidos edificios en torno a mí, hay gente soñando con S.
El S es distinta a cualquier otra droga.
Los sueños de S no son ni surrealistas ni euforizantes.
Ni son como viajes en simulador: fantasías vacías, cuentos de hadas absurdos de prosperidad sin límite e indescriptible felicidad.
Son los sueños de las vidas que, literalmente, podrían haber llevado los soñadores, tan sólidas y plausibles como sus vidas de la vigilia.
Con una excepción: si la vida soñada se vuelve desagradable, el soñador puede abandonarla a voluntad y elegir otra (sin necesidad de soñar que toma S... aunque se conoce que eso ha sucedido). Él o ella pueden componer una segunda vida en la que no hay errores que no puedan ser corregidos ni decisiones que sean absolutas. Una vida sin fallos, sin puntos muertos. Todas las posibilidades permanecen abiertas para siempre.

El S concede a los soñadores el poder de vivir por persona interpuesta en un mundo paralelo donde tengan un alter ego: alguien con quien compartan en grado suficiente la fisiología cerebral para mantener la resonancia parasitaria del enlace.

Según las investigaciones, no es necesario para que esto suceda que exista una perfecta correspondencia genética... pero tampoco es suficiente; el desarrollo en la primera infancia también parece afectar a las estructuras neuronales implicadas.
Para la mayor parte de los adictos, la droga no hace más que esto.
Para uno entre cien mil, sin embargo, los sueños son sólo el comienzo.
En su tercer o cuarto año tomando S, comienzan a moverse físicamente de un mundo a otro, luchando por ocupar el lugar de los alter egos que han elegido.
El problema es que nunca sucede algo tan simple como una infinitud de cambios directos entre todas las versiones del adicto mutante que han alcanzado este poder y todas las versiones en las que desean convertirse.
Estas transiciones son desfavorables en términos de energía; en la práctica, cada soñador debe moverse continua y gradualmente, pasando por todos los puntos intermedios.
Pero esos «puntos» están ocupados por otras versiones de ellos mismos; es como el movimiento de una multitud... o de un fluido.
Los soñadores tienen que fluir.
Al principio, los alter egos que han desarrollado esta habilidad están distribuidos de forma demasiado dispersa como para ejercer ningún efecto.
Después parece que se produce una especie de parálisis por simetría; todos los flujos potenciales son igualmente posibles, incluyendo el opuesto exacto de cada uno. Sencillamente, se cancelan entre sí.
Las primeras veces que la simetría se rompe, habitualmente no sucede nada salvo un leve estremecimiento, un deslizamiento momentáneo, un temblor del mundo casi imperceptible.
 Los detectores registran estos sucesos, pero son demasiado poco sensibles como para localizarlos.
En algún momento, una especie de umbral crítico se cruza. 
Se desarrollan flujos complejos y continuos: corrientes vastas y enmarañadas con el tipo de topologías patológicas que sólo puede contener un espacio de dimensiones infinitas. 
Estos flujos son viscosos; los puntos cercanos se ven arrastrados con ellos.
 Eso es lo que crea el torbellino; cuando más cerca estás de un soñador mutante, más rápido te lleva de un mundo a otro.
Cada vez más versiones del soñador contribuyen al flujo, éste comienza a acelerar... y cuanto más rápido se vuelve, más lejos deja sentir su influencia.
A la Compañía, por supuesto, no le importa una mierda si la realidad comienza a revolverse en los ghettos. Mi trabajo es impedir que los efectos se extiendan más allá.
Sigo la callejuela hasta lo alto de una colina.
Hay otra calle a unos cuatrocientos metros.
Encuentro un lugar a cubierto entre los escombros de un edificio medio demolido, saco unos prismáticos y paso cinco minutos observando a los peatones.
Cada diez o quince segundos, noto una pequeña mutación: una prenda de vestir que cambia; una persona que se desplaza súbitamente, o que se desvanece por completo, o que se materializa en el vacío.
Los prismáticos son inteligentes; cuentan el número de sucesos que aparecen en su campo de visión y calculan las coordenadas del punto que están enfocando.
Me giro ciento ochenta grados y vuelvo a mirar a la multitud por la que he pasado hasta llegar aquí.
El ritmo es significativamente menor, pero puede verse el mismo tipo de fenómeno.
Las personas en la calle no notan nada, desde luego; por el momento, los gradientes del torbellino son tan estrechos que dos personas cualesquiera a distancia visual la una de la otra en una calle abarrotada se deslizarán más o menos de un universo a otro al mismo tiempo.
Los cambios sólo pueden apreciarse a distancia.
De hecho, ya que estoy más cerca del centro del torbellino que la gente que se encuentra hacia el sur, la mayor parte de los cambios que veo en esa dirección se deben a mi propio ritmo de desplazamiento.
Hace mucho tiempo que dejé atrás el mundo de mis empleadores más recientes... pero no me cabe duda de que mi puesto habrá sido cubierto, y continuará siéndolo.
Tendré que hacer una tercera observación para localizar el centro, alejándome de la línea norte-sur que une los dos primeros puntos.
Al cabo del un rato, por supuesto, el centro se desplazará, pero no muy rápidamente; la corriente fluye entre los mundos donde los centros están cercanos, por lo que su posición es lo último en cambiar.
Bajo de la colina, dirigiéndome hacia el oeste.
De nuevo entre la multitud y las luces, esperando para cruzar la calle, alguien me da un golpecito en el codo.
Me giro para encontrarme con la misma mujer de pelo azul que me abordó antes.
Le dirijo una mirada de suave molestia, pero mantengo la boca cerrada; no sé si esta versión de ella se ha encontrado o no con una versión mía, y no quiero contradecir sus expectativas.
En estos momentos, al menos algunos de los habitantes deben haberse dado cuenta de lo que está pasando: sólo escuchar una emisora de radio exterior, tartamudeando al azar de canción en canción, debería ser suficiente para delatarlo... pero no me conviene ser yo el que dé la noticia.
- Puedo ayudarte a encontrarla - dice ella.
- ¿Ayudarme a encontrar a quién?
- Sé exactamente dónde está. No es necesario perder el tiempo en medidas y cálc...
- Cállate. Ven conmigo.
Me sigue sin protestar a un callejón cercano.
Quizá me están preparando una emboscada.
¿El culto del torbellino?
 Pero el callejón está desierto.
Cuando estoy seguro de que nos encontramos solos, la empujo contra la pared y le pongo una pistola en la sien.
No grita pidiendo ayuda ni se resiste; está inquieta, pero no creo que le sorprenda este tratamiento. La registro con un escáner manual de resonancia magnética; ni armas, ni trampas, ni transmisores.
- ¿Por qué no me cuentas de qué va todo esto? - digo. Juraría que nadie pudo haberme visto en la colina, pero quizá vio a otra versión mía. No es propio de mí meter la pata, pero a veces sucede.
Cierra los ojos durante un momento y dice, casi con calma:
- Quiero ahorrarte tiempo, eso es todo. Sé dónde está la mutante. Quiero ayudarte a encontrarla lo más rápidamente que pueda.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué? Tengo un negocio aquí, y no quiero verlo perturbado. ¿Sabes lo difícil que es reconstruir los contactos, tras el paso del torbellino? ¿Qué crees, que me cubre el seguro?
No me creo nada de todo esto, pero no veo razón para no seguirle el juego; es probablemente la forma más sencilla de tratar con ella, excepto volarle la cabeza. Guardo la pistola y saco un mapa de mi bolsillo.
- Muéstramelo.
Señala un edificio a unos dos kilómetros al noroeste respecto a donde estamos.
- El quinto piso. Apartamento 522.
- ¿Cómo lo sabes?
- Tengo un amigo que vive en el edificio. Notó los efectos poco antes de medianoche y me llamó. - Ríe nerviosamente -. De hecho, no conozco tan bien a ese tío... pero creo que la versión que me telefoneó tiene un lío con otra versión mía.
- ¿Por qué no te limitaste a marcharte cuando te llegó la noticia? Y mantenerte así a una distancia segura.
Niega vehementemente con la cabeza.
- Irse es lo peor que se puede hacer; acabaría aún más desconectada. El mundo exterior me es indiferente. ¿Crees que me importa si el gobierno cambia, o si las estrellas del pop tienen otros nombres? Éste es mi hogar. Si Lightown se desliza, prefiero deslizarme con ella. O con parte de ella.
- Y, ¿cómo me encontraste?
Se encoge de hombros.
- Sabía que vendrías. Todo el mundo lo sabe. Por supuesto, no sabía qué aspecto tendrías... pero conozco este lugar bastante bien, y me mantuve alerta ante la presencia de desconocidos. Y parece que tuve suerte.
Suerte. Desde luego. Algunos de mis alter egos estarán teniendo versiones de esta conversación, pero otros no estarán manteniendo ninguna conversación en absoluto. Otro retraso fortuito más.
- Gracias por la información. - Doblo el mapa.
- A tu servicio - asiente.
Mientras me aleja, grita:
- ¡Siempre a tu servicio!
(continúa en "el Asesino Infinito Segunda parte")