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miércoles, 13 de noviembre de 2013

EL ASESINO INFINITO Por Greg Egan (Segunda parte)

EL ASESINO INFINITO
Por Greg Egan
(Segunda parte)



Acelero el paso durante un rato; otras versiones mías deben estar haciendo lo mismo, compensando el tiempo que hayan perdido. 
No puedo esperar mantener una sincronización perfecta, pero la dispersión es insidiosa; si no intentase por lo menos minimizarla, acabaría viajando hacia el centro por todas las rutas imaginables y llegando a lo largo de un período de varios días.

Y aunque habitualmente puedo compensar el tiempo perdido, nunca puedo cancelar completamente los efectos de los retrasos variables. 
Si paso diferentes cantidades de tiempo a diferentes distancias del centro, eso supone que no todas mis versiones se deslizan uniformemente. 
Hay modelos teóricos que muestran que bajo ciertas condiciones esto podría producir huecos; podría encontrarme apiñado en ciertas partes de la corriente y ausente de otras: un poco como separar en dos mitades todos los números entre el 0 y el 1, dejando un agujero desde 0,5 hasta 1, insertando una infinitud en otra que es cardinalmente idéntica, pero con la mitad de su tamaño geométrico. 
Ninguna de mis versiones sería destruida, y ni siquiera existiría dos veces en el mismo mundo, pero sin embargo se habría creado un hueco.

En cuanto a dirigirme directamente al edificio donde mi «soplona» dice que el mutante se encuentra soñando, no me tienta en absoluto. 
Sea o no verídica la información, dudo mucho de que haya recibido el soplo en más de una porción insignificante - técnicamente, un conjunto de medida cero - de los mundos atrapados en el torbellino. Cualquier acción tomada sólo en un conjunto de mundos tan disperso sería completamente ineficaz para el objetivo de interrumpir la corriente.

Si tengo razón, entonces por supuesto que no importa lo que haga; si todas las versiones que recibieron el soplo se limitaran a alejarse del torbellino, eso no tendría ningún impacto sobre la misión. 
Un conjunto de medida cero no se echaría en falta. 
Pero mis acciones, como individuo, son siempre irrelevantes en ese sentido; si yo, y sólo yo, desertara, la pérdida sería infinitesimal. 
La trampa es que nunca podría estar seguro de estar actuando solo.

Y la verdad es que algunas de mis versiones probablemente han desertado; por muy estable que sea mi personalidad, es difícil de creer que no haya combinaciones cuánticas válidas que impliquen tal acción. 
Sean cuales sean las opciones físicas posibles, mis alter egos han realizado - y continuarán realizando - todas ellas. 
Mi estabilidad yace en la distribución, y en la densidad relativa, de todas estas ramas, que forman una estructura estática y preordenada. 
El libre albedrío es una racionalización; no puedo evitar tomar todas las decisiones correctas. 
Y todas las equivocadas.

Pero yo «prefiero» (si concedemos algún significado a esta palabra) no pensar demasiado a menudo en este sentido. 
El único acercamiento saludable es pensar en mí mismo con un agente libre entre muchos, e «intentar» alcanzar la coherencia; hacer caso omiso de los atajos, atenerme al procedimiento, «hacer todo lo que pueda» para concentrar mi presencia.

En cuanto a preocuparme por los alter egos que desertan o fallan o mueren, hay una solución sencilla: los repudio. 
Es cosa mía definir mi identidad de cualquier forma que me parezca correcta. 
Puedo estar obligado a aceptar mi multiplicidad, pero los límites los establezco yo. 
«Yo» soy los que sobreviven y alcanzan la meta. 
El resto son otra persona.

Alcanzo un lugar alto apropiado y realizo una tercera cuenta.
 Lo que veo desde aquí comienza a parecer una grabación de media hora recortada hasta durar cinco minutos... excepto en que no es toda la escena la que cambia en conjunto; salvo algunas parejas altamente interrelacionadas, diferentes personas se desvanecen y aparecen independientemente, sufriendo sus propios saltos de montaje individuales. 
Todavía están todos cambiando de universo más o menos a la vez, pero lo que eso significa, en términos de dónde acaban estando físicamente en un instante dado, es tan complejo que lo mismo podría ser fortuito. Algunas personas no se desvanecen en absoluto; un hombre holgazanea consistentemente en la misma esquina... aunque su peinado cambia radicalmente al menos cinco veces.

Una vez que ha tomado las medidas, el ordenador de los prismáticos me muestra las coordenadas de la posición estimada del centro. 
Está a unos sesenta metros del edificio que me señaló la mujer del pelo azul; dentro del margen de error. 
Así que quizás estaba diciendo la verdad... pero eso no cambia nada. 
Aun así, no debo hacerle caso. 
Mientras comienzo a caminar hacia mi objetivo, se me ocurre que quizá caí en una emboscada, después de todo.
Quizá me dieron la localización de la mutante en un intento deliberado de distraerme, de dividirme. 
Quizá la mujer arrojó una moneda para dividir al universo: cara supone soplo, cruz no... o quizá usó unos dados, y eligió de entre una lista más amplia de estrategias.

Es sólo una teoría... pero es una idea reconfortante: si eso es lo mejor que puede hacer el culto del torbellino para proteger al objeto de su devoción, entonces no tengo nada en absoluto que temer de ellos.



Evito las calles principales, pero incluso en las laterales está claro que se han dado cuenta ya. 
La gente corre en dirección contraria a la mía, unos histéricos, otros ceñudos; unos con las manos vacías, otros llevando posesiones; un hombre corre de una puerta a otra, arrojando ladrillos a las ventanas, despertando a los ocupantes y gritando las noticias. 
No todo el mundo se dirige en la misma dirección; la mayoría se limita a alejarse del ghetto, intentado escapar del torbellino, pero otros están sin duda buscando frenéticamente a sus amigos, a sus familias o a sus amantes, en la esperanza de alcanzarlos antes de que se conviertan en desconocidos.
 Les deseo suerte.
Excepto en el centro de la zona de desastre, algunos soñadores endurecidos permanecerán en su sitio. Deslizarse no les importa; pueden alcanzar sus vidas de ensueño desde cualquier sitio... o eso piensan.
 A algunos les espera una sorpresa desagradable; el torbellino puede pasar a través de mundos donde no existe el S... donde el adicto mutante tiene un alter ego que jamás ha oído hablar de la droga.

Al dar la vuelta para entrar en una avenida larga y recta, empiezo a notar a simple vista los saltos de montaje que mostraban los prismáticos hace sólo quince minutos. 
La gente parpadea, cambia, desaparece. 
Nadie permanece mucho tiempo a la vista; pocos viajan más de diez o veinte metros antes de desvanecerse. 
Muchos vacilan y tropiezan al correr, esquivando espacio vacío y objetos reales, con toda la confianza en la permanencia del mundo a su alrededor hecha trizas, y con razón. 
Algunos corren a ciegas con las cabezas gachas y los brazos adelantados.
La mayoría de la gente es suficientemente lista como para viajar a pie, pero muchos coches hechos pedazos y abandonados aparecen y desaparecen sobre la carretera.
 Presencio el paso de un coche en movimiento, pero sólo fugazmente.

No me veo a mí mismo por ninguna parte; nunca lo he hecho. 
La dispersión al azar debería ponerme en el mismo mundo dos veces, en ciertos mundos... pero sólo en un conjunto de medida cero. 
Arroja dos dardos idealizados a una diana, y la probabilidad de que den en el mismo punto - el mismo punto de cero dimensiones - dos veces es cero. 
Repite el experimento en un número inconmensurablemente infinito de mundos, y sucederá... pero sólo en un conjunto de medida cero.


Los cambios son más frenéticos a lo lejos, y el borrón de actividad retrocede en alguna medida mientras me muevo - ya que se debe, en parte, a la mera separación - pero también me estoy acercando a gradientes más agudos, así que poco a poco voy acumulando caos. 
Mantengo un paso calculado, alerta tanto ante los repentinos obstáculos humanos como ante los cambios en el terreno.



Los peatones van desapareciendo. 
La propia calle aún permanece, pero los edificios a mi alrededor comienzan a transformarse en extraños monstruos con segmentos de diversos diseños que no casan,
y luego con estructuras muy diferentes yuxtapuestas. 
Es como caminar por una especie de máquina holográfica de diseño arquitectónico que se hubiese vuelto loca. 
Antes de que pase mucho tiempo, la mayor parte de estos compuestos comienzan a derrumbarse, desequilibrados por desacuerdos fatales sobre dónde deben apoyarse. 
La caída de los escombros hace que la acera se vuelva peligrosa, así que continúo mi camino entre los coches destrozados de la calle. 
Prácticamente ya no hay tráfico, pero orientarse entre todo este metal de desguace «quieto» es una tarea lenta. Los obstáculos aparecen y desaparecen; suele ser más rápido esperar a que se desvanezcan que retroceder y buscar otro camino. 
A veces me encuentro cercado por todos lados, pero nunca durante mucho tiempo.

Finalmente, la mayor parte de los edificios a mi alrededor parece haberse derrumbado en la mayor parte de los mundos, y encuentro un camino cerca del arcén que es relativamente utilizable. 
A mi alrededor es como si un terremoto hubiera destruido el ghetto.
 Mirando hacia atrás, en dirección contraria al torbellino, no hay nada salvo una niebla gris de edificios impersonales; allá fuera, las estructuras aún se mueven enteras - o tan rápido que permanecen en pie - pero yo estoy deslizándome mucho más rápido que ellos, por lo que la línea del horizonte se ha convertido para mí en una amorfa exposición múltiple de mil millones de posibilidades diferentes.

Una silueta, abierta en canal diagonalmente desde el cráneo hasta la ingle, se materializa delante de mí, se derrumba y desaparece. 
Mis tripas se encogen, pero continúo adelante.
 Sé que eso mismo le debe estar pasando a algunas versiones de mí... pero declaro, defino, que se trata de la muerte de desconocidos. 
El gradiente es tan alto ahora que las diferentes partes del cuerpo pueden ser arrastradas a mundos diferentes, donde las piezas complementarias de la anatomía no tienen ninguna buena razón estadística para aparecer alineadas correctamente. 
El ritmo al que sucede esta disociación mortal, sin embargo, es inexplicablemente más bajo de lo previsto por los cálculos; el cuerpo humano defiende de alguna forma su integridad, y se desliza entero más a menudo de lo que debiera. 
La base física de esta anomalía aún no ha sido encontrada... pero por otra parte, la base física con la que el cerebro humano crea la ilusión de una historia única, del sentido del tiempo y del sentido de la identidad partiendo de las ramas infinitamente bifurcadas del superespacio ha resultado ser igualmente difícil de localizar.

El cielo comienza a iluminarse con un espeluznante color gris azulado que ningún cielo encapotado individual poseyó jamás. Las propias calles se encuentran ahora en estado de flujo; cada dos o tres pasos encuentro una revelación: betún, mampostería quebrada, hormigón, arena, todos a niveles ligeramente diferentes... y brevemente, un trozo de hierba marchita. Un implante de guía inercial dentro de mi cráneo me orienta a través del caos. Las nubes de humo y polvo aparecen y desaparecen... y entonces...

Un grupo de apartamentos cuyos rasgos superficiales parpadean, pero que no muestran signos de ir a desintegrarse. El ritmo de cambio aquí es más alto que nunca, pero hay un efecto compensatorio: los mundos entre los que fluye la corriente deben ser cada vez más parecidos cuanto más cerca estás del soñador.

Los edificios son aproximadamente simétricos, y está perfectamente claro cuál está en el centro. 
Ninguno de mis yoes dejaría de llegar a la misma conclusión, así que no necesitaré atravesar absurdas contorsiones mentales para evitar actuar siguiendo el soplo.
La entrada principal del edificio oscila principalmente entre tres alternativas. 
Elijo la puerta más a la izquierda; una cuestión de procedimiento, una convención que la Compañía consiguió propagar entre todas sus encarnaciones incluso antes de reclutarme. (Sin duda, durante un tiempo circularon instrucciones contradictorias, pero al cabo un plan debió dominar sobre los otros, porque nunca me han dado indicaciones distintas.) 
A menudo deseo poder dejar (y/o seguir) una pista de algún tipo, pero cualquier marca que hiciera sería inútil, arrastrada corriente abajo más rápidamente que aquellos a los que se supone que debe guiar. 
No tengo más remedio que confiar en que el procedimiento minimizará mi dispersión.
Desde el vestíbulo puedo ver cuatro huecos de escalera... con todas las escaleras convertidas en pilas de escombros parpadeantes. 
Entro en el que se encuentra más a la izquierda y miro hacia arriba; la luz de la mañana entra a través de una variedad de ventanas posibles.
El espacio entre las grandes planchas de hormigón que forman los pisos se mantiene constante; la diferencia de energía entre estructuras tan grandes en posiciones diferentes les presta más estabilidad que a todas las formas específicas posibles de escaleras. 
Sin embargo, se estarán formando grietas, y con el tiempo, no hay duda de que incluso este edificio sucumbiría a sus discrepancias, matando a la soñadora en un mundo detrás de otro y cortando la corriente. Pero, ¿quién sabe cuán lejos habrá llegado el torbellino para entonces?
Los artefactos explosivos que llevo conmigo son pequeños pero más que adecuados. Pongo uno en el hueco de la escalera, le dicto la secuencia de activación, y echo a correr. 
Miro al otro lado del vestíbulo mientras retrocedo, pero en la distancia, los detalles entre los escombros no son más que borrones. 
La bomba que puse ha sido arrastrada a otro mundo, pero es una cuestión de fe - y de experiencia - que hay una cola infinita de bombas que ocuparán su lugar.
(Continúa en "El Asesino Infinito-Tercera Parte")