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sábado, 28 de agosto de 2010

EFEMERIDES 26 DE AGOSTO Nacimiento de JULIO CORTÁZAR-SELECCIÓN DE POESÍA-A una mujer-After such pleasures-Ceremonia recurrente-Después de las fiestas-El breve amor-El futuro

Selección de Poesía

  Julio Cortázar



A una mujer



No hay que llorar porque las plantas crecen en tu balcón,
no hay que estar triste
si una vez más la rubia carrera de las nubes te reitera lo inmóvil,
ese permanecer en tanta fuga. Porque la nube estará ahí,
constante en su inconstancia cuando tú, cuando yo
-pero por qué nombrar el polvo y la ceniza.
Sí, nos equivocábamos creyendo que el paso por el día
era lo efímero, el agua que resbala por las hojas hasta hundirse en la tierra.

Sólo dura la efímero, esa estúpida planta que ignora la tortuga,
esa blanda tortuga que tantea en la eternidad con ojos huecos,
y el sonido sin música, la palabra sin canto, la cópula sin grito de agonía,
las torres del maíz, los ciegos montes.
Nosotros, maniatados a una conciencia que es el tiempo,
no nos movemos del terror y la delicia,
y sus verdugos delicadamente nos arrancan los párpados
para dejarnos ver sin tregua cómo crecen las plantas del balcón,
cómo corren las nubes al futuro.

¿Qué quiere decir esto? Nada, una taza de té.
No hay drama en el murmullo, y tú eres la silueta de papel
que las tijeras van salvando de lo informe: oh vanidad de creer
que se nace o se muere,
cuando lo único real es el hueco que queda en el papel,
el golem que nos sigue sollozando en sueños y en olvido.

After such pleasures



Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas
ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas.

Antes después...


Como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
el perfume dibuja el jazmín
el amante precede al amor
como la caricia a la mano
el amor sobrevive al amante
pero inevitablemente
aunque no haya huella ni presagio
aunque no haya huella ni presagio
como la caricia a la mano
el perfume dibuja el jazmín
el amante precede el amor
pero inevitablemente
el amor sobrevive al amante
como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
como la caricia a la mano
aunque no haya huella ni presagio
el amante precede al amor
el perfume dibuja el jazmín
como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
el amor sobrevive al amante
pero inevitablemente...

Bolero

Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.
Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.
Por ahí un papelito
que solamente dice:
Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Ceremonia recurrente

El animal totémico con sus uñas de luz,
los objetos que junta la oscuridad debajo de la cama,
el ritmo misterioso de tu respiración, la sombra
que tu sudor dibuja en el olfato, el día ya inminentemente.
Entonces me enderezo, todavía batido por las aguas del sueño,
Vuelvo de un continente a medias ciego
donde también estabas tú pero eras otra,
y cuando te consulto con la boca y los dedos, recorro el horizonte de tus flancos
(dulcemente te enojas, quieres seguir durmiendo, me dices bruto y tonto,
te debates riendo, no te dejas tomar pero ya es tarde, un fuego
de piel y de azabache, las figuras del sueño)
el animal totémico a los pies de la hoguera
con sus uñas de luz y sus alas de almizcle. 

Después de las fiestas


Y cuando todo el mundo se iba
y nos quedábamos los dos
entre vasos vacíos y ceniceros sucios,
qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso,
sola conmigo al borde de la noche,
y que durabas, eras más que el tiempo,
eras la que no se iba
porque una misma almohada
y una misma tibieza
iba a llamarnos otra vez
a despertar al nuevo día,
juntos, riendo, despeinados.

El breve amor
Con qué tersa dulzura
me levanta del lecho
en que soñaba
profundas plantaciones perfumadas,
me pasea los dedos por la piel y me dibuja
en el espacio, en vilo, hasta que el beso
se posa curvo y recurrente,
para que a fuego lento
empiece la danza cadenciosa de la hoguera
tejiéndose en ráfagas, en hélices,
ir y venir de un huracán de humo...
¿Por qué, después,
lo que queda de mí
es sólo un anegarse
entre las cenizas
sin un adiós, sin nada más
que el gesto de liberar las manos?

El futuro 


Y sé muy bien que no estarás
No estarás en la calle
en el murmullo que brota de la noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia los completos en los subtes
ni en los libros prestados,
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás,
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré
amor mío
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás
y diré las cosas que sé decir
y comeré las cosas que sé comer
y soñaré los sueños que se sueñan.
Y se muy bien que no estarás
ni aquí
dentro de la cárcel donde te retengo,
ni allí afuera
en ese río de calles y de puentes.
No estarás para nada,
no serás mi recuerdo
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.

La ceremonia 


Te desnudé entre llantos y temblores
sobre una cama abierta a lo infinito,
y si no tuve lástima del grito
ni de las súplicas o los rubores,

fui en cambio el alfarero en los albores,
el fuego y el azar del lento rito,
sentí nacer bajo la arcilla el mito
del retorno a la fuente y a las flores.

En mis brazos tejiste la madeja
rumorosa del tiempo encadenado,
su eternidad de fuego recurrente;

no sé qué viste tú desde tu queja,
yo vi águilas y musgos, fui ese lado
del espejo en que canta la serpiente.

EFEMERIDES 24 DE AGOSTO Nacimiento de JORGE LUIS BORGES-SELECCIÓN DE POESÍA-

Selección de poesía

Jorge Luis Borges

El cómplice



Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
Soy el poeta.

Inscripción en cualquier sepulcro

 

No arriesgue el mármol temerario
gárrulas transgresiones al todopoder del olvido,
enumerando con prolijidad
el nombre, la opinión, los acontecimientos, la patria.
Tanto abalorio bien adjudicado está a la tiniebla
y el mármol no hable lo que callan los hombres.
Lo esencial de la vida fenecida
—la trémula esperanza,
el milagro implacable del dolor y el asombro del goce—
siempre perdurará.
Ciegamente reclama duración el alma arbitraria
cuando la tiene asegurada en vidas ajenas,
cuando tú mismo eres el espejo y la réplica
de quienes no alcanzaron tu tiempo
y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra. 

Despedida

Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.

Ya no seré feliz



Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Arte Poética



Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche , que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor, y un símbolo,

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

martes, 24 de agosto de 2010

EFEMERIDES 24 de Agosto: Paulo Coelho y sus años de Luz...

Paulo Coelho

Biografía y obras destacadas de Paulo Coelho

  • Nace: 24 de agosto de 1947
  • Lugar: Río de Janeiro, Brasil
  • efemérides 24 de agosto

Biografía
Novelista, director, actor, periodista y compositor brasileño.
Paulo nació en una familia de clase media y fuerte influencia católica.
 Estudió en un colegio jesuita.
En 1970 abandona los estudios para realizar un viaje que lo lleva a Perú, Bolivia, Chile y México y un tiempo más tarde a Europa y África.
En 1972 regresa a Brasil, comienza a escribir letras de canciones para algunos de los artistas más importantes de la música brasileña, como Elis Regina o Rita Lee, alcanzando gran popularidad sus colaboraciones musicales con Raúl Seixas.
En 1974, Coelho fue detenido acusado de actividades subversivas contra el gobierno brasileño, quedando en libertad en poco tiempo.
Su curiosidad y fascinación por el mundo de lo espiritual le hicieron vivir experiencias muy enriquecedoras.
En 1982 editó su primer libro, "Archivos del infierno", que pasó desapercibido.
En 1983, realizó la peregrinación del Camino de Santiago entre Francia y España, experiencia que inspiró el libro "El Peregrino de Compostela" (1987).
 En 1988 publicó, después de sortear muchos problemas, "El alquimista", el libro brasileño más vendido de todos los tiempos. En 2002 fue elegido para ocupar el asiento número 21 de la Academia Brasileña de Letras. Paulo Coelho transitó numerosos caminos relacionados con el arte y la literatura, siempre con gran optimismo y firmeza.
Entre las numerosas distinciones que recibió, se destacan el Premio Hans Christian Andersen (2007), el Premio Budapest (2005) y Premio Fregene de Literatura (2001), además de ser mensajero de la Paz de la ONU y Consejero Especial de la UNESCO para "Diálogos Interculturales y convergencias espirituales”.

Obras destacadas

  • El teatro en la Educación - 1974
  • El Manifiesto de Krig-há - 1974
  • Archivos del Infierno- 1982 (única edición)
  • Manual práctico del vampirismo publicado en 1986, retirado en 1987
  • El peregrino de Compostela - 1987
  • El alquimista - 1988
  • Brida - 1990
  • El don supremo (de Henry Drummond) - 1991
  • Las Valkirias - 1992
  • Maktub - 1994
  • A orillas del río Piedra me senté y lloré - 1994
  • La quinta Montaña - 1996
  • Cartas de Amor del Profeta (de Khalil Gibran) - 1997
  • El Manual del Guerrero de la Luz - 1997
  • Verónika decide morir - 1998 - se ha hecho película con Sarah Michelle Gellar
  • El Demonio y la Señorita Prym - 2000
  • Once minutos - 2003
  • El Zahir - 2005
  • La Bruja de Portobello - 2007
  • Como el río que fluye - 2008
  • El vencedor está solo - 2008
  • El camino del arco - 2009
  • Guerrero de la luz - 2009
  • Historias para padres, hijos y nietos - 2009
  • Las Valkirias - 2010

    Enlaces



    lunes, 23 de agosto de 2010

    Concierto por la Paz-Daniel Baremboim y la Orquesta West-Eastern Diva en Buenos Aires

     Concierto  por la Paz
    Daniel Baremboim y la Orquesta West-Eastern Diva en Buenos Aires


    Daniel Barenboim y su orquesta West-Eastern Divan, que en español  significa Orquesta del Diván de Oriente y Occidente,  y es un nombre inspirado en un libro de poemas de Goethe ,brindaron un concierto gratuito al aire libre en el emblemático Obelisco de la Ciudad de Buenos Aires, con la concurrencia de aproximadamente 50.000 personas,que denominaron "Concierto por la Paz".
    Esta orquesta tiene la singularidad de reunir gente muy joven de origen árabe e israelí, en una forma de demostrar que existe la posibilidad de convivencia pacífica entre estas dos naciones enfrentadas desde el comienzo de los tiempos por la disputa territorial en Oriente Medio.
    Quien conozca y admire como artista a Daniel Baremboim, sabe que nadie como él interpreta la poderosa y sensual música de Ludwig Van Beethoven,la fuerza e intensidad que le imprime a cada una sus presentaciones, es sencillo imaginarse que la expectativa por verlo al frente de una orquesta creada por él,residía fundamentalmente en observar de cerca, si llevaba en sí la fuerza del espíritu que anima a su creador.
    En otro ángulo,más cercano a la premisa que acompaña en estos últimos años a este genial intérprete, la composición de la orquesta, la inspiración que la anima, traduce como significado que el Arte mayor, no reconoce fronteras, ni desdeña la diversidad, y que busca como objeto final y único la concreción de la Paz.
    Dos razones poderosas que atrajeron a la gran cantidad de personas, que acompañadas de un clima inusualmente agradable, en este invierno de 2010 en Buenos Aires, ovacionaron la ejecución de  la Sinfonía N° 5 y la Leonore N° 3 de Ludwig van Beethoven, luego de escuchar en silencio y observar un espectáculo digno y a la medida de la personalidad de Baremboim.
    Como una perlita de información, les comento que dió su primer concierto de piano a los 7 años, y que el público lo ovacionó y lo premio pidiéndole ...7 bises...formidable imagen del músico que ya se perfilaba.
    Luego, de cara a los medios, se refirió a esta orquesta joven, diseñada por él y el intelectual Edward Said ( ya fallecido),tocando en un breve discurso improvisado, temas fundamentales como la educación musical de la juventud, la necesidad de que los gobiernos realicen más conciertos como éstos y que ambas no fueran consideradas como un gasto sino como una inversión a futuro, y la necesidad de que el pueblo palestino posea su propio territorio, que el retorno a negociaciones no son la solución sino el final de las negociaciones teniendo como resultado la paz entre los dos pueblos.
    Me queda en la memoria, las palabras que dejó a propósito de su labor en favor de la integración de palestinos e israelíes: " Los palestinos no me creen, porque soy israelí y los israelíes, creen que soy anti-israelí y no me quieren, por lo tanto, en algo de lo que estoy haciendo debo estar siendo justo" Palabras más, palabras menos.
    Un genio consagrado que no necesita promocionar su carrera,ni pretende lauros políticos, pero que como todo gran artista, que llega a grandes públicos, sabe que la Eternidad, lo ha puesto allí porque algo importante lo han enviado a decir.

    (wonalixia.blogspot.com -Todos los derechos reservados)




    lunes, 16 de agosto de 2010

    La rebelión de los ángeles-John Milton-El Paraíso Perdido-Parte primera

    La rebelión de los ángeles
    El Paraíso Perdido
    Parte primera
     John Milton

    Di ante todo, ya que ni la celestial esfera ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista, di qué causa movió a nuestros primeros padres, tan favorecidos del cielo en su feliz estado, a separarse de su Creador e incurrir en la única prohibición que les impuso siendo señores del mundo todo. ¿quién fue el primero que los incitó a su infame rebelión? la infernal Serpiente. 
    Ella con su malicia animada por la envidia y el deseo de venganza engañó a la Madre del género humano. 
    Por su orgullo había sido arrojada del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes y con el auxilio de éstos, no bastándole eclipsar la gloria de sus próceres, confiaba en igualarse al Altísimo si el Altísimo se le oponía.
    Para llevar a cabo su ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una guerra impía, una lucha temeraria que le fue inútil. 
    El Todopoderoso lo arrojó de la etérea bóveda envuelto en abrasadoras llamas; y con horrendo estrépito y ardiendo cayó en el abismo de perdición, para vivir entre diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con sus armas al Omnipotente.

    Nueve veces habían recorrido el día y la noche, el espacio que miden entre los hombres desde que fue vencido por su espantosa muchedumbre, revolcándose en medio del ardiente abismo aunque conservando su inmortalidad.

    Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez que habían de atormentarle el recuerdo de la felicidad perdida y el interminable dolor presente. 
    Dirige en torno funestas miradas que revelan inmensa pena y profunda consternación, no menos que su tenaz orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a los ojos de los ángeles es posible contempla aquel lugar, desierto y sombrío, aquel antro horrible cerrado por todas partes y encendido como un gran horno. 
    Pero sus llamas no prestan luz y las tinieblas ofrecen cuanto es bastante para descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre oscuridad, donde la paz y el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni aún la esperanza, que dondequiera existe. Allí no hay más que tormentos sin fin, y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin consumirse.

    Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos rebeldes; y allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo, cuanto lo está el centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡Qué diferencia entre esta morada y aquella de donde cayeron!

    Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina envueltos entre las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Revolcábase también a su lado uno que era el más poderoso y criminal después de él, conocido mucho más tarde en Palestina con el nombre de Belcebú. El gran Enemigo en el cielo, rompiendo el hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:

    «Si tú eres aquel... pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que adornado de brillo deslumbrador en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes...! 
    Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa empresa, unieron en otro tiempo conmigo como nos une ahora una misma ruina... mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser El mucho más prepotente con sus rayos. 
    Pero, ¿quien había conocido hasta entonces la fuerza de sus terribles armas?
     Y a pesar de ellas a pesar de cuanto el Vencedor en su potente cólera pueda hacer aún contra mí, ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente mi brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo propios del que ve su mérito vilipendiado y que me impulsaron a luchar contra el Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas de espíritus armados, que osaron despreciar su dominación. 
    Ellos me prefirieron oponiendo a su poder supremo otro contrario; y venidos a dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.

    «¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo. 
    Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal y un valor que no ha de someterse ni ceder jamás ¿cómo he de tenerme por subyugado? 
    Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia doblada la rodilla y acatar un poder cuyo ascendiente ha puesto en duda, poco ha, mi terrible brazo. 
    Y pues según ley del destino no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía.»

    Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se jactaba en alta voz, más poseído de una desesperación profunda; y de este modo le contestó enseguida su arrogante compañero: «¡Oh príncipe! ¡Oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y que mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey perpetuo del cielo, contrastando su soberano poder, débase éste a la fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso de una triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. 
    Todo este poderoso ejército se halla en la más horrible postración, y destruido hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias, pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles y el vigor se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria y que nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. 
    Pero, ¿y si el vencedor (forzoso me es ahora creerlo todopoderoso, pues a no serlo no habría conseguido avasallarnos), nos conserva todo nuestro espíritu y fortaleza para que mejor podamos sufrir y soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o prestarle un servicio más rudo en el corazón del infierno, trabajando en medio del fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? 
    ¿De qué nos ha de servir entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza, ni se ha menoscabado la eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo eterno?»

    A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo: «Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. 
    Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer el bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la Suprema Voluntad a que resistimos. 
    Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez lo enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen. 
    Pero mira irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. 
    La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que desde el principio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia, ha agotado quizá sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. 
    No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella árida llanura, abandonada y agreste cercada de desolación sin más luz que la que debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas? 
    Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella, si le es dado ofrecernos algún reposo, y reuniendo nuestras afligidas huestes, vemos cómo será posible hostigar en adelante a nuestro enemigo, cómo reparar nuestra pérdida sobreponiéndonos a tan espantosa calamidad, y qué ayuda podemos hallar en la esperanza, si no nos sugiere algún intento la desesperación.»

    Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de las olas y los ojos centelleantes. 
    De desmesurada anchura y longitud, las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un espacio de muchas varas. 
    Era su estatura tan enorme, como la de aquel que por su gigantesca corpulencia se designa en las fábulas con el nombre de Titán, hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, y cual la de Briareo o Tifón, cuya caverna se hallaba cerca de la antigua Tarso; tan grande como el Leviatán, monstruo marino a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que mandan en las corrientes del océano. 
    Duerme tranquilo entre las espumosas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según dicen los marineros, que el piloto de alguna barca perdida lo torna por una isla, echa el ancla sobre su escamosa piel, amarra a su costado, mientras las tinieblas de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora. 
    No menos enorme y gigantesco yacía el gran Enemigo encadenado en el lago abrasador, y nunca hubiera podido levantar su cabeza, si por la voluntad y alta permisión del Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de llevar a cabo sus perversos designios, para que con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la condenación al fraguar el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese que toda su malicia sólo había servido para que brillase más en el hombre a quien después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia y en él resaltasen a la par su confusión, sus iras y su venganza.

    Se enderezó de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo; rechaza con ambas manos las llamas que abren sus agudas puntas, y que rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y desplegando entonces las alas dirige a lo alto su vuelo y se mece sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a semejante peso, hasta que por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego líquido. 
    Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Perolo o de los costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento choque de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente vacío envuelto en humo y corrompidos vapores. 
    Semejante era la tierra en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. 
    Síguele Belcebú, su compañero y ambos se vanaglorian de haber escapado de la Estigia por su virtud de dioses, y por haber recobrado sus propias fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.

    «¿Es ésta la región, dijo entonces el preciso Arcángel, éste el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? 
    Séalo, pues el que ahora es soberano, sólo puede disponer y ordenar es lo que justo se contempla; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia. 
    ¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente! 
    ¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar alguno.
     El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo. 
    ¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más poderoso? 
    Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo. 
    Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos, a los partícipes y compañeros de nuestra ruina, yacer anonadados en el lago del olvido?
     ¿No hemos de invitarlos a que compartan con nosotros esta triste mansión, o intentar una vez más, con nuestras fuerzas reunidas, si hay todavía algo que recobrar en el cielo, o más que perder en el infierno?»

    Así hablaba Satán; y Belcebú le respondió así: «¡Caudillo de los ínclitos ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos! 

    Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza en medio de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta frecuencia en los trances más apurados, ya en el crítico momento del combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y vida, aunque ahora giman lánguidos y postrados en el lago de fuego, y tan aturdidos y estupefactos como ha poco lo estábamos nosotros. 
    Ni esto es de extrañar, habiendo caído desde tan funesta altura.»

    No bien había acabado de decir esto, cuando el réprobo Príncipe se dirigió hacia la orilla. Pesado escudo de etéreo temple, macizo y redondo, pendía de sus espaldas, cubriéndolas con su inmenso disco, semejante a la luna, cuya órbita observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cima del Fiésole o en el valle del Amo, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. 

    La lanza de Satán, junto a la cual parecía una caña el más alto pino cortado en los montes de Noruega para convertirlo en mástil de un gran navío almirante, le ayuda a sostener sus inseguros pasos sobre la ardiente arena, pasos muy diferentes de aquellos con que recorría la azulada bóveda.
     Una zona tórrida, rodeada de fuego, lo martiriza con sus ardores; pero todo lo sufre, hasta que llega por fin a la orilla de aquel inflamado mar.

    Desde allí llama a sus legiones, especie de ángeles degenerados, que yacen en espeso montón, como las hojas de otoño de que están cubiertos los arroyos de Valleumbrosa, donde los bosques de Etruria forman elevados arcos de ramaje; como los juncos flotan dispersos por el agua, cuando Orión, armado de impetuosos vientos, combate las costas del mar Rojo; del mar cuyas olas derribaron a Busiris y a la caballería de Menfis, que perseguía con pérfido encono a los moradores de Gessén, los cuales vieron desde la segura orilla cubiertas las aguas de enemigas aljabas y ruedas de sus destrozados carros. Así esparcidas, desalentadas y abyectas, llenaban el lago aquellas legiones asombradas al contemplar su horrible transformación.

    Y Satán alzó su voz, de modo que resonó en todos los ámbitos del infierno: «¡Príncipes potentados, guerreros, esplendor del cielo que un día fue vuestro, y que habéis perdido! ¡Qué tal estupor se haya apoderado de unos espíritus eternos! 
    ¿O es que habéis elegido este sitio después de las fatigas de la batalla para dar reposo a vuestro valor, porque tan dulce os es dormir aquí como en los valles del cielo? ¿Habéis jurado acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde? 
    El os contempla ahora, querubines y serafines, revolcándoos en el lago con las armas y banderas destrozadas; hasta que sus alados ministros observen desde las puertas del cielo su ventajosa posición, y bajen para afrentarnos, viéndonos tan amilanados, o para confundirnos con sus rayos en el fondo de este abismo. 
    ¡Despertad: levantaos; o permaneced para siempre envilecidos!», y avergonzados se levantaron; apoyándose sobre un ala, como el centinela que debiendo velar, es sorprendido al dejarse vencer del sueño por su severo jefe, y, soñoliento aún, procura parecer despierto. No ignoraban cuán desgraciada era su situación, ni dejaban de experimentar acerba pena; pero todas aquellas innumerables falanges obedecen al punto a la voz de su general.

    Así como, agitando al aire su poderosa vara el hijo de Amram, en días aciagos para Egipto, atrajo en alas del viento de oriente la negra nube de langostas, que cayendo como la noche sobre el reino del impío Faraón, ennegrecieron toda la tierra del Nilo; así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno los ángeles protervos, cercados de llamas por todas partes hasta que, levantando su lanza el gran caudillo, como para señalarles el punto adonde habían de dirigir su vuelo, se precipitaron con movimiento uniforme sobre la tierra de endurecido azufre, y ocuparon la llanura toda. 

    No salió nunca multitud tan grande de entre los hielos del populoso Norte para cruzar el Rhin o el Danubio, al arrojarse sus bárbaros hijos como un diluvio sobre el Mediodía, y extenderse desde las costas de Gibraltar hasta los arenales de  Libia.

    De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y capitanes a donde se hallaba su supremo jefe. Asemejaban dioses por su estatura y sus formas, superiores a las humanas; príncipes reales; potestades que en otro tiempo ocupaban sus tronos en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserve ahora memoria de sus nombres, borrados ya, por su rebelión, del libro de la vida. No habían adquirido aún denominación propia entre los hijos de Eva; pero cuando errantes sobre la tierra, con superior permiso de Dios para probar al hombre, corrompieron a la mayor parte del género humano a fuerza de imposturas, induciéndoles a que abandonaran a su Creador, a que venerasen a los demonios como deidades y a transformar con frecuencia la gloria invisible de aquel a quien debían el ser en la imagen de un bruto para tributar brillantes cultos de pomposa adoración y oro; entonces fueron conocidos con varios nombres y en el mundo pagano bajo las formas de varios ídolos.

    Dime ¡oh Musa! cuáles eran; quién fue el primero, o quién el último que sacudió el sueño en aquel lago de fuego para acudir al llamamiento de su soberano; cómo los más cercanos a él en dignidad fueron presentándose en la desnuda playa, mientras la confusa multitud aún permanecía alejada.

    Los principales eran aquellos que saliendo del abismo infernal para apoderarse en la tierra de su presa, tuvieron mucho después la audacia de fijar su residencia cerca de la de Dios y sus altares junto al suyo; dioses adorados entre las naciones vecinas que se atrevieron a disputar su imperio a Jehová, cuando fulminaba sus rayos desde Sión y asentaba su trono entre los querubines. Hasta en el mismo santuario llegaron no una vez sola a introducirse; y ¡oh abominación! profanaron con un culto maldito las ceremonias sagradas y las fiestas más solemnes y a la luz de la verdad osaron oponerse con sus tinieblas.

    Primero Moloc, rey horrible, manchado con la sangre de los sacrificios humanos y destilando lágrimas paternales aunque con el estrépito de tambores y timbales, no fueron oídos los gritos de los hijos arrojados al fuego para ser después ofrecidos al execrable ídolo.

    Los Ammonitas lo adoraron en la húmeda llanura de Rabba, en Argob y en Basán hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con tan dilatado imperio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a que le erigiera un templo frente al de Dios, en el monte del Oprobio, consagrándole luego un bosque en el risueño valle de Hinnón, llamado desde entonces Tophet y negro Gehenna, verdadero emblema del infierno.

    A Moloc seguía Chamós, obsceno numen de los hijos de Moab, desde Aroax hasta Nebo y el desierto más meridional de Abarim; en Hesebón y Horonaim, reino de Seón; allende el floreciente valle de Sibma, tapizado de frondosas vides y en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase también Péor, cuando en Sittim incitó a los israelitas que bajaban por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantas calamidades les produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cercano al bosque del homicida Moloc, donde se unieron la disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al infierno.

    Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas del antiguo Eúfrates hasta la corriente que separa a Egipto de las tierras sirias, son generalmente conocidas con los nombres de Baal y de Ascaro, varón el primero y la segunda hembra pues los espíritus se transforman a su antojo en uno u otro sexo, o se apropian ambos a la vez, porque su esencia es sencilla y pura, que no está enlazada ni sujeta con músculos ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de los huesos como nuestra pesada carne, sino que toma la forma que más le place, ancha o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar sus ilusiones y satisfacer sus afectos de amor o de odio. 

    Por estas divinidades abandonaron a menudo los hijos de Israel a quien les daba vida, dejando de frecuentar su altar legítimo para prosternarse vilmente ante brutales dioses; y a esto se debió que, rendidos sus cuellos en lo más recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza del enemigo más despreciable.

    Tras esta turba de divinidades apareció Astoret, a quien los Fenicios llaman Astarté reina del cielo, con una media luna por corona; a cuya brillante imagen rinden himnos y votos las vírgenes de Sidón, a la luz del astro de la noche. 

    Los mismos cantos resonaban en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la iniquidad, templo que edificó el afeminado rey, cuyo corazón, aunque generoso, cedió a los halagos de idólatras hermosuras, e inclinó la frente ante su infame culto.

    En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente, congrega en el Líbano a las jóvenes Sirias, para dolerse del infortunio del dios; las cuales durante todo un día de verano entonan plegarias amorosas, mientras el río Adonis deslizándose mansamente de su cautiva roca lleva al mar su purpúrea linfa, que se supone enrojecida con la sangre de Tamuz a consecuencia de su anual herida; amorosa fábula, que comunicó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórtico, al descubrir en una de sus visiones negras idolatrías de la infiel Judá.

    Detrás estaba al que lloró amargamente cuando al pie del arca cautiva cayó su grosero ídolo mutilado, cortadas cabezas y manos, en el umbral de la puerta de su propio santuario, donde rodaron sus restos con mengua de sus adoradores. 

    Dagón es su nombre, monstruo marino que tiene de hombre la mitad superior del cuerpo y de pescado la inferior; mas a pesar de ello ostentaba un alto templo en Azot, y era temido en toda la costa de Palestina, en Gata, en Ascalón y Ascarón y hasta en los límites de la frontera de Gaza,

    Seguía Rimmón cuya deliciosa morada era la bella Damasco en las fértiles orillas del Ablana y del Farfar, apacibles y cristalinos ríos. 
    También éste fue osado contra la casa de Dios; por el leproso que perdió una vez, se ganó un rey, a Acaz, su imbécil conquistador, a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su lugar otra al estilo sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas, adorando a los dioses a quienes había vencido.

    Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres, un día famosos, Osiris, Isis, Oro y su séquito de monstruos y supersticiones, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los cuales se forjaron divinidades errantes, encubiertas bajo formas de irracionales, más bien que humanas.
     Ni se libró Israel de aquel contagio, cuando transformó en oro prestado el becerro de Oreb; crimen en que reincidió un rey rebelde en Bete y en Dan presentando bajo la apariencia de aquel pesado animal a su creador, Jehová, que al pasar una noche por Egipto aniquiló de un solo golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes dioses.

    El último fue Belial. 
    Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni más torpemente inclinado al vicio por el vicio mismo. No se elevó en su honor templo alguno ni humeaba ningún altar; pero, ¿quién se halla con más frecuencia en los templos y los altares, cuando el sacerdote reniega de Dios, como renegaron los hijos de Elí, que mancharon la casa divina con sus violencias y prostituciones? 

    Reina también en los palacios, en las cortes y en las corrompidas ciudades donde el escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se eleva sobre las más altas torres y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve vagabundear por ellas a los hijos de Belial, repletos de insolencia y vino. 

    Testigos las calles de Sodoma y la noche de Gabaa, cuando fue menester exponer en la puerta hospitalaria a una matrona para evitar rapto más odios.

    Estos eran los principales en grado y poderío; los demás sería prolijo enumerarlos aunque muy célebres en lejanas regiones: dioses de Jonia a quienes la posteridad de Javán tuvo por tales, pero reconocidos como posteriores al cielo y a la tierra, padres de todos ellos. 

    Titán, primer hijo del cielo con su numerosa prole y su derecho de primogenitura usurpado por Saturno, más joven que él; del mismo modo a éste se lo arrebató el poderoso Júpiter, su propio hijo y de Rhea, que fundó en tal usurpación su imperio. 

    Estos dioses conocidos primero en Creta y en el monte Ida y después en la nevada cima del frío Olimpo, gobernaron en la región media del aire, su más elevado cielo o en las rocas de Delfos o en Dodona, y en toda la extensión de la tierra Dórica. Otro huyó con el viejo Saturno por el Adriático a los campos de Hesperia, y por el país de los celtas arribó a las más remotas islas.

    Todos estos y más llegaron en tropel, pero con los ojos bajos y llorosos; aunque a vueltas de su sombrío ceño, se echaba de ver un destello de alegría; que no hallaban a su caudillo desesperado ni ellos se contemplaban aniquilados, en medio de toda aquella destrucción. Se notaba esperanza en el dudoso gesto de Satán, y recobrando de pronto su acostumbrado orgullo prorrumpió en recias voces, con entereza más simulada que verdadera y poco a poco reanimó el desfallecido aliento de los suyos disipando sus temores.

    De repente ordena que al bélico son de trompetas y clarines se enarbole su poderoso estandarte; Azazel, gran querubín, reclama de derecho tan envidiable honor, y desenvuelve de la luciente asta la bandera imperial, que enarbolada y tendida al aire, brilla como un meteoro, con las perlas y preciosos metales que realzan las armas y trofeos de los serafines. 

    Entretanto resuenan los ecos marciales del sonoro bronce, a los que responde el ejército todo con un grito atronador, que retumbado en las concavidades del infierno lleva el espanto más allá del imperio del caos y la antigua noche.

    De repente aparecen en medio de las tinieblas diez mil banderas que ondean en los aires ostentando sus orientales colores, y en derredor de ellas un bosque inmenso de lanzas y apiñados cascos. 
    Se oprimen los escudos en una línea de impenetrable espesor y a poco empiezan a moverse los guerreros, formando una perfecta falange, al compás del modo dórico, que resuena en flautas y suaves oboes. 
    Tales eran los acentos que inspiraban a los antiguos héroes armados para el combate, en vez de furor, una noble calma, un valor sereno, que se sobreponía al temor, a la muerte y a la cobardía de la fuga o de una vergonzosa retirada; concierto que con sus acordes religiosos bastaba a tranquilizar el ánimo turbado, a desterrar la angustia, la duda, el temor y el pesar, y a mitigar el sobresalto del corazón así en los hombres como en los dioses.

    Unidas así sus fuerzas y con un pensamiento fijo, marchaban silenciosos los ángeles caídos al son de los dulces instrumentos, que hacían menos dolorosos sus pasos sobre aquel suelo abrasador; y cuando hubieron avanzado todos hasta ponerse al alcance de la vista, se detuvieron, presentando su horrible frente, de espantosa longitud. 
    Brillaban sus armas como las de los antiguos guerreros y alineados con sus escudos y lanzas, esperaban la orden que debía dictarles el soberano.

    Fija Satán su experta vista en las compactas filas; de una ojeada recorre toda la hueste; ve el buen orden de los combatientes, sus semblantes, su estatura como la de los dioses y calcula por último su número. 
    Dilátase entonces su corazón lleno de orgullo, y se vanagloria al verse tan poderoso, pues desde que fue creado el hombre, no se había reunido fuerza tan formidable. A su lado cualquiera otra sería tan despreciable como los pigmeos de la india que guerrean con las grullas aun cuando se agregase la raza gigantesca de Flegra con la heroica que luchó delante de Tebas y de Ilión, donde por una y otra parte se mezclaban dioses auxiliares; aunque se uniesen aquellos que celebran fábulas y leyendas al hablar del hijo de Utero, rodeado de caballeros de la Armórica y de Bretaña; aunque se juntaran, en fin, todos los que después, cristianos o infieles, lidiaron en Aspromonte o Montaubán, en Damasco, Marruecos o Traspisonda, o los que Biserta envió desde la playa africana cuando Carlomagno y sus pares fueron derrotados en Fuenterrabía.

    Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales, observaba a su jefe, que superando a su vez a cuantos le rodeaban por su estatura y lo imperioso de su soberbio aspecto, se elevaba como una torre.
     No había perdido aún la primitiva belleza de sus formas, ni dejaba de parecer un arcángel destronado, en quien se traslucía aún la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol naciente cuando sus rayos atraviesan con dificultad la niebla, o cuando situado a espaldas de la luna en los sombríos eclipses difunde un crepúsculo funesto y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones. 
    Así oscurecido, brillaba más el arcángel que todos sus compañeros; pero surcaban su rastro profundas cicatrices causadas por el rayo, y en la inquietud que en sus demacradas mejillas y bajo sus cejas se retrataba, al par que en su intrepidez, e indomable orgullo, parecía anhelar el momento de la venganza. 
    Cruel era su mirada, aunque en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión al fijarla en sus cómplices, en sus secuaces más bien, tan distintos de lo que eran en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para siempre a ser participes de su pena: millones de espíritus que por su falta se hallaban sometidos a los rigores del cielo, expulsados por su rebelión de los resplandores eternos, y que habían mancillado su gloria por permanecerle fieles. 
    Asemejábanse a las encinas del bosque o a los pinos de la montaña, desnudos de su corteza por el fuego del cielo, pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten en pie sobre la abrasada tierra.

    Prepárase a hablar Satán, y se inclinan de una a otra ala las dobles filas de sus guerreros, rodeándole en parte todos sus capitanes, a quienes la atención hace enmudecer. 
    Tres veces intenta el Arcángel comenzar y otras tantas, con mengua de su orgullo, brotan de sus ojos lágrimas como las que pueden verter los ángeles; pero al fin se abren paso las palabras por en medio de sus suspiros.

    «¡Legiones sin cuento de espíritus inmortales!
     ¡Dioses con quienes solo puede igualarse el Omnipotente! No dejó aquel combate de ser glorioso, por más que el resultado fuese funesto, como lo atestigua este lugar y este terrible cambio sobre el que es odioso discurrir. 
    ¿Pero qué espíritu, por previsor que fuera, y por más que tuviera profundo conocimiento de lo pasado y de lo presente habría temido que la fuerza unida de tantos dioses, y dioses como éstos, llegaría a ser rechazada? 
    ¿Quién podría creer aún después de nuestra derrota, que todas estas poderosas legiones cuyo destierro ha dejado desierto el cielo, no volverían en sí, levantándose a recobrar su primitiva morada? 
    En cuanto a mí, todo el celeste ejército es testigo de que ni los pareceres al mío contrarios, ni los peligros en que me he visto han podido frustrar mis esperanzas; pero Aquel que reinando como monarca en el cielo, había estado hasta entonces seguro sobre su trono, sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o la costumbre, hacía ante nosotros ostentación de su pompa regia, mas nos ocultaba su fuerza, con lo que nos alentó a la empresa que ha sido causa de nuestra ruina.
    De hoy más sabemos cuál es su poder y cuál el nuestro, de suerte que si no provocamos, tampoco tememos que se nos declare una nueva guerra. 
    El mejor partido que nos resta, es fomentar algún secreto designio para obtener por astucia o por artificio lo que no hemos conseguido por fuerza; para que al fin podamos probarle que el que vence por la fuerza, no triunfa sino a medias de su enemigo.
     Puede el espacio producir nuevos mundos; y sobre esto circulaba en el cielo ha tiempo un rumor, respecto a que el Omnipotente pensaba crear en breve una generación que sus predilectas miradas contemplarían como igual a la de los hijos del cielo. 
    Contra este mundo intentaremos acaso nuestra primera agresión, siquiera sea por vía de ensayo; contra ése o cualquiera otro, porque este antro infernal no retendrá cautivos para siempre a los espíritus celestiales, ni estarán sumidos mucho tiempo en las tinieblas del abismo. 
    Tales proyectos sin embargo deben madurarse en pleno consejo. 
    Ya no queda esperanza de nada porque ¿quién pensaría en someterse? 
    ¡Guerra pues! ¡Guerra franca o encubierta es lo que debemos determinar!»
    Dijo, y en muestra de aprobación levantáronse en alto millones de flamígeras espadas que desenvainaron los poderosos querubines. 
    Su repentino fulgor ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios gritos de rabia contra el Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus armas, golpean los escudos con belicoso estruendo, lanzando un reto a la bóveda celeste.

    ROBIN HOOD-Anónimo

    ROBIN HOOD
     Anónimo


    Las hazañas de Robin Hood se narran en una serie de baladas que fueron transmitiéndose de forma oral, durante siglos y siglos.
    La balada es el género medieval de la literatura inglesa equi­valente a los romances de nuestra literatura. En ellas se conta­ban las distintas aventuras de un héroe.
    Las baladas son anónimas y fueron concebidas para ser can­tadas o recitadas por los juglares. Por eso, debido a la transmi­sión oral y a la intervención de numerosos juglares, las baladas presentan diversas versiones sobre un mismo hecho.
    En el caso de Robin Hood, sus hazañas se narran en más de treinta baladas. Éstas fueron recogidas en un verdadero poema épico: The gest of Robin Hood. La obra, impresa alrededor del año 1500, agrupa los distintos episodios sobre la vida del héroe.
    A lo largo del tiempo, las andanzas de Robin Hood han ins­pirado obras literarias ‑como es el caso de Ivanhoe (I8I9), de Walter Scott.
    Asimismo, la vida del héroe de Shervvood ha sido llevada al cine. Robin Hood ha sido protagonista de numerosas películas, algunas de ellas de dibujos animados.
    A este personaje también se le conoce en España con el nombre de Robin de los Bosques.


    ROBIN HOOD

    CAPÍTULO UNO
    NORMANDOS Y SAJONES

    Hace cientos de años, los vikingos realizaron continuas campañas de conquista
    por toda Europa.

    Estos audaces guerreros —daneses, noruegos o suecos—, tuvieron
    atemorizado a medio mundo durante tres siglos.

    Sus aventuras parecían no tener límites geográficos: Alemania, Francia,
    España, Portugal o Rusia fueron visitados por los feroces vikingos.

    Su ansia de expansión, apoyada en una gran preparación militar, les llevó a
    emprender arriesgadas expediciones por mares y ríos.

    Las poderosas embarcaciones con las que contaban, únicas en la época, y su
    extraordinaria pericia como navegantes les permitían arribar a cualquier costa y
    penetrar por cualquier río. Su superioridad naval se hizo incontestable.

    Adquirieron una gran experiencia en los ataques por sorpresa, y sus terribles y
    sangrientos saqueos llegaron a sertristemente célebres en toda Europa.

    Uno de estos pueblos vikingos, asentado desde hacía años en Normandía,
    emprendió la invasión de la vecina Inglaterra.

    Este país, no muy lejano de las costas normandas, resultaba muy vulnerable
    por mar. La longitud de su litoral no permitía ni una vigilancia completa, ni una
    concentración rápida de las tropas para rechazar un desembarco.

    Todo esto no pasó inadvertido a los ojos del duque normando Guillermo que,
    movido por su ambición y deseo de gloria, decidió preparar a conciencia el ataque
    a la isla.

    —¡Venceremos a los sajones! —arengaba Guillermo a sus tropas—. Con la
    conquista de Inglaterra, nuestro poder se extenderá a otros reinos.

    —¡Viva el duque Guillermo! —gritaban exaltados los caballeros normandos.

    Guillermo de Normandía, animado por el apoyo de los suyos, continuó
    diciendo:

    —Los sajones vencieron a nuestros antepasados muchas veces. Fueron más
    fuertes, más decididos, más inteligentes... Pero ahora no lo serán. Ha llegado por
    fin nuestro momento y. . . ¡ha llegado su hora!

    Los aplausos y los vivas al duque Guillermo cesaron al acabar aquella
    multitudinaria reunión. Pero el fervor y la entrega de su ejército lo acompañarían
    de forma permanente durante toda la expedición.

    Meses después, las naves capitaneadas por el duque Guillermo eran avistadas
    en las costas inglesas.


    —Señor, se acercan barcos normandos —comunicó un vigía al monarca sajón.

    Los sajones no estaban preparados para competir contra un peligro que
    procedía del mar.

    —¡Disponed todas las fuerzas posibles en tierra! —ordenó el rey inglés—.
    Debemos evitar el desembarco.

    Una pequeña guarnición intentó impedir que los normandos tomaran tierra.
    Pero no lo consiguió.

    Así, Guillermo de Normandía desembarcó en las costas inglesas, y con sus
    valerosos guerreros avanzó hacia el interior.

    Los sajones, en clara inferioridad numérica, se habían visto obligados a
    improvisar la decisiva batalla en Hastings. Poco duró el combate. El soberano
    inglés cayó mortalmente herido y el ejército sajón se rindió incondicionalmente.

    Las tropas del duque Guillermo siguieron avanzando hasta Londres, donde se
    libró una última batalla con la que desapareció la débil resistencia sajona. La
    expedición normanda había sido un rotundo éxito.

    En recuerdo de su victoria, el ya nuevo rey de Inglaterra, Guillermo I el
    Conquistador, tras ser coronado, mandó construir la célebre torre de Londres. Esta
    torre serviría de cárcel para numerosos y destacados personajes a lo largo de
    muchos años de la historia inglesa.

    Guillermo I, tras su victoria, dedicó sus esfuerzos a pacificar el país, y tomó
    algunas medidas para proteger a los sajones.

    —Os aconsejo prudencia —recomendaba el rey a sus nobles—. Debemos ser
    respetuosos con los vencidos. Sólo así conseguiremos la prosperidad en todas
    nuestras tierras. Sólo así lograremos una pacífica convivencia.

    Desgraciadamente, no todos los seguidores del rey Guillermo pensaban como
    él.

    Aprovechando una larga estancia del rey Guillermo en sus posesiones de
    Francia, los nobles normandos, Ilevados por su soberbia y ambición, no cesaron de
    causar humillaciones a los derrotados. Las cargas tributarias se hicieron cada vez
    más angustiosas, insoportables para los pobres súbditos.

    Los sajones se sublevaron en masa contra los opresores. Campesinos, artesanos
    y nobles unieron sus esfuerzos contra el enemigo común: los normandos.

    —¡Ya está bien! —decía indignado un caballero sajón—. No podemos seguir
    tolerando las injusticias de los normandos. Quieren hacer de nosotros sus esclavos.

    —¡Debemos combatirlos y ser capaces de librarnos de ellos para siempre!

    —¡Hay que quitarles el poder! ¡Tenemos que ser gobernados por un rey sajón!

    El rey Guillermo, que había estado ausente de Inglaterra, encontró a su vuelta
    un país levantado en armas.

    Los sajones se mostraban más rebeldes de lo que en un principio se podía
    suponer.

    Los nobles normandos decían a su rey:

    —Señor, Ilevado por vuestra bondad y magnanimidad, habéis tratado
    demasiado bien a los sajones. Mirad cómo os lo agradecen.

    —Majestad, habéis respetado a vuestros súbditos, no les habéis expropiado sus
    tierras y, en cambio, ellos se sublevan contra vos. Son unos desagradecidos.

    El rey Guillermo, ajeno a los desmanes de sus nobles y desconociendo las
    razones por las que sus súbditos sajones se rebelaban contra él, creyó las
    acusaciones de sus barones.

    —Caballeros, creí que los ánimos se apaciguarían. Creí que, poco a poco, los
    sajones olvidarían la derrota de Hastings y acabarían aceptándonos. Ahora creo
    que no lo harán nunca —dijo el rey en tono de lamento.

    Así, tomó la decisión de actuar de inmediato y con contundencia contra los
    sajones.

    Despojó a muchos nobles de sus posesiones bajo acusación de haber
    promovido o respaldado la rebelión, y aplastó cruelmente a los rebeldes.

    Pese a todo, los sajones continuaron organizándose. Crearon un verdadero
    ejército clandestino que, en forma de guerrilla, hostigaba sin tregua a los
    normandos. Los focos de resistencia contra los colonizadores se hicieron
    constantes.

    La anhelada paz en Inglaterra se veía cada vez más lejana, y los normandos,
    aun ricos y poderosos, no podían vivir tranquilos a causa de las frecuentes
    insurrecciones de los sajones.

    Murió Guillermo I el Conquistador en guerra contra Francia y sus inmediatos
    sucesores, durante años y años, tampoco conseguirían apaciguar Inglaterra.

    La desconfianza de los sajones hacia los normandos estaba ya tan arraigada
    que se había convertido en un obstáculo insalvable entre los dos pueblos.

    Los planes de pacificación de los distintos reyes fallaban estrepitosamente y las
    revueltas continuaban. Éstas eran contestadas con absoluta represión. Lo que daba
    lugar a nuevos enfrentamientos, cada vez más sangrientos. La espiral de violencia
    parecía no tener fin.

    El rey Enrique de Plantagenet, nieto de Guillermo I, subió al trono y se
    propuso, como principal objetivo de su reinado, acabar con aquellas luchas sin
    sentido.

    Para este propósito, pensó que debía atraerse, en primer lugar, a algunos
    influyentes nobles sajones. Para conseguirlo,, no escatimó tiempo y esfuerzo el
    ilusionado rey.

    CAPÍTULO DOS

    DOS NOBLES FAMILIAS SAJONAS


    En un majestuoso castillo cercano a la bulliciosa ciudad de Nottingham vivía
    Edward Fitzwalter, conde de Sherwood, y su esposa Alicia de Nhoridon.

    Los dos eran sajones. El matrimonio mantenía escasas relaciones sociales y
    permanecía alejado de las intrigas de la época.

    El conde de Sherwood no había participado en ninguna sublevación contra los
    normandos y éstos, aun de mala gana, se habían visto obligados a respetar al conde
    y sus posesiones. Aunque no fue atacado nunca frontalmente, Edward Fitzwalter
    tampoco era mirado con buenos ojos por la nobleza normanda, en la que existía
    cierto recelo.

    Dentro de los planes apaciguadores que llevaba acariciando durante largo
    tiempo el rey Enrique de Plantagenet, entraba precisamente ganarse la confianza
    del noble sajón Edward Fitzwalter

    —Hablaré con Edward Fitzwalter —comunicó el rey Enrique a uno de sus más
    estrechos colaboradores—. Si consigo la adhesión del conde, tal vez otros nobles
    sajones lo secunden y poco a poco logremos el respaldo de todos. ¿Qué pensáis?

    —Es una buena idea, señor —contestó el barón normando a su rey—. El conde
    de Sherwood goza de gran respeto entre la nobleza sajona. Respeto sin duda
    merecido, ya que es todo un caballero. La mayoría de los normandos comparten
    también esta opinión.

    El rey Enrique de Plantagenet deseaba con sinceridad que finalizaran los
    enfrentamientos entre sajones y normandos, y centró sus esfuerzos en conseguirlo.

    Así, pocos días después de esta conversación, fue a reunirse con el conde de
    Sherwood. Le tendió su mano y de sus labios salieron algunas promesas
    impensables en años anteriores.

    —Señor, os agradezco la confianza que habéis depositado en mí —contestó el
    conde,

    —Entonces, conde de Sherwood, ¿puedo contar de verdad con vos ? —
    preguntó el rey con impaciencia,

    —Majestad, no dudo de que os guían buenos deseos y de que sois sensible al
    sufrimiento del pueblo sajón —comenzó a decir el conde—. Pero vuestras
    promesas no son suficientes para paliar los daños que vuestro pueblo ha causado al
    mío...

    —Pero es necesario que todos hagamos el esfuerzo de salvar nuestras
    diferencias, conde de Sherwood. La batalla de Hastings pertenece ya al pasado.

    —Es cierto, señor Pero es pronto aún para confiar en vos. Es posible que sean
    nuestros hijos los que vivan la reconciliación entre nuestros pueblos, los que
    puedan vivir en paz.

    —¿Tenéis hijos, conde? —preguntó el rey asintiendo.

    —Espero uno, majestad.

    —Conde de Sherwood, os prometo que haré cuanto pueda por acabar con los
    problemas del pueblo sajón, que intentaré borrar los errores de mis antepasados y
    que me esforzaré por apaciguar esta tierra.

    —Por mi parte, majestad —contestó el conde—, os aseguro que no participaré
    en ningún levantamiento contra vos. Actuaré como he venido haciéndolo hasta
    ahora. Pero tampoco conseguiréis mi adhesión hasta que no exista una completa
    igualdad entre sajones y normandos.

    El rey Enrique y el conde de Sherwood estrecharon sus manos y se despidieron
    amistosamente.

    No mucho tiempo después, Edward Fitzwalter tuvo ocasión de comprobar que
    los buenos propósitos del rey Enrique quedaban olvidados ante una nueva revuelta
    sajona.

    La sublevación fue castigada con terrible dureza. Sajones y normandos seguían
    siendo enemigos irreconciliables.

    En esta triste situación vino al mundo el heredero del conde de Sherwood.

    La alegría reinaba en todos los rincones del castillo del conde. Amigos y
    vecinos acudieron a conocer al pequeño recién nacido.

    Un precioso niño había venido al mundo para felicidad de Alicia de Nhoridon
    y Edward Fitzwalter, sus padres.

    —Se llamará Robert —dijo el conde a todos los presentes sin disimular su
    alegría—. Será un valeroso sajón y confío en que le toque vivir tiempos mejores.

    —¡Ojalá pueda ser más feliz que nosotros! —dijo levantando su copa uno de
    los allí reunidos.

    Y todos brindaron porque así fuera.

    El conde de Sherwood era íntimo amigo del también noble sajón Richard At
    Lea, conde de Sulrey. Y éste y su esposa tuvieron, no mucho tiempo después, una
    preciosa niña, a la que pusieron por nombre Mariana.

    Los dos nobles sajones se reunían con frecuencia y mantenían interminables
    conversaciones sobre la compleja situación del reino.

    —Las sublevaciones no cesan, querido amigo —dijo Richard At Lea—. Pero
    el poder normando permanece inalterable a lo largo de los años.

    —Sí, Richard, nuestro pueblo está extenuado por las luchas y por las
    humillaciones de los barones normandos. Los reyes intentan apaciguar esta tierra,
    pero fracasan. No son capaces de contrarrestar el poder de sus nobles.

    —Y mientras tanto, ¿por qué luchamos ya los sajones, después de tanto
    tiempo? Todo parece ser una locura colectiva que no tiene fin. . .

    —Ojalá Inglaterra tenga pronto un rey poderoso y justo que haga posible la
    igualdad entre sajones y normandos —contestó con tristeza Edward Fitzwalter

    Pero los dos nobles sajones también aprovechaban su compañía para sonar, al
    calor de la chimenea de uno a otro castillo. El sueño que compartían era que
    Robert y Mariana, Ilegado el momento, se unieran en matrimonio.

    —Nuestra amistad, conde de Sulrey, quedaría coronada por la unión de
    nuestros hijos.

    —Nada me agradaría más, Edward, que emparentar con vos. Y estoy seguro
    además de que mi hija sería muy feliz con Robert.

    Pasaron unos años y murió el rey Enrique de Plantagenet.

    Pocos meses antes, el conde de Sherwood había perdido a su querida esposa
    Alicia. La única satisfacción de Edward Fitzwalter era tener cerca a su hijo Robin,
    como le llamaban todos cariñosamente, convertido ya en un apuesto joven.

    —¿Qué pasará ahora, padre, que el rey ha muerto? —preguntó Robin ante la
    reciente noticia.

    —Subirá al trono su hijo Ricardo, Robin.

    —¿Será un buen rey? ¿Lo conoces? —preguntaba con avidez Robin.

    —Lo conozco poco, hijo. Pero deseo que consiga hacer de Inglaterra un gran
    reino en el que se viva en paz.

    CAPÍTULO TRES

    UN NUEVO REY:
    RICARDO CORAZON DE LEON

    Como estaba previsto, tras la muerte del rey Enrique de Plantagenet subió al
    trono su hijo mayor, Ricardo I, conocido con el sobrenombre de Corazón de León
    por su nobleza y valentía.

    El nuevo rey era muy sensible a la miseria en la que vivían los súbditos
    sajones. Conocía también los intentos que sus antepasados y, en especial, su padre,
    habían hecho por cambiar esa situación, sin conseguirlo. Pero él estaba decidido a
    dar un giro definitivo al curso de los hechos. Deseaba ser el rey de un país en el
    que, de una vez por todas, no existieran ni vencedores ni vencidos.

    —Debemos construir una nueva Inglaterra. Pacífica, respetada en el exterior,
    poderosa... —decía ilusionado el nuevo rey—. Para ello se necesita la colaboración
    de todos por igual: sajones y normandos, nobles y plebeyos. Todos tendrán un
    lugar en el nuevo reino.

    El rey Ricardo empezó a captar muy pronto la confianza de sus súbditos, ya
    fueran sajones o normandos. Entre sus más entusiastas seguidores estaban su
    esposa Berengaria; lady Edith Plantagenet, su prima, y la reina madre, Leonor

    Entre las primeras medidas que tomó Ricardo Corazón de León, en aras de una
    mayor igualdad entre sus súbditos, estaba la estricta prohibición de infligir castigos
    corporales a los siervos, tratados como verdaderos esclavos, y la libertad de caza
    en los bosques, hasta ahora privilegio de los normandos.

    El rey Ricardo, con su bondad y su carácter conciliador, hizo cicatrizar las
    heridas abiertas entre los dos pueblos. Todos lo aceptaron para que fuera el rey de
    todos. Odios y rencillas parecieron quedar adormecidos en un profundo sueño.

    Pero Ricardo Corazón de León pasaría poco tiempo en su país. Así, tuvo que
    acudir a la llamada del papa Clemente III para participar en la Tercera Cruzada,
    con el fin de liberar Jerusalén, en manos del musulmán Saladino.

    El rey, antes de su partida, tuvo grandes dudas.

    —¿Cómo voy a ausentarme de Inglaterra durante tanto tiempo, y precisamente
    ahora, cuando más me necesitan mis súbditos? —se lamentaba.

    Mas su deber como rey cristiano, su deseo de lucha contra los infieles y el
    sincero mensaje recibido del Papa ofreciéndole la dirección de la Cruzada, hicieron
    que Ricardo tomara finalmente la decisión de partir hacia Tierra Santa.

    —¡Conquistaré Jerusalén. Se la arrebataré a los infieles! —decía con absoluta
    seguridad el rey

    Durante su ausencia ocuparía el trono su hermano Juan I, conocido como Juan
    sin Tierra.

    —Partid tranquilo, hermano mío. Aquí me encontraréis a vuestra vuelta y aquí
    encontraréis vuestro amado reino —dijo Juan sin Tierra a Ricardo en el momento
    de su marcha.

    —Gracias, hermano. Sé que puedo confiar en vos. Sé que gobernaréis como yo
    lo haría y que cuidaréis de nuestros súbditos. Me voy tranquilo porque sé que
    Inglaterra queda en buenas manos.

    Y, seguido de su séquito, Ricardo Corazón de León abandonó, quién sabe por
    cuántos años, su querida Inglaterra.

    Juan sin Tierra, en muy poco tiempo, acabó con los importantes logros de su
    hermano. Sembró de nuevo la desconfianza y resurgió la discordia. Su crueldad y
    avaricia volvieron a abrir el abismo entre sajones y normandos.

    Estaba convencido de que los normandos eran una clase superior y de que sólo
    a ellos les correspondía el poder.

    La sed de venganza parecía el único móvil que empujaba a quien regentaba el
    destino de Inglaterra.

    —No podemos seguir tolerando las continuas revueltas de los sajones —dijo
    Juan sin Tierra.

    —Así se hará, majestad. No lo dudéis —asintieron sus colaboradores más
    allegados.

    —Pero, señor, vivimos por primera vez una larga época de paz. Los sajones
    están ahora muy tranquilos —intervino un barón normando allí presente.

    —¡Qué ingenuo sois, caballero! —contestó con desprecio el príncipe—.
    ¿Acaso creéis que los sajones han dejado de tramar conspiraciones contra mi
    persona? ¿Pensáis tal vez que se resignan a estar bajo una dinastía normanda?
    ¡Estúpido!

    El barón que había manifestado públicamente su disconformidad con las
    palabras del príncipe era sir Percy Oswald, quien abandonó la sala inmediatamente.

    Sir Percy Oswald no estaba de acuerdo con las ideas del príncipe Juan.
    Pensaba que lo peor para Inglaterra era volver a los tiempos de crueldad y
    enfrentamientos que, afortunadamente, habían sido ya superados.

    Pero Juan sin Tierra no estaba dispuesto a aceptar ninguna opinión que no
    coincidiera con la suya. Y por ese motivo, sir Percy Oswald quedó
    automáticamente fuera de su círculo de confianza.

    Durante uno de los frecuentes encuentros entre Edward Fitzwalter y Richard
    At Lea, los dos nobles se confesaron su preocupación por los rumores que corrían
    acerca del príncipe Juan.

    —No parece que vaya a seguir los pasos de su hermano —dijo Richard At Lea
    a su amigo.

    —El rey Ricardo fue demasiado bondadoso al confiar en su hermano —repuso
    Edward Fitzwalter—. De todas formas, el príncipe Juan no se atreverá a ir contra
    las medidas adoptadas por el rey.

    —Ojalá que así sea, Edward. Pero se me ocurre una cosa. El príncipe no ignora
    que no simpatizamos con él. Quiero proponerte que, si a ti o a mí nos ocurriera
    algo, el otro iría a hacérselo saber al rey a Tierra Santa.

    —De acuerdo, Richard.

    No transcurrió mucho tiempo sin que se confirmaran los temores que se habían
    confesado los dos nobles sajones.

    El príncipe Juan, apoyado por un grupo de incondicionales normandos,
    comenzó a romper las normas que había dictado su hermano.

    Inglaterra parecía dirigirse hacia un trágico destino en el que sólo se oyera el
    lenguaje de las armas.

    Un desgraciado día, el conde de Sherwood apareció muerto en el campo. Había
    salido por la mañana a visitar a un vecino. De regreso a su castillo, un grupo de
    encapuchados lo atacó y lo dejó muerto en el camino.

    El fiel Richard At Lea acompañó a Robin en tan duros momentos. Estuvo con
    él durante el entierro de su querido amigo y alentó al desconsolado hijo.


    —No dejes que la pena inunde tu corazón. Eres el heredero de Sherwood y
    debes hacer honor a tu apellido —dijo Richard a Robin, sin poder contener su
    emoción.

    El conde de Sulrey no quiso comunicar, ni siquiera a Robin, sus sospechas de
    que el propio príncipe Juan podría estar implicado en la muerte de su amigo, de
    que todo hubiera sido una acción preparada por él y sus secuaces.

    Pero Richard At Lea supo inmediatamente lo que tenía que hacer: poner los
    hechos en conocimiento del rey. Para ello debía encaminarse hacia Tierra Santa.

    CAPÍTULO CUATRO

    UN VIAJE FRUSTRADO

    Llevado por el deseo de que se hiciera justicia por la muerte de su amigo y
    tratando de evitar males peores para Inglaterra, Richard At Lea se dispuso a
    realizar los preparativos para su viaje a Tierra Santa.

    Había asuntos importantes que tenía que resolver: conseguir dinero para poder
    fletar un barco y pagar a los hombres armados que lo acompañarían, y dejar a
    alguien encargado de la custodia de su hija.

    At Lea, después de pensar en quién podría ser la persona más idónea, decidió
    acudir a un amigo a quien hacía tiempo que no veía: Hugo de Reinault.

    Este noble caballero sajón debía algunos favores a Richard At Lea. Ahora era
    muy rico y, sin duda, estaría dispuesto a ayudarle.

    Pero, a veces, el tiempo hace cambiar a los hombres, y lo que no podía
    imaginar Richard At Lea es que Hugo de Reinault fuera en ese momento partidario
    de Juan sin Tierra.

    El príncipe Juan comenzaba a contar con un buen número de adeptos, muchos
    de ellos sajones. La mayoría de los caballeros reclutados lo había sido a cambio de
    dinero contante y sonante, o bien con la promesa de ser fuertemente
    recompensados con tierras y privilegios.

    Éste era el caso de los hermanos Robert y Hugo de Reinault, Guy de Gisborne,
    Arthur de HiIls y tantos otros. Todos ellos fueron capaces de traicionar a su
    legítimo rey, a su pueblo, a sus amigos y compañeros, incluso a sí mismos,
    exclusivamente por dinero y poder

    A un hombre de esta calaña, a Hugo de Reinault, fue a quien se dirigió el noble
    Richard At Lea en busca de ayuda.

    —¿Qué os trae por aquí, querido amigo? ¡Cuánto tiempo sin veros! —saludó
    de forma efusiva Hugo de Reinault al recién Ilegado.


    —Yo también me alegro de veros, Hugo, aunque hubiera deseado que no fuera
    en esta ocasión —dijo con tristeza Richard At Lea.

    —Hablad presto, Richard. ¿Qué sucede?

    —¿Puedo confiar en vos? Lo que quiero contaros no lo he hablado con nadie
    —dijo tomando precauciones Richard At Lea.

    —Soy vuestro amigo, Richard. No he olvidado cuando me ayudasteis y si hay
    algo que esté en mi mano, no dudéis en que podéis contar con ello. Además, soy
    sajón hasta la médula.

    —Hace unos días murió el conde de Sherwood a manos de seguidores del
    príncipe Juan —dijo bajando la voz Richard At Lea.

    —¿Estáis seguro? ¿Cómo lo habéis descubierto?

    —No tengo pruebas, Hugo. Pero tengo la más absoluta certeza de ello. Mira lo
    que está ocurriendo en Inglaterra.

    —Y bien, ¿qué podemos hacer, querido amigo?

    —Yo debo ir a Tierra Santa a poner los hechos en conocimiento del rey. Así lo
    decidimos Edward Fitzwalter y yo si a alguno de nosotros le sucedía algo.

    —Entonces, ¿para qué me necesitáis?

    —Preciso fletar un barco a ir acompañado de un grupo de soldados. En este
    momento no tengo el dinero necesario. Para eso he venido a veros, para que me
    prestéis, si podéis, ese dinero.

    —Ahora mismo no dispongo de la cantidad que necesitáis. Tendría que pedirlo
    yo y cobraros los intereses correspondientes.

    —No importa, Hugo. Hagámoslo como decís. No estoy en condiciones de
    poder elegir ni de poder esperar.

    —Mañana tendréis el dinero, Richard. Ahora, tomemos una copa de vino y
    brindemos por vuestro viaje.

    —Gracias, amigo. Necesito aún pediros otro favor, quizá más importante que
    el anterior. Como sabéis tengo una hija. Deseo que, durante el tiempo que yo esté
    fuera, ella permanezca en un convento y vos seáis su tutor.

    —Os agradezco la confianza que depositáis en mí, Richard. Seré un verdadero
    padre para vuestra hija mientras estéis ausente.

    —Por supuesto que os dejaré el poder legal correspondiente y os compensaré
    por las molestias que todo esto os cause.

    Unos días después, tras firmar todos los documentos, Richard At Lea se hacía a
    la mar con el barco y la tripulación proporcionados por Hugo de Reinault.

    Nada más zarpar Richard At Lea, Hugo se dirigió al palacio de Juan sin Tierra.
    Allí le esperaba el nutrido grupo de caballeros adeptos al príncipe y el propio
    príncipe en persona.

    De Reinault contó a sus amigos lo ocurrido con At Lea.


    —Pero... ¿le habéis dejado partir a Tierra Santa? —preguntó con indignación y
    la voz temblorosa el príncipe Juan.

    —Tranquilo, señor. Los hombres que lo acompañan llevan órdenes muy claras.
    Si no me fallan los cálculos, a estas horas ya se habrán amotinado contra el conde
    de Sulrey, y estarán de vuelta dentro de muy poco en el puerto del que salieron. De
    ahí, el conde pasará a la más oscura mazmorra de mi castillo.

    —Sois muy listo, Hugo —afirmaron todos.

    —Pero hay más, señores. Tengo documentos legales firmados de puño y letra
    por Richard At Lea por los que sus bienes pasarán a mis manos y, como tutor de su
    hija, también me pertenecerán los de ella. Así, no sólo me he deshecho de un
    enemigo de vos, príncipe, sino que además nos repartiremos la apreciable fortuna
    de los At Lea.

    La reunión acabó con aplausos dirigidos al astuto Hugo de Reinauf y con un
    brindis dedicado al talento y la sagacidad del noble.

    Pocos días después, tal y como había previsto el traidor sajón, Richard At Lea
    era llevado ante él.

    —Hugo, ha sido una terrible experiencia. Los soldados se amotinaron . . .

    —¿Quién sois? —interrumpió bruscamente Hugo de Reinault a Richard, que
    presentaba un aspecto lamentable.

    —¿No me reconocéis, Hugo? Soy Richard At Lea, vuestro amigo:

    —¡Imposible! Richard At Lea salió hace unos días hacia Tierra Santa. Yo
    mismo le proporcioné el barco y la tripulación. Vos debéis de ser un impostor.
    ¡Guardias, encerradle!

    En ese mismo momento, Richard At Lea comprendió que había sido víctima de
    un engaño; más que eso, de una terrible traición.

    A quien había considerado un amigo no era más que un traidor, un vendido a la
    causa de Juan sin Tierra.

    Pero ahora, su triste realidad es que estaba en manos de un hombre sin
    escrúpulos. Pero no sólo él, sino también su querida hija y todos sus bienes.

    Richard At Lea lloró amargamente en su celda. Un triste Ilanto derramado por
    quien se sentía el ser más infeliz y solo de la Tierra. Nunca unas lágrimas habían
    sido muestra de un dolor tan hondo, de una desesperación tan profunda.

    CAPÍTULO CINCO

    LA PRIMERA ACCIÓN DE ROBIN


    Tras la muerte de su padre, el joven Robin se vio sumido en la tristeza y en la
    desolación. Aun sin sospechar la verdad, el heredero de Sherwood se sentía solo y
    desgraciado, sin el padre con el que tanto compartía y del que tanto había
    aprendido.

    Intentando hacer algo por cambiar su triste estado de ánimo, decidió buscar la
    compañía de las dos personas en las que más confiaba y a las que más cariño tenía:
    Richard At Lea y su hija Mariana.

    Se dirigió al castillo de los At Lea y, allí, uno de los sirvientes le informó de
    que el conde había partido a Tierra Santa y que Mariana se encontraba en el
    castillo de Hugo de Reinault, su tutor por decisión paterna.

    Robin, extrañadísimo, comentó:

    —¡En el castillo de Hugo de Reinault! ¡Qué raro! Ese caballero tiene fama de
    ser un cruel prestamista que ha ido despojando de sus tierras a medio condado.
    Además es el hermano de Robert, corregidor de Nottingham.

    —¡Pero, señor, son sajones! –le dijo el sirviente de los At Lea.

    —Aun siéndolo, no me fío de ellos —contestó Robin.

    Robin abandonó el castillo del que fuera gran amigo de su padre y decidió
    visitar a Hugo de Reinault para entrevistarse con Mariana.

    —¿Qué os trae por aquí, señor Fitzwalter?

    —Creo que vos sabéis dónde se encuentra el señor At Lea.

    —Efectivamente. Mi amigo Richard At Lea —habló Hugo poniendo mucho
    énfasis en las palabras "mi amigo"— me pidió prestado dinero para ir a Tierra
    Santa. Y hacia allí se dirige gracias a mi ayuda.

    —¿Y Mariana? ¿Podría hablar con ella? —preguntó Robin.

    —Soy legalmente el tutor de Mariana y en este momento no podéis verla.

    —¿Acaso tenéis miedo de que hable con ella? ¿Ocultáis algo, señor Hugo de
    Reinault? —dijo Robin con tono acusador.

    —¡No tengo nada que ocultar, señor Fitzwalter! Es mi palabra de caballero.
    Ahora, váyase. No puedo perder más tiempo. ¡Soldados, acompañen al señor!

    Y rodeado de un grupo de hombres armados, Robin abandonó el castillo de
    Hugo de Reinault.

    El señor de Reinault tuvo la impresión de que el joven Robin sospechaba algo.
    Y lo mismo parecía ocurrir con Mariana. La joven había pronunciado algunas
    palabras, en la conversación que los dos mantuvieron, que denotaban cierta
    desconfianza hacia él y cierta extrañeza de que su padre hubiera tomado las
    decisiones que parecía haber tomado.

    Hugo de Reinault se tranquilizó a sí mismo. ¿Qué peligro podían suponer tanto
    Robin como Mariana? Y al fin y al cabo, en el peor de los casos, serían sólo unas


    pequeñas molestias a cambio de los grandes beneficios que iba a obtener de esta
    operación.

    Robin, desde su conversación con el señor de Reinault, no conseguía olvidarse
    del asunto. Estaba cabizbajo, meditabundo, no hablaba con nadie y vagaba por los
    caminos a lomos de su caballo.

    Un día, en uno de esos paseos sin rumbo, Robin encontró a un grupo de
    campesinos. Discutían airadamente y oyó voces de protesta contra los normandos.
    Robin se acercó a ellos.

    —¿Qué sucede? —preguntó bajando de su caballo.

    Uno de los siervos de Robin explicó a su señor que Feldon, un hombre al
    servicio de Guy de Gisborne, había sufrido un terrible castigo por un hecho sin
    importancia. Este castigo había consistido en dejarle sin comer, durante más de una
    semana, a él y a su familia. El desgraciado Feldon, sumido en la más absoluta
    desesperación, había cazado un ciervo para dar de comer a los suyos. Enterado
    Guy de Gisborne, lo había apresado y condenado a muerte. Su mujer y sus dos
    hijos serían azotados.

    —¡Esto es intolerable! —gritó con indignación Robin—. Las leyes están para
    cumplirlas. Feldon tiene derecho a cazar. El mismo derecho que el señor de
    Gisborne. Iré a pedir cuentas a ese mezquino caballero.

    —No lo hagáis, señor —le pidió con preocupación el campesino que le había
    contado la triste historia de Feldon—. Guy de Gisborne está respaldado por el
    príncipe Juan y no conseguiréis nada. Irá contra vos también. Es muy poderoso. No
    vayáis.

    —No os preocupéis, os lo ruego. No tengo ningún miedo a ese caballero que se
    salta las leyes a su capricho. Avisa a todos mis soldados, que se queden en el
    castillo y me esperen allí —dijo Robin mientras se alejaba con su caballo.

    Robin se dirigió al castillo del señor de Gisbome dispuesto a todo por
    conseguir que la ley se cumpliera. No podía consentir que un señor dispusiera de la
    vida de un hombre. Daba igual que fuera normando o sajón. Era una vida humana
    y, como tal, merecía respeto.

    Estas enseñanzas de respeto y amor al prójimo las había recibido Robin de su
    padre. "¡Ay, cuánto le echo de menos! ¡Cuánto podría haberme ayudado mi padre
    en estas circunstancias y en otras que sin duda me deparará la vida! ¡Ni siquiera
    cuento con el buen consejo del señor At Lea! ¡Qué solo estoy!" —pensaba Robin
    mientras se dirigía a ver al señor de Gisborne.

    Poco después llegaba a las puertas del castillo y pedía ser recibido por el señor
    Mientras tanto, observó los preparativos que se realizaban para llevar a cabo la
    ejecución de Feldon.


    —Señor Fitzwalter, no sé qué hace un noble sajón bajo mi techo. Ya sé que
    visitasteis a Hugo de Reinault, pero...

    —Que, por cierto, también es noble sajón —le interrumpió irónicamente
    Robin.

    —¡Basta de bromas, joven! —dijo con crispación Guy de Gisborne—. Yo no
    sé nada de Richard At Lea ni de su hija.

    —No es ése el motivo de mi visita Vengo a impedir la muerte de su siervo, ese
    pobre desdichado al que pensáis ejecutar por hacer uso de su derecho a cazar
    ¿Acaso habéis olvidado que la caza no es un privilegio normando según las leyes
    de nuestro rey?

    —¿Qué rey? —preguntó cínicamente Guy de Gisborne—. Yo sólo tengo un
    rey, y es el príncipe Juan.

    —Si es el príncipe Juan el que está detrás de esto, vos y él estáis violando las
    leyes. No podéis matar a ese hombre ni torturar a su familia. ¡Que se suspenda la
    ejecución! —gritó Robin.

    —Meteos en vuestros asuntos, jovencito. La ejecución se Ilevará a cabo, ¡por
    encima de vos si es preciso!

    Robin se fue sin siquiera despedirse. Se dirigió a su castillo. Allí le aguardaban
    sus hombres, preparados para lo que él dispusiera. La orden de Robin fue atacar la
    fortaleza del señor de Gisborne para liberar a su vasallo Feldon.

    Robin y sus hombres no tuvieron en cuenta ni su inferioridad numérica ni el
    peligro que corrían. La sed de justicia a igualdad les hacía enfrentarse
    valerosamente al enemigo.

    Guy de Gisborne y sus soldados no esperaban el ataque. Fue un verdadero
    asalto por sorpresa. Casi no hubo respuesta: no les dio tiempo a reaccionar, ni
    siquiera a llegar a las armas.

    Robin, con sus propias manos, liberó al desdichado Feldon, que no podía creer
    lo que estaba viendo.

    Una vez alcanzado su objetivo, Robin y Feldon en el mismo caballo, seguidos
    por los hombres que habían hecho posible la victoria, se alejaron al galope. Más
    tarde, pudieron respirar tranquilos en los aposentos del castillo de Sherwood.

    Sólo había una cosa que entristecía a Robin: no haber podido salvar también a
    la esposa y los dos hijos de Feldon de la crueldad del señor de Gisborne.

    CAPÍTULO SEIS

    EN EL BOSQUE DE SHERWOOD


    Durante varios días, la calma y la paz reinaron en el castillo del conde de
    Sherwood. La satisfacción por el deber cumplido era el sentimiento que compartía
    Robin con sus hombres. El constante agradecimiento de Feldon era lo único que
    hacía ensombrecer la alegría de Robin. Le hacía recordar los tormentos que podía
    estar sufriendo la familia del que era ahora su más incondicional vasallo.

    Pero Guy de Gisborne no había olvidado la terrible acción cometida por Robin.
    Convocó una reunión con el príncipe Juan y sus más fieles seguidores, y allí
    expuso los hechos ocurridos.

    —Caballeros, nos hemos librado de Edward Fitzwalter y también de Richard
    At Lea. Pero mientras ande suelto Robin, no nos dejará vivir tranquilos. Ese joven
    es muy peligroso —dijo Guy de Gisborne.

    —Estoy de acuerdo —intervino Hugo de Reinault—. Estoy seguro de que
    sospecha algo sobre lo ocurrido con At Lea, y no cejará en su empeño hasta
    averiguarlo. Conozco muy bien a ese joven sajón.

    —Entonces, Guy de Gisborne, atacad su castillo —dijo el príncipe Juan—.
    Todos colaboraremos con nuestros soldados. Además, ese joven es muy rico. Nos
    quedaremos con su castillo, con sus tierras y con sus bienes. Nos repartiremos
    todo.

    Tomada la decisión, los caballeros se dispersaron. Pocos días después, según lo
    convenido, un numeroso ejército, nutrido con hombres de diversa procedencia,
    rodeaba el castillo de Sherwood, preparado para el asalto.

    Por su parte, los hombres de Robin de Fitzwalter permanecían en sus puestos
    día y noche. Todos ellos mantenían alto el ánimo. Estaban dispuestos a todo en
    defensa de la ley, y con la seguridad y tranquilidad de espíritu que produce estar
    cargado de razón.

    Después de un mes de asedio al castillo de Sherwood, las frecuentes
    escaramuzas no supusieron ninguna rotunda victoria para los atacantes ni ninguna
    sonada derrota para los atacados.

    Aparte del agotamiento que empezaba a hacer mella en las tropas atacantes,
    esta expedición empezó a ser duramente criticada por numerosos nobles, tanto
    sajones como normandos. Todos sospechaban que el príncipe respaldaba tal
    acción. Todos sabían perfectamente quiénes eran Guy de Gisborne y el pequeño a
    influyente grupo que rodeaba a Juan sin Tierra.

    Se convocó una nueva reunión para discutir qué era lo más conveniente, dadas
    las actuates circunstancias.

    Como en otras ocasiones, Hugo de Reinault fue el que aportó la idea más
    diabólica para acabar con aquella situación.

    —Señores, creo que se debe enviar un mensajero que anuncie el perdón a
    Feldon y a los que, como él, se refugiaron en el castillo. . .


    —¡Pero estáis loco, Hugo! —interrumpió con furia Guy de Gisborne.

    —¡Calma, escuchadme! Debéis ordenar el perdón de Feldon y de todos
    vuestros vasallos que han ido engrosando las filas de Robin. Mandad que todas las
    mujeres a hijos de los rebeldes sean llevados a las murallas del castillo. Si esos
    rebeldes no aceptan el perdón que les concedéis, sus familias serán ejecutadas. Os
    aseguro que las esposas convencerán por sí mismas a sus maridos.

    —Sois un verdadero genio, Hugo —exclamó Guy de Gisborne.

    Los acontecimientos se desarrollaron tal y como había previsto el astuto Hugo
    de Reinault. Un mensajero anunció las condiciones a las puertas del castillo de
    Sherwood.

    Cuando los desertores del señor de Gisborne vieron a sus esposas y a sus hijos
    pidiéndoles que depusieran su actitud para salvarse, no tuvieron fuerza moral para
    mantener la lucha.

    El primero en enternecerse fue Feldon.

    —Señor Fitzwalter, he de ir con los míos. Aunque todo sea una patraña,
    aunque luego me maten, debo intentar salvarlos.

    —Nosotros lo seguiremos —dijeron otros.

    Robin intentó convencerlos de que no lo hicieran, de que sin duda era una
    trampa.

    —No sólo ajusticiarán a vuestras familias, sino a vosotros mismos. El señor de
    Gisborne no olvida. Nunca os perdonará —les decía Robin.

    Todo fue inútil. Los hombres no podían dejar de oír las voces de sus esposas.
    Se les rompía el corazón.

    Pronto, los primeros en salir pudieron estrechar a los suyos sin que les
    ocurriera nada. Muchos siguieron su ejemplo.

    Robin se quedó con un puñado de hombres. Así no podían seguir resistiendo
    en el castillo sitiado.

    —Tenemos que salir de aquí para salvar nuestras vidas —les dijo a sus
    hombres—. Pero no nos entregaremos al enemigo. Iremos al bosque de Sherwood.
    Lo conozco como la palma de mi mano. No se atreverán a internarse en él. Os lo
    aseguro.

    Aprovecharon la noche para salir sigilosamente por la puerta trasera del
    castillo. A los pocos minutos entraban en el bosque, un refugio seguro.

    A la mañana siguiente, los hombres de Guy de Gisborne descubrieron lo
    sucedido.

    —¡Han escapado! —gritó uno de los soldados.

    Las huellas les condujerron hasta el cercano bosque de Sherwood.

    La noticia fue comunicada rápidamente al señor Guy de Gisborne, que se
    encontraba acompañado de Hugo de Reinault


    —¡Maldito sea! ¡Ha conseguido escapar! ¿Qué podemos hacer para darle su
    merecido, Hugo?

    —Nada por el momento. Ahora, Robin ya no es un peligro. Está recluido en el
    bosque. Sherwood es su prisión. Si sale de ahí, caerá en nuestras manos.

    —Es cierto, Hugo. Ya no hay nada que temer: Pediremos al principe que lo
    declare proscrito, un ciudadano fuera de la ley. A él y a sus hombres, por supuesto.

    —Brindemos, amigo, por las ganancias obtenidas: tierras, dinero, un castillo...
    Hay mucho para repartir entre todos —dijo el interesado Reinault.

    Mientras tanto, Robin reflexionaba en Sherwood sobre todo lo que había
    ocurrido. No se arrepentía de nada. Volvería a actuar de la misma manera otra vez.
    Pero estaba preocupado: ¿Cuánto tiempo pasaría sin que pudieran salir del bosque
    de Sherwood? ¿Qué les habría ocurrido a Feldon y a los demás?

    A los pocos días recibieron la visita de un pastor que había descubierto un
    camino sin vigilancia por el que llegar al bosque.

    El pastor les contó que Feldon y cinco hombres más habían sido ejecutados.
    Todos los demás habían recibido crueles castigos y sus familias se morían de
    hambre.

    —¡Lo sabía! No deberían haber creído al mensajero del señor de Gisborne —
    se lamentó Robin.

    —Todos los que viven están arrepentidos de lo que hicieron, Robin —dijo el
    pastor—. La gente de la comarca admira vuestro comportamiento y quiere
    ayudaros. ¿Qué podemos hacer?

    —Necesitamos más hombres y comida —dijo Robin—.

    El pastor cumplió su promesa. Fue reclutando hombres jóvenes y les hizo
    llegar alimentos.

    El grupo del bosque de Sherwood era ya bastante numeroso. Todos sus
    miembros juraron lealtad a Robin y se sentían orgullosos de estar a las órdenes del
    hombre más íntegro y justo del reino: Robin Hood —así apodado por la
    característica capucha que siempre lucía en su cabeza—. El hijo de Edward
    Fitzwalter

    CAPÍTULO SIETE

    LA ORGANIZACIÓN EN SHERWOOD

    Poco a poco, el asentamiento en el bosque de Sherwood fue adecuándose a las
    necesidades de los que allí se encontraban. Primero construyeron chozas que les
    servían de cobijo y, cuando los días se hicieron más fríos, bien entrado el otoño, se
    vieron obligados a dotarlas de chimeneas para proporcionarse calor

    Aun así, las ropas de Robin y sus hombres fueron convirtiéndose en auténticos
    harapos, y carecían de mantas con las que abrigarse durante la noche.

    Robin decidió que había que solucionar este grave problema. Para ello era
    necesario ir a la ciudad y conseguir lo que necesitaban. Ninguno de los hombres de
    Robin estaba dispuesto a correr ese riesgo. Preferían seguir soportando el frío y las
    calamidades que padecían.

    —Yo iré a Nottingham —dijo Robin—. Me disfrazaré de mendigo y traeré lo
    que necesitamos.

    A pesar de que todos intentaron disuadirle, Robin estaba decidido y se puso en
    camino.

    Llegó a Nottingham muy cansado. Sólo contaba con un puñado de monedas de
    escaso valor que había ido consiguiendo como limosna por el camino.

    Entró en la tienda de un mercader y allí eligió ropa y calzado para todos. No
    sabía cómo arreglárselas para pagan Siguió mirando y mirando para darse tiempo
    hasta que se le ocurriera algo. De pronto descubrió una alfombra que le resultó
    familiar. Era una gran alfombra del castillo de su padre.

    Un montón de recuerdos de su infancia se agolparon en su mente: su madre, su
    padre. . . Él y Mariana jugando sobre aqueIla preciosa alfombra... No pudo evitar
    que se le hiciera un nudo en la garganta y que sus ojos se llenaran de lágrimas.

    —A ver, joven, son cuarenta libras —dijo el mercader con brusquedad.

    Esas palabras sacaron a Robin de su ensimismamiento.

    —Le doy estas monedas. Son todo cuanto tengo. Dentro de unos días le pagaré
    el resto.

    —De ninguna manera. Yo sólo vendo al contado. No me fío de nadie.

    —De alguien habrá tenido que fiarse, señor, cuando tiene una alfombra que
    perteneció a una familia a la que yo conocí hace tiempo. Sus bienes están
    confiscados y, portanto, esa alfombra ha tenido que ser robada—dijo Robin
    pícaramente.

    AI mercader no le gustó nada lo que acababa de oír. Pensó que aquel
    muchacho podía ser un enviado del príncipe Juan. Si lo denunciaban, lo ahorcanán.
    Era mucho lo que tenía que ocultar

    —Si esto queda entre nosotros —propuso el mercader a Robin—, te dejo que
    te lleves lo que has elegido y te regalo esa alfombra

    Robin no abrió la boca, y el mercader se vio obligado a seguir ofreciendo cosas
    intentando satisfacerle:

    —Te daré también dos toneles de vino... y... dos sacos de harina.

    —¿Cómo podré transportar todas esas cosas? —preguntó por fin Robin.

    —Te llevarás ese caballo que está ahí. Pero no me denuncies, por Dios.


    —Ándate con cuidado, mercader. La próxima vez puedes correr peor suerte.

    Y Robin se fue con un caballo nuevo y con toda la mercancía.

    En Sherwood, la alegría desbordó a todos cuando lo vieron aparecer sano y
    salvo y con aquel cargamento.

    Robin colocó la preciosa y lujosa alfombra en su pobre choza. Ahora tendría
    un recuerdo de su feliz infancia.

    Los días transcurrían plácidamente en Sherwood. Cazaban venados y
    recolectaban frutos pares alimentarse, recogían leña para procurarse calor y, de vez
    en cuando, recibían la visita de alguna persona del lugar que les traía algo de
    comida a veces como muestra de simpatía, o pidiendo su ayuda para que
    intervinieran ante los frecuentes abusos de poder que cometían algunos caballeros.

    Cada vez se hicieron más frecuentes las acciones de Robin y sus hombres fuera
    del refugio del bosque de Sherwood. Se trataba siempre de actos en defensa de
    vasallos perseguidos por los barones normandos o incluso en ayuda de caballeros
    sajones, despojados constantemente de tierras y bienes por los ambiciosos secuaces
    del príncipe Juan.

    Dado que Robin y sus hombres se veían obligados a intervenir en numerosas
    ocasiones, debían organizarse. Aun fuera de la ley, era necesario que todos
    tuvieran claro cómo actuar en cada caso y qué propósitos perseguían.
    Para ello, Robin creyó conveniente poner unas normas que todos cumplieran
    por igual.
    Movido por este deseo, un día Robin reunió a sus hombres y les comunicó sus
    planes:
    —Compañeros, cada día son más las personas que acuden a nosotros en busca
    de auxilio. Como sabéis, estamos declarados proscritos. Efectivamente, no
    acatamos las normas del príncipe Juan, ni nunca lo haremos. En cambio, sí
    acatamos las leyes divinas y las tendremos siempre presentes. Serán nuestra
    verdadera guía. Nuestro fin ha de ser hacer el bien: socorrer a pobres y necesitados,
    luchar contra cualquier injusticia, respetar a mujeres, niños y ancianos, y atacar
    sólo en defensa propia.

    Tras los calurosos aplausos con los que mostraron su total adhesión a las
    palabras de Robin, todos los hombres juraron cumplir aquellos principios.

    Paulatinamente, el número de miembros de la banda de Robin había ido
    aumentando de manera considerable. Unas veces se unía a ellos algún joven que
    había presenciado una gloriosa acción; en otras ocasiones eran personas que
    penetraban en el bosque y pedían ser admitidas y, en todos los casos, eran gentes
    orgullosas de poder pertenecer al valeroso ejército de Robin Hood.

    Entre los numerosos compañeros de Robin, había dos con los que se sentía
    especialmente identificado: John Mansfield y Much.


    John Mansfield, al que todos llamaban Johnny, era un gran hombretón, alto y
    robusto. Estaba dotado de una fuerza sobrehumana y el mismo Robin había tenido
    oportunidad de comprobarlo en sus propias carnes.

    Fue el día en que se conocieron. Robin, seguido de sus hombres en fila india,
    atravesaba un angosto puente sobre un río. Por el otro extremo avanzaba un
    desconocido. Como era imposible pasar a la vez en less dos direcciones, Robin le
    gritó que retrocediera. El bravo desconocido se negó a ser él quien lo hiciera, y se
    enzarzaron en una pelea. Robin fue derribado por aquella fuerza de la naturaleza.
    Aquel hombre era John Mansfield. Huía de los normandos, que le habían
    despojado de sus tierras, a iba en busca de Robin Hood para unirse a su banda. Su
    sorpresa fue mayúscula al descubrir que tenía a Robin ante él: el mismo al que
    había hecho besar el suelo.

    Much, el otro hombre de confianza de Robin, era de baja estatura y escasa
    corpulencia. Lo contrario de lo que significa su nombre en inglés: "mucho".

    Robin conoció a Much ante las ruinas de un molino. El hombre estaba con la
    cabeza agachada y la mirada perdida Robin se presentó. AI oír su nombre, el
    desconocido reaccionó y, entre lágrimas, le contó que soldados de Ralph de
    Bellamy llegaron en busca de trigo. Les dio cuanto tenía. Pero les pareció poco y le
    acusaron de estar guardando alguna cantidad para los proscritos. Quemaron el
    molino con su mujer y sus dos hijos dentro.

    Much se sumó a la banda, donde encontró una nueva families

    CAPÍTULO OCHO

    DIVERTIDAS AVENTURAS
    DE ROBIN ROOD

    A pesar de los tristes acontecimientos que desencadenaron la existencia del
    grupo refugiado en Sherwood, la vida allí había ido normalizándose. Muchas
    familias habían logrado reunirse. Incluso muchos niños habían venido al mundo en
    aquel bosque.Además, todos se sentían miembros de una gran familia y todos se
    ocupaban de todos.

    Recientemente se había incorporado a la banda el padre Tuck. Era un fraile que
    había vivido siempre solo, retirado en el campo. Muchas personas, tanto nobles
    como plebeyas, acudían a él con frecuencia a pedirle consejo. Su influencia en las
    gentes y su apoyo personal a los principios que defendían los proscritos de
    Sherwood, hicieron que las autoridades del príncipe Juan dictaran orden de captura
    contra él. Esto obligó al buen fraile a refugiarse también en Sherwood. Allí, sus
    aportaciones fueron muy importantes. No sólo celebraba misa todos los domingos,


    sino que unió a varias parejas en matrimonio, bautizó a muchos niños, se ocupaba
    de la educación de pequeños y mayores y, como tenía conocimientos de medicina,
    cuidaba de la salud de todos.

    Aunque la vida cotidiana en Sherwood no era fácil, también había momentos
    para la diversión. Uno de ellos, quizá el más célebre, fue el día en el que Robin y
    algunos de sus hombres acudieron a un torneo de tiro con arco que se celebraba en
    una ciudad próxima.

    Robin y los suyos se habían convertido en verdaderos expertos en el manejo
    del arco: única arma disponible en su refugio del bosque.

    Todos los premios del torneo los acaparó el grupo de Sherwood. Finalmente, la
    última prueba, recompensada con una bolsa de monedas de oro, la superó sin
    dificultad Robin Hood para asombro de todos los presentes.

    Cuando el alcalde de la ciudad entregó el premio al vencedor, le preguntó su
    nombre. Robin, vestido como un caballero y sin su típica capucha, contestó:

    —Mi nombre es Robin Hood.

    La carcajada fue general. Cuando las risas cesaron, el alcalde volvió a
    preguntar al ganador por su nombre.

    —Señor, ya os lo he dicho. Mi nombre es Robin Hood.

    El alcalde comprendió entonces que el desconocido no estaba bromeando.
    Llamó a gritos a sus soldados para que lo apresaran. Pero era demasiado tarde.
    Robin y los suyos habían huido a todo galope en sus caballos.

    Otra de las más famosas y animadas aventuras de Robin, que demuestra su
    afán de diversión y su buen humor, comenzó un día cuando encontró en un camino
    a un anciano alfarero que iba a la ciudad de Nottingham a vender su mercancía

    El anciano se mareó y cayó al suelo. Robin se acercó a reanimarlo. Le dijo
    quién era y le ofreció quedarse en el bosque de Sherwood. Mientras, él mismo iría
    al mercado y le traería el dinero de la mercancía que vendiese.

    —Gracias, Robin. Puedo confirmar que lo que he oído sobre vos es cierto.
    Necesito el dinero para la boda de mi hija, pero está claro que no puedo continuar
    hasta Nottingham. Acepto vuestro favor y descansaré en Sherwood. Os advierto
    que hay una vajilla de oro muy valiosa entre los objetos de la carreta.

    Robin llegó a la ciudad y pronto consiguió vender todo, ya que tanto la
    mercancía como los precios resultaron muy atractivos para las gentes. Sólo se
    reservó la vajilla de oro porque le rondaba una idea en la cabeza.

    El interés de los objetos ofrecidos por el mercader llegó a oídos del corregidor
    Robert de Reinault, quien lo llamó a su palacio. Eso era, precisamente, lo que
    Robin tenía previsto.

    Cuando el mercader traspasó las puertas de la mansión del corregidor ya nada
    quedaba de su mercancía, salvo la valiosa vajilla. Así se lo comunicó al señor, a
    quien por respeto al cargo que ostentaba se la ofreció como regalo.


    Robert de Reinault, con ojos codiciosos, aceptó el obsequio e invitó al
    generoso mercader a cenar en su palacio aquella noche.

    Hugo de Reinault, huésped de su hermano por aquellos días, también estaría
    presente en el banquete.

    Robin obtuvo interesante información, que era lo que pretendía, en el palacio
    de Robert de Reinault. Supo que el precio por su captura o muerte era ya
    elevadísimo. Supo también que se preparaba una incursión a Sherwood, dirigida
    por Guy de Gisbome.

    Tras la cena y el insistente agradecimiento, el humilde mercader se despidió de
    los hermanos Reinault y abandonó la ciudad. Por la mañana, los sirvientes del
    corregidor encontraron un pergamino con el siguiente mensaje:

    "Robin Hood da sus más sinceras gracias al corregidor
    y a su ilustre hermano.
    Y queda a la espera de poderles corresponder de la
    misma forma en el bosque de Sherwood!”


    La cólera de los hermanos Reinault fue mayúscula. Los dos juraron odio eterno
    a Robin Hood y no descansar hasta verle muerto.

    Robin llegó a Sherwood muy satisfecho por haber quedado al corriente de lo
    que se tramaba contra ellos y, así, tener tiempo para prepararse.

    El pobre alfarero había muerto. Había dejado el nombre y la dirección de su
    hija, a la que poco después le fue entregado el dinero obtenido por la mercancía.

    Unos días más tarde, los vigías de Sherwood vieron avanzar a los soldados de
    Guy de Gisbome. Corrieron a avisar a Robin Hood y éste dio las órdenes
    convenientes: se trataba de que todos permanecieran escondidos pacientemente en
    la espesura. No debían hacer ningún ruido

    Los soldados se internaron en el bosque, pero ni rastro de Robin Hood y los
    suyos. El más absoluto silencio los acompañaba en la búsqueda. Llegó la noche y
    se detuvieron en un claro. Allí hicieron una gran hoguera y establecieron los turnos
    de vigilancia.

    AI amor del fuego, los hombres empezaron a charlar de forma animada.
    Cuando callaban, oían sobrecogidos los ruidos del bosque. Aquello les hacía seguir
    despiertos a pesar del cansancio que sentían tras la dura jornada.

    La conversación iba decayendo y muchos empezaban a quedarse adormecidos,
    rendidos por el sueño. Era ya bien entrada la madrugada.

    De pronto empezaron a oírse extraños ruidos, y los intranquilos hombres de
    Gisborne se despertaron sobresaltados. AI poco vieron entre los árboles unas
    sombras blancas semejantes a duendes o fantasmas. Espantosas carcajadas, que
    parecían salir de ultratumba, acompañaban estas terron'ficas visiones.


    Los hombres, bien juntos, con los pelos de punta y temblando de pavor,
    tuvieron que sufrir aún que un grupo de estos fantasmas se abalanzaran sobre ellos
    y empezaran a molerles a palos.

    Los confundidos soldados huyeron despavoridos en medio de la oscuridad de
    la noche y deambularon por el bosque hasta que, al amanecer, lograron alcanzar la
    salida.

    Sobra explicar que los fantasmas venidos del otro mundo eran Robin y sus
    hombres. Todo había sido una genial idea del héroe de Sherwood.

    El suceso corrió como la pólvora por toda la comarca. Y la expedición de
    Gisborne fue motivo de burla para las gentes del lugar.

    CAPÍTULO NUEVE

    LLEGAN NOTICIAS SOBRE EL REY

    Había pasado mucho tiempo desde que Ricardo Corazón de León partiera a las
    Cruzadas. Inglaterra había cambiado mucho bajo la regencia del príncipe Juan y no
    se tenían noticias del rey

    Cuando todos pensaban que habría muerto en la lucha contra los infieles, se
    supo que el legítimo rey de Inglaterra estaba vivo, aunque prisionero del rey
    Enrique de Alemania.

    Ricardo Corazón de León fue detenido por soldados de Leopoldo de Austria y
    posteriormente entregado al rey alemán. En el momento de su detención iba
    acompañado de su buen amigo el príncipe David de Huntington, futuro rey de
    Escocia, conocido como sir Kenneth.

    Sir Kenneth intentó defender a su rey y cayó gravemente herido. Los soldados
    austríacos prendieron a Ricardo y abandonaron a su amigo, dándolo por muerto.

    Sin embargo, sir Kenneth se salvó gracias a un campesino que lo encontró y lo
    llevó a su choza, donde se restableció por completo.

    Consciente de la gravedad del asunto, sir Kenneth, nada más recuperarse,
    centró todos sus esfuerzos en conseguir la liberación del rey Ricardo. Por ello, se
    dirigió a Roma para interceder ante el Sumo Pontífice.

    Allí se enteró de que Ricardo no estaba en Austria, sino en Alemania, y que el
    rey Enrique había pedido un fuerte rescate por su liberación.

    En efecto, a la corte inglesa había llegado un mensaje del rey alemán en el que
    se daba cuenta del cautiverio de Ricardo Corazón de León y de la suma exigida
    para su puesta en libertad.

    Juan sin Tierra, ante la reina madre y la esposa de su hermano, declaró que
    pondría todo su empeño en recaudar fondos, por medio de más impuestos, para


    salvar a Ricardo, ya que las arcas del reino no disponían de esa exorbitante
    cantidad.

    —Yo venderé mis joyas, Juan —dijo la reina madre—, para restituir en su
    trono al legítimo rey de Inglaterra. En cuanto a la recaudación de impuestos, sólo
    te pido que no se haga recaer todo el esfuerzo sobre los humildes. Son los señores,
    normandos y sajones, los que más deben y pueden aportar

    Toda Inglaterra condenó sin reservas la acción del rey alemán. En general, la
    gente del pueblo fue la que se sintió más afectada. Veía alejarse la posibilidad de
    que cambiara su situación con la vuelta del buen rey.

    Comenzó por todo el país la recaudación de impuestos en favor de Ricardo
    Corazón de León. Era la gente humilde la que pagaba con mayor satisfacción.
    Sentía que colaboraba con una causa justa. Tenía la certeza de que su suerte
    cambiaría si se conseguía la liberación del rey.

    Se logró recoger una suma respetable entre los impuestos y la venta de las
    joyas de la reina. Aun así, no se alcanzaba la cantidad exigida por el rey Enrique.

    Juan sin Tierra, reunido con sus incondicionales, no tenía dudas sobre los
    pasos que se habían de dar.

    —Se seguirán recaudando impuestos en favor de mi hermano, pero ese dinero
    jamás llegará al rey alemán. Ricardo no conseguirá nunca su libertad.

    Pasó el tiempo y la gente empezó a cansarse de pagar tributos bajo el pretexto
    de liberar al rey. Había un hecho claro: el rey seguía cautivo. El príncipe Juan no
    daba explicaciones a nadie y existían serias dudas sobre sus verdaderas
    intenciones.

    La reina madre comenzó a dudar de la labor que estaba realizando el príncipe
    para liberar al rey. Algunos rumores que habían llegado a sus oídos y su propia
    intuición le decían que Juan sin Tierra prestaría un flaco servicio al desdichado
    Ricardo.

    Así pues, mandó a lady Edith que viajara a Escocia y esperara allí a su
    prometido David de Huntington, del que desconocían su paradero.

    —Quizá desde Escocia tengáis que prestarnos ayuda si Juan Ilega a usurpar la
    corona a su hermano —dijo la reina madre—. Berengaria permanecerá conmigo a
    la espera de acontecimientos.

    Mientras tanto, David de Huntington, sir Kenneth, consiguió que el Papa
    mediara ante el rey Enrique para que Ricardo Corazón de León fuese liberado.

    El rey alemán recibió una dura reprimenda del Pontífice y no pudo negarse a
    obedecer El rey de Inglaterra quedó libre a pesar de que su propio hermano había
    intentado evitarlo.

    A los pocos días, Ricardo y sir Kenneth se reunían emocionados en Roma.


    Tras un efusivo abrazo, el rey pidió a su amigo que le contara todo lo que
    supiera de Inglaterra,

    —Majestad, envié a un mensajero y tengo noticias recientes. La reina madre y
    vuestra esposa se encuentran bien. Vuestra prima Edith me espera en Escocia. . .

    —Espléndido. Todo son buenas noticias —interrumpió Ricardo.

    —Siento, señor, tener que daros otras no tan buenas. Nada, nada buenas —dijo
    sir Kenneth con tristeza—. Habréis de saber que vuestro hermano se ha repartido
    con sus hombres de confianza el dinero recaudado para vuestro rescate.

    —Entonces, ¿he sido liberado sin haber satisfecho las condiciones que exigía
    el rey Enrique?

    —En efecto, así es. Gracias a la intervención papal.

    —Continuad, sir Kenneth, os lo ruego. Me interesa saber todo lo que ocurre en
    mi añorada Inglaterra.

    —Majestad, en todo este tiempo que lleváis fuera, los abusos del príncipe y sus
    barones han hecho que proliferen de nuevo las revueltas. Incluso existe una banda
    de proscritos que ataca constantemente a los intereses de vuestro hermano. Se
    oculta en el bosque de Sherwood y el jefe es conocido como Robin Hood.

    —¿Robin Hood? ¿No será Robin Fitzwalter? —preguntó el rey extrañado.

    —Creo que es él, señor.

    —¡El hijo del conde de Sherwood! ¡El amigo de Richard At Lea! ¡Dos
    caballeros de gran lealtad hacia mi persona! ¿Qué puede haber ocurrido para que
    Robin esté actuando fuera de la ley?

    —La ley, señor, ha dejado de existir en Inglaterra. Lo único que importa es el
    interés personal del príncipe y sus hombres de confianza.

    —Sir Kenneth, nadie debe saber que he sido liberado. Regresaré a Inglaterra
    de incógnito para conocer por mí mismo lo que está ocurriendo.

    —Me parece una sabia decisión, majestad. Os acompañaré.

    —Gracias, amigo. Pero vos iréis a Escocia y seréis coronado rey. Tal vez
    necesite de vuestra ayuda.

    —Podéis contar conmigo para lo que preciséis en todo momento, señor.

    Los dos amigos se despidieron fundiéndose en un fuerte abrazo. Muy pronto,
    cada uno de ellos estaría en su respectivo país.

    CAPÍTULO DIEZ

    MARIANA

    Había pasado mucho tiempo desde que Mariana At Lea fuera trasladada al
    castillo de Hugo de Reinault. Ella no había sabido nada de la visita de Robin. Sólo


    sabía que su padre había ido a Tierra Santa y que, en la actualidad, el señor de
    Reinault era su tutor.

    Aunque no gozaba de sus simpatías, Mariana pensaba que si su padre había
    confiado en él, tendría razones para ello. Por eso se limitó a esperar. Pasaba sus
    días leyendo y realizando alguna labor, recluida en sus aposentos, sin contacto con
    nadie.

    Una tarde, el señor Hugo de Reinault subió a verla y le dio la triste noticia de
    que el barco de su padre había naufragado. Nada se sabía de él.

    Mariana enjugó sus lágrimas y recibió el pésame del señor de Reinault.

    —Gracias, señor. Sé que apreciabais a mi padre. Él también os quería y
    confiaba mucho en vos.

    Hugo de Reinault creyó conveniente aprovechar la oportunidad para hablar con
    Mariana de su futuro. La joven estaba a punto de ser mayor de edad y, cuando esto
    sucediera, él perdená la ocasión de poder influir en sus decisiones y seguir
    administrando sus bienes.

    —Querida Mariana, ya sé cómo os sentís. Pero tenéis que reponeros. La vida
    sigue. Debéis ir pensando en casaros. . .

    —¿Casarme? No pienso hacerlo de momento. Además, en los documentos que
    me habéis mostrado, mi padre pedía que yo ingresara en un convento hasta que él
    volviera.

    —Vuestro padre no volverá, Mariana... Bueno, es improbable que vuelva. Yo
    soy vuestro tutor y, entre mis obligaciones, entiendo que está el preocuparme por
    vuestro futuro.

    —Gracias, señor de Reinault. Pero, por ahora, el matrimonio no entra en mis
    planes —dijo Mariana con gran seguridad.

    "Ya haré yo que cambies esos planes, joven estúpida" —se fue pensando el
    ambicioso caballero.

    Hugo de Reinault tenía ya todo decidido en relación con Mariana. La casaría
    con el señor Ralph de Bellamy, barón adepto a Juan sin Tierra.

    Pocos días después de producirse la conversación con la joven At Lea, Hugo
    visitaba al barón de Bellamy en su castillo y le comunicaba sus proyectos.

    Ralph de Bellamy, tan codicioso como su amigo, consideró que era una
    magnífica oportunidad para negociar las condiciones de este interesante
    ofrecimiento. No estaba dispuesto a aceptar una esposa sin obtener unos buenos
    beneficios. Además, las propiedades y bienes de los At Lea no eran nada
    despreciables.

    Tras un largo regateo, como si de una mera transacción comercial se tratara,
    los dos caballeros llegaron, por fin, a un acuerdo. Ralph de Bellamy recibiría dos
    tercios del patrimonio de la joven. El otro tercio quedaría en manos de Hugo.


    Por su parte, Ralph de Bellamy quedaba comprometido a colaborar, con un
    gran número de hombres armados, en la nueva expedición al bosque de Sherwood
    que estaban preparando los hermanos Reinault y Guy de Gisborne.

    A pesar del gran sigilo con que fueron llevadas estas negociaciones, Robin,
    que tenía amigos dispuestos a informarle por todas partes, consiguió enterarse de lo
    que se tramaba. Sólo tenía que esperar a entrar en acción para salvar a Mariana y
    dar su merecido a esos caballeros sin escrúpulos que actuaban como auténticos
    bribones.

    Hugo de Reinault decidió que fuera Guy de Gisborne el encargado de trasladar
    a Mariana hasta el castillo de Ralph de Bellamy, donde se celebraría el
    matrimonio. Irían protegidos por una fuerte escolta. Todo había de hacerse con
    rapidez, ya que faltaban apenas dos meses para que la joven llegara a su mayoría
    de edad. Nada podia fallar.

    Llegó el día señalado, y Guy de Gisborne y Hugo de Reinault entraron en las
    dependencias reservadas a la joven.

    —Marian y, hoy iréis a conocer a vuestro pretendiente: el barón Ralph de
    Bellamy

    —iCómo? ¿El señor de Bellamy? —preguntó incrédula—.Nunca será mi
    esposo. No me interesa conocerlo. Su fama en toda la comarca es suficiente pares
    mí. No quiero casarme, ¡y menos con ese cruel caballero! Ingresaré en un
    convento. Ése es mi deseo.

    —Os casaréis con Ralph de Bellamy, queráis o no queráis —gritó con
    violencia el señor de Reinault.

    —Vamos, Mariana— intervino Guy de Gisborne—. Yo os conduciré al castillo
    de vuestro prometido. Conmigo estaréis a salvo.

    —La bodas se celebrará dentro de tres días —anunció Hugo de Reinault—. Yo
    saldré mañana. Seré vuestro padrino, como me corresponde.

    Mariana no pudo oponerse más. Se vio obligada a obedecer. En ese momento
    entendió quién era en realidad el señor de Reinault Su amistad con Guy de
    Gisbome despejaba cualquier duda Éste siempre había sido un claro partidario del
    príncipe Juan. Seguramente, su padre desconocía este importante detalle. Ahora
    estaba segura de que ese caballero estaba implicado también en su muerte.

    Mariana era conducida sin remedio a casarse con un miembro de este grupo.
    Para ella era terrible por lo que significaba de traición a su padre y al legítimo rty
    de Inglaterra, Ricardo Corazón de León.

    Comenzaba ya a atardecer cuando la comitiva de Guy de Gisbome se vio
    interceptada por un grupo de hombres. El caballero dio orden de retroceder hasta la
    aldea que acababan de dejar atrás. Unos metros más allá, otro grupo, encabezado
    por Robin Hood, le aguardaba Lleno de furia se dirigió, lanza en ristre y a todo


    galope, contra él. Robin esquivó la embestida y Guy de Gisbome rodó por el suelo.
    Se incorporó con rapidez y, empuñando su espada, se acercó con paso decidido
    hasta el héroe de Sherwood. Robin le esperaba pacientemente blandiendo su
    poderosa arma.

    El duelo fue un verdadero espectáculo para todos los presentes. Ambos eran
    hábiles y valientes luchadores y utilizaron todos sus recursos.

    Guy de Gisborne combatía en mejores condiciones, ya que su armadura lo
    hacía prácticamente invulnerable. Pero, precisamente, de esto logró sacar partido
    Robin. Él estaba más desprotegido, pero tenía mayor libertad de movimientos. Con
    su gran destreza consiguió acertar con su espada en los escasos flancos sin
    guarecer que presentaba su enemigo.

    Robin hirió gravemente a Guy de Gisborne. ÉI, en cambio, sólo sufrió
    pequeños rasguños.

    Cuando los hombres de Gisborne vieron a su jefe tendido en el suelo y con
    heridas tan considerables, lo recogieron y emprendieron la huida, sin ocuparse de
    Mariana At Lea, principal objetivo de su misión.

    Mariana, después de tanto tiempo, no había reconocido a Robin durante el
    combate. Grande fue su sorpresa al reconocer al amigo de su infancia en aquel
    paraje.

    Los dos se abrazaron con cariño y se encaminaron a Sherwood. Allí tuvieron
    una larguísima conversación. Los jóvenes se contaron todo lo que sabían sobre los
    sucesos ocurridos en el país durante los últimos años y se confesaron sus sospechas
    y certezas.

    Mariana se quedó a vivir en el bosque de Sherwood. Empezó a ayudar al padre
    Tuck. En poco tiempo se ganó el corazón de los niños y de todos los allí
    refugiados.

    CAPÍTULO ONCE

    UNA DOBLE LIBERACION

    Robin y Mariana aprovechaban los ratos libres para pasear por el bosque, a pie

    o a caballo, y disfrutar de las maraviIlas de la naturaleza. Mariana también
    practicaba con el arco y logró convertirse en una experta tiradora. Pero una noticia
    vino a cambiar la tranquilidad de Sherwood.
    Una persona de la ciudad de Nottingham vino a informar a Robin de que se
    preparaba un nuevo ataque contra él. La expedición estaba organizada por los
    hermanos Reinault y en ella participarían Ralph de Bellamy, el frustrado
    pretendiente de Mariana, y Guy de Gisborne, ya restablecido de sus heridas.


    Robin hizo sonar inmediatamente el cuerno de caza con el que convocaba a sus
    hombres bajo el roble centenario. Era necesario que conocieran detalles sobre esta
    ofensiva. Sabía que esta vez sus enemigos prepararían a conciencia la incursión en
    Sherwood. Ellos tendrían que organizarse y repeler la agresión. Estaba claro que
    los atacantes no habrían olvidado las numerosas humiIlaciones y querrían vengarse
    de una vez por todas. Robin y los suyos sabían que la situación era delicada.

    Robin decidió que uno de los suyos debería infiltrarse en el castillo de Hugo de
    Reinault para obtener información de primera mano. El elegido para esta misión
    fue Much, hombre de absoluta confianza de Robin y que, por su aspecto, bien
    podná hacerse pasar por sirviente en la casa del noble.

    Much llegó a la ciudad y se presentó en el castillo del señor de Reinault bajo el
    pretexto de ser sobrino de uno de los cocineros, que a la sazón se encontraba
    realizando compras en una feria cercana. Todo salió a la perfección y Much
    consiguió llegar hasta las cocinas del caballero sin obstáculo alguno.

    El impostor se movió sin problemas por el castillo. Entabló conversación con
    todos los sirvientes y logró sonsacarles valiosos datos. Además, tuvo la gran suerte
    de ser el encargado de retirar la vajilla de la cena de gala que ofrecía Hugo de
    Reinault aquella noche a sus distinguidos invitados.

    Aunque Much sólo podía oír retazos de conversación, los datos que obtenía
    eran una preciosa información para él y los suyos.

    —Yo aportaré cien hombres —dijo el señor de Bellamy.

    —Yo, unos noventa —añadió Robert de Reinault.

    Much entraba y salía. Tenía que actuar con cautela para no dar lugar a ninguna
    sospecha que pudiera dar al traste con sus planes. Estaba retirando las copas,
    cuando oyó el plan que exponía el señor Hugo de Reinault a sus amigos.

    —Dividiremos el bosque en distintas zonas. Cada grupo de hombres realizará
    la batida en la parte que le corresponde. Todos nos encontraremos posteriormente
    en lo más intrincado del bosque, donde se supone que Robin Hood tiene su
    campamento. Así, quedará completamente rodeado.

    Mientras Guy de Gisborne oía con atención a Hugo de Reinault, reparó en la
    presencia de Much, que en ese momento seguía retirando las copas de vino de la
    mesa.

    "¿A quién me recuerda este criado?" —pensó el caballero—. "¡Ya lo tengo!
    ¡Es él! Es uno de los hombres de Robin. Lo recuerdo con claridad. Estaba allí el
    día de nuestro duelo. Lo recuerdo por su pequeña estatura. Es inconfundiblé”.

    Guy de Gisborne tomó uná rápida decisión. Aprovechó la salida de Much para
    llamar a los dos centinelas apostados en la puerta de la sala, a los que murmuró
    unas palabras al oído. Much volvió con unas grandes fuentes de fruta y las dispuso
    sobre la mesa. Después abandonó la sala dispuesto a huir del castillo. No quería
    tentar más a la suerte.


    Cuando se disponía a atravesar las puertas del castillo, Much fue apresado y
    conducido ante la presencia de los caballeros.

    —¡Un espía de Robin ante nuestros propios ojos! ¡No volverás a ver la luz,
    enano! —dijo con verdadero odio Guy de Gisborne.

    Much, ensangrentado por la cruel paliza que recibió de unos y de otros, fue
    arrastrado a las lóbregas mazmorras del castillo. Allí, el carcelero lo arrojó de un
    empujón a una de las celdas.

    Pasaron varias horas hasta que el desdichado Much recobró el sentido. Cuando
    sus ojos se acostumbraron a aquella oscuridad, pudo distinguir una silueta en un
    rincón. No podía saber de quién se trataba, pero al menos no estaba solo.

    —¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué os han recluido? —preguntó Much.

    —Soy Richard At Lea. Un día confié en el que creí que era un amigo. Le pedí
    ayuda y fui traicionado. Desde ese día me pudro en sus cárceles. No recuerdo ya ni
    la fecha en que eso ocurrió.

    Much no podía creer lo que estaba oyendo. Muy nervioso, tartamudeando,
    explicó al anciano que era amigo de Robin. Tuvo que ponerle también al corriente
    de que el heredero del conde de Sherwood había tenido que refugiarse en el bosque
    huyendo de los secuaces del príncipe Juan. También le tranquilizó sobre la suerte
    de su querida hija, que se hallaba a salvo, junto a Robin.

    El pobre Richard At Lea no pudo contener las lágrimas al oír aquellos nombres
    y aquellas penosas circunstancias. Pero por tristes que fueran aquellas noticias, las
    prefería al terrible aislamiento al que éstaba sometido.

    —Nunca saldremos de aquí —dijo Richard al que consideraba ya un auténtico
    confidente y amigo.

    —No debemos perder la esperanza, señor —contestó Much intentando
    mostrarse animado.

    Mientras tanto, Robin ya había sido informado de que el leal Much había caído
    prisionero en el castillo de Hugo de Reinault. Preocupado, convocó con urgencia a
    todos sus hombres.

    Robin expuso los hechos, así como su decisión de asaltar el castillo del señor
    de Reinault. Era la única forma de liberar a Much y, a la vez, intentar frenar el
    ataque que se preparaba contra ellos.

    —Robin, nunca he dicho a nadie que conozco muy bien ese castillo —dijo uno
    de sus hombres—. Trabajé en él como albañil y cerrajero durante su construcción.
    Su anterior propietario mandó realizar un pasadizo secreto desde los sótanos hasta
    una casa situada a unas leguas. Esa casa es hoy un molino. Sus dueños ignoran
    todo esto. Debemos hallar una fórmula para alejar de allí al molinero y su familia.
    Yo os conduciré hasta las celdas.


    Se preparó minuciosamente la arriesgada operación. Tres de ellos, haciéndose
    pasar por mercaderes, Ilegaron al molino y pidieron que les dejaran descansar antes
    de proseguir su largo viaje. Fue tal la hospitalidad brindada por aquellas gentes,
    que los falsos mercaderes les invitaron a distraerse un poco en una taberna
    próxima.

    Robin, el cerrajero y cuatro hombres más se internaron en el pasadizo.
    Cubrieron la larga distancia que separaba el molino del castillo, hasta llegar ante
    una puerta que el hábil cerrajero forzó con una ganzúa. La herrumbrosa cerradura
    saltó y se encontraron junto a la antesala de las mazmorras. Allí dormía el
    carcelero ajeno a todo. Rápidamente lo ataron y amordazaron. Le arrebataron el
    manojo de llaves de las celdas y, con gran sigilo, las fueron recorriendo hasta
    localizar al desdichado Much.

    El prisionero estaba tan débil que no podía andar por sí mismo. Robin lo sujetó
    con sus brazos y Much, antes de perder el sentido, pudo decir a su jefe con un hilo
    de voz:

    —Ocúpate de mi compañero de celda. Te sorprenderás.

    El anciano al que liberaron tampoco podía dar un paso por sí solo. Cargaron
    con él y recorrieron de vuelta el largo pasadizo.

    Much recuperó la consciencia y explicó a su jefe quién era el anciano
    caballero.

    Llegaron a Sherwood. Robin se adelantó para anunciar a su amiga la feliz
    noticia. Mariana, sin poder contener el llanto, se acerró a su padre. Los dos, entre
    lágrimas, se fundieron en un gran abrazo. Fue la escena más conmovedora que se
    había vivido en Sherwood.

    CAPÍTULO DOCE

    EL RAPTO DE MARIANA

    Pasaron varios meses hasta que Richard At Lea se restableció del desgaste
    sufrido en el cautiverio. Su hija y el padre Tuck desempeñaron un papel
    fundamental en su recuperación. Los años de encierro, en el reducido espacio de la
    celda, habían provocado en el caballero un debilitamiento tal de sus músculos, que
    le impedía andar. Poco a poco, gracias al tesón de Mariana y del fraile, Richard At
    Lea consiguió volver a caminar

    Durante su recuperación, el noble caballero fue informado de todos los
    pormenores que habían arrastrado al hijo de su inolvidable amigo Edward
    Fitzwalter, así como al resto de las personas que lo respaldaban, a la situación de
    proscritos en la que se hallaban desde hacía tiempo.


    A pesar de sus más profundas convicciones, Richard At Lea comprendió al
    joven Robin. Tal vez, él habría hecho lo mismo ante aquellos acontecimientos. Y
    más, como era el caso, si la fuerza de la juventud le hubiera hecho hervir la sangre
    ante las flagrantes injusticias.

    Los días transcurrían tranquilos en Sherwood. Pero los enemigos de Robin
    Hood no descansaban. Habían abandonado el plan de la incursión en el bosque tras
    ser liberado Much. Esa acción, si fallaba el factor sorpresa, estaba condenada al
    fracaso.

    —Señores, debemos emplear la astucia para capturar a Robin Hood. No
    debemos entrar en Sherwood, sino intentar que ese bandolero salga de allí —dijo
    Hugo de Reinault.

    —Ha salido muchas veces y no hemos conseguido nada —dijo Ralph de
    Bellamy—. Debemos llevar a cabo nuestro proyecto.

    —Escuchadme, caballeros. Tengo una idea que puede dar frutos. Como sabéis,
    Mariana vive ahora en ese bosque. Si logramos apoderamos de ella, él saldrá a
    buscarla y caerá en nuestras manos. Son amigos desde niños y tal vez lleguen a
    casarse pronto.

    —Debemos evitarlo a toda costa —dijo De Bellamy indignado.

    Así es, amigo —continuó Hugo de Reinault . Tengo a dos hombres que
    simularán unirse a la banda de Robin. Después de un tiempo, aprovecharán
    cualquier descuido para raptar a la joven y traerla hasta aquí. Robin atacará el
    castillo para intentar liberarla y nosotros podremos vencerlo. Todas nuestras
    fuerzas estarán concentradas aquí. ¡No fallaremos! Seremos más que ellos.

    Todos los caballeros se convencieron del plan urdido por Hugo.

    A los pocos días, los vigilantes de Robin encontraron, en uno de los caminos
    lindantes al bosque, a dos hombres tendidos en el suelo. Los recogieron y los
    llevaron ante el padre Tuck para que los reanimara Cuando se recobraron, los
    desconocidos contaron que habían sido torturados por hablar bien de Robin Hood.

    —Aceptadnos en vuestra banda, señor —suplicaron los dos hombres—. El
    señor Robert de Reinault nos matará si volvemos.

    Los desconocidos fueron aceptados. Se les advirtió que durante un mes
    estarían sometidos a vigilancia y, si su comportamiento era satisfactorio, acabarían
    siendo miembros de pleno derecho.

    La conducta de los hombres durante ese tiempo fue intachable. Según lo
    previsto, dejaron de ser observados y comenzaron a moverse libremente por el
    campamento.

    Un día que Mariana volvía con el padre Tuck de una aldea cercana de ver a un
    enfermo, los dos traidores se abalanzaron sobre ellos. Ataron y amordazaron al
    padre Tuck, y raptaron a Mariana


    La traición produjo un gran dolor entre las gentes de Sherwood. Nunca les
    había sucedido nada igual. Pero estaba claro que los enemigos de Robin utilizarían
    cualquier arma contra él. Además, eran muy ricos y podían pagar a gente que
    actuara por dinero.

    Robin reunió a todos sus hombres. Ya sabía que Mariana se hallaba en el
    castillo de Hugo de Reinault, como antes había sucedido con Much y Richard At
    Lea. Debían trazar minuciosamente el plan que les permitiera conseguir su
    liberación.

    Estaban discutiendo cómo realizar el ataque al castillo, cuando los vigilantes
    advirtieron que un caballero se acercaba al galope.

    A los pocos minutos, un misterioso caballero apareció ante ellos. Robin sujetó
    las bridas del caballo.

    —¿Quién eres que te interpones en mi camino? —preguntó.

    —¿Acaso no sabéis que en Sherwood no se puede entrar sin mi autorización?
    ¿Por qué habéis elegido este camino?

    —¿Me encuentro frente a Robin Hood y los suyos? Me habían advertido sobre
    este peligro, pero deseaba conocerlos y conocer las razones que les han llevado a
    enfrentarse a los normandos.

    —Pero vos lleváis escudo y armas normandas —dijo Robin, muy
    impresionado por la misteriosa figura y por la seguridad de su tono.

    —Lo soy, joven. Pero no debes considerarme un enemigo por el momento.
    Deseo conocer los motivos que os han Ilevado a enfrentaros al príncipe Juan. Si me
    parecen razonables, podéis contar conmigo. Si no es así, os combatiré.

    Durante algunas horas, Robin contó su historia al desconocido. Éste escuchó
    con gran atención y después pidió a Robin que le dejara descansar un rato para
    meditar su decisión.

    —Os ayudaré —anunció el caballero poco después—. Vuestras razones me
    han convencido. Estoy a vuestras órdenes.

    Todos aplaudieron calurosamente y Robin expuso el plan que había ideado
    para liberar a Mariana.

    —Algunos entraremos en el castillo por el pasadizo secreto. Desde el sótano
    subiremos hasta la habitación en la que se encuentra Mariana, y Much será el
    encargado de ponerla a salvo. A continuación, haremos bajar el puente levadizo
    para que entréis en el castillo todos los demás. Debemos conseguir prender fuego
    al castillo y dispersar a todos los soldados. Sólo así viviremos tranquilos y en paz
    durante algún tiempo.

    Esa misma noche iniciaron la arriesgada operación. Robin, Much y algunos
    hombres más entraron por el pasadizo hasta Ilegar a los sótanos del castillo. Pero el
    carcelero se puso a gritar y dio la voz de alarma. Lograron amordazarle y subieron
    al piso superior. Allí encontraron a cuatro guardias, alertados por las voces. Se


    inició un breve combate, suficiente para que los ruidos llegaran a oídos de Guy de
    Gisborne. Éste corrió a la habitación de Mariana y se encerró con ella dentro.

    El contratiempo hizo que Robin tuviera que improvisar un nuevo plan. Dos
    hombres quedarían ante la puerta. Much trataría de alcanzar la ventana del
    aposento de Mariana para intentar entrar. Él y los demás hombres se dirigirían
    hasta el puente levadizo.

    AI cruzar el patio, Robin y los suyos tuvieron que enfrentarse a veinte soldados
    bien armados. Los redujeron con bastante rapidez y comenzaron a hacer descender
    el puente para permitir la entrada de los demás. En ese mismo momento
    aparecieron ante ellos los hermanos Reinault y Ralph de Bellamy escoltados por un
    grupo de soldados. Todas las fuerzas del castillo estaban allí concentradas.

    Se libró un encarnizado combate en el que murieron los tres caballeros y
    muchos de sus soldados. Otros emprendieron la huida ante el arrojo de Robin y sus
    hombres.

    Faltaba ahora la liberación de Mariana. Se dirigieron hasta la estancia en la que
    Guy de Gisborne se mantenía pertrechado. A través de la puerta, Robin pidió al
    caballero su rendición.

    —¡Dejadme salir o acabaré con Mariana! —dijo.

    Pero, en ese momento, Robin era informado de que Much estaba a punto de
    introducirse en la habitación. Dio la orden de que lo hiciera justo cuando De
    Gisborne abriera la puerta.

    —Está bien. Nada podemos hacer. Vos ganáis —dijo Robin.

    Se abrió la puerta. Apareció De Gisborne escudado tras la joven. Entonces,
    Much hizo prisionero al cruel barón.

    La alegría de todos fue inmensa. Pero entonces, De Gisborne se revolvió
    contra Much, y éste no tuvo más remedio que utilizar su espada. El caballero
    quedaba mortalmente herido.

    CAPÍTULO TRECE

    DÍAS DE ALEGRÍA EN EL BOSQUE
    DE SHERWOOD

    EI asalto al castillo de Hugo de Reinault había sido un rotundo éxito. Una vez
    puestos en fuga sirvientes y soldados, los hombres de Robin cargaron con todo lo
    valioso que había dentro y provocaron el incendio de la fortaleza. Así no volvería a
    ser utilizada contra ellos por otros adeptos del príncipe Juan.

    Había algo, no obstante, que asombraba a Robin. Cuando abandonaron el
    castillo en llamas, había buscado al misterioso caballero que se había unido a la
    arriesgada expedición. Ni rastro de él. Nadie recordaba haberlo visto en los últimos
    momentos.

    La tranquilidad era absoluta en Sherwood; los principales enemigos de los allí
    refugiados habían sido eliminados. Aun así, Robin Hood y los suyos sabían que no
    podían bajar la guardia. Sin duda, el príncipe Juan, ayudado por otros barones
    fieles, seguiría cargando contra ellos.

    Robin se preguntaba cuándo acabariá esa lucha sin cuartel. Cuándo podrían
    vivir en paz, sin tener que esconderse, sin ser considerados ciudadanos fuera de la
    ley.

    Un buen día, Robin y los suyos recibieron una visita sorprendente. En medio
    de la espesura apareció el misterioso caballero del que nada habían vuelto a saber
    desde el asalto al castillo del señor de Reinault.

    Tras el efusivo recibimiento del que fue objeto el noble visitante y sus
    muestras de sincero agradecimiento, se alejó con Robin hasta la cabaña de éste.

    —Espero que hayas resuelto unirte a nosotros —dijo Robin.

    —No es así exactamente, Robin. Escúchame ahora con mucha atención. Yo
    soy el rey Ricardo Corazón de León.

    Robin quedó estupefacto al oír aquellas palabras. Hincó sus rodillas en el suelo
    y emocionado besó la mano de su añorado rey.

    —Ahora soy yo el que necesita vuestra ayuda, Robin. Convoca a tus hombres.

    Robin salió de su choza y llamó a los suyos. AI momento, todos rodearon a
    Robin y su acompañante.

    Robin tomó la palabra y, conteniendo su excitación, dijo:

    —Amigos, hoy es un gran día. El día más feliz de todos los que llevamos aquí.
    Tenéis ante vosotros al gran rey Ricardo.

    La multitud estalló en aplausos. Los vítores a Ricardo I de Plantagenet
    parecían no tener fin. Las lágrimas en los rostros manifestaban el hondo sentir de
    todos los presentes.

    —He tenido la oportunidad de comprobar lo que todos habéis sacrificado por
    mí y os aseguro que, cuando recupere mi trono, dejaréis de ser proscritos y se os
    restituirá lo que hayáis perdido. Ahora tengo que pediros un último favor: que me
    acompañéis a Londres a recuperar lo que me pertenece. El rey de Escocia está en
    camino y se unirá a nosotros allí. Yo iré con vosotros.

    —Será un gran honor acompañaros, majestad —dijo Robin.

    AI día siguiente, Robin Hood y sus hombres, con el rey Ricardo a la cabeza,
    emprendieron la marcha hacia Londres.

    El príncipe Juan había sido advertido de que las tropas escocesas se acercaban
    a la ciudad. Todo estaba dispuesto para repeler la ofensiva del rey escocés David
    de Huntington, sir Kenneth.

    Cuando los dos ejércitos estaban a punto de enfrentarse en combate, Juan sin
    Tierra observó que su retaguardia se veía amenazada por un numeroso grupo de
    hombres armados.

    —Señor, es la banda de Robin Hood —dijo uno de los vigías.

    —Nos dividiremos. Atacaremos a la vez en los dos frentes. Somos suficientes
    para obtener la victoria —dijo el príncipe Juan.

    El gran ejército de Juan sin Tierra se separó en el acto, dispuesto a librar la
    batalla. Pero, apenas unos minutos después, el príncipe Juan observó que de las
    filas de los soldados de Sherwood se adelantaba un caballero perfectamente
    armado.

    —¡Detened el combate! —gritó el extraño caballero.

    —¿Por qué tenemos que obedecer esa orden? —preguntó indignado Juan sin
    Tierra.

    —Porque soy el rey Ricardo. Vuestro hermano.

    En ese momento, en medio de un silencio sepulcral, Ricardo Corazón de León
    desmontó de su caballo y, despojándose del casco, dejó al descubierto su
    inconfundible rostro.

    Todos lanzaron vivas al rey, unidos en un único clamor que se elevaba hasta el
    cielo.

    —Perdonadme, hermano —dijo el príncipe Juan—. Cómo iba yo a sospechar
    que vos. . . Pensé que se trataba de otro ataque de Robin Hood... Que el rey de
    Escocia lo apoyaba...

    —¡Cuántos errores habéis cometido, Juan! Os dejé un reino en paz. Confié en
    vos... Me legáis un país insatisfecho, enfrentado. Desde este instante quedáis
    desterrado.

    A Ricardo Corazón de León se le humedecieron los ojos. Se sentía
    decepcionado, traicionado por su propio hermano. Nunca debió dejar el reino en
    sus manos.

    Juan sin Tierra, acompañado de un reducido séquito, partió hacia sus
    posesiones en Bretaña. Pensaba que ya nunca volvería a Inglaterra, que en ese
    momento terminaba su papel en la monarquía inglesa.

    El rey Ricardo abrazó y felicitó a Robin y sir Kenneth, ya rey de Escocia. Con
    ellos y junto a hombres sajones, normandos y escoceses desfiló triunfal por las
    calles de Londres. Poco después abrazaba a su querida esposa y a la reina madre.

    Todo el país festejó la vuelta de su rey. Ricardo Corazón de León proclamó la
    igualdad entre normandos y sajones, y reintegró sus bienes a los desposeídos. Los
    barones normandos aprobaron estas medidas, cansados ya de tantos años de lucha.

    Robin Hood fue nombrado conde de Nottingham y le fue restituido el título y
    la herencia legados por su padre.

    Los miembros de la banda de Robin volvieron a las tareas que un día tuvieron
    que abandonar en pos de la justicia y de una existencia pacífica. Algo que habían
    logrado, después de tanto tiempo, gracias a la vuelta del buen rey.

    Richard At Lea y su hija Mariana, tras los sufrimientos pasados, volvían a vivir
    juntos y en paz en el castillo familiar. Los sucesos vividos perdurarían por siempre
    en su memoria.

    Poco tiempo después, Robin planteaba a su querido Richard At Lea una
    importante cuestión:

    —Señor, deseo pediros la mano de vuestra hija.

    —Sólo el cielo sabe lo que siento al escuchar tu petición, hijo. Erais unos niños
    cuando tu padre y yo soñábamos con ello –dijo conmovido el anciano caballero
    abrazando a Robin.

    Dos meses más tarde se celebró la boda de Mariana y Robin. La ceremonia fue
    oficiada por el emocionado padre Tuck. Asistieron el rey y su esposa Berengaria,
    la reina madre, el rey de Escocia y su esposa, los principales barones ingleses y
    todos los miembros de la banda de Sherwood.

    El rey Ricardo aprovechó la ocasión para recordar la importancia de las
    acciones llevadas a cabo por aquellos hombres y mujeres, y volvió a reiterar
    públicamente su reconocimiento.

    La alegría reinó durante los tres días que duró el banquete. Los invitados
    brindaron por la felicidad de los recién desposados, a los que todos querían como a
    sus propios hijos.

    CAPÍTULO CATORCE

    LA ÚLTIMA FLECHA DE ROBIN

    EI rey Ricardo nombró consejero de la corona a Robin Hood. Muy pronto
    necesitó oír sus opiniones sobre un grave asunto: una posible declaración de guerra
    a Francia. El rey francés no cesaba en sus instigaciones, y el buen rey inglés había
    presentado ya una protesta formal en la corte francesa. Si Felipe de Francia se
    disculpaba, el asunto quedaría olvidado. Si no era así, Ricardo Corazón de León,
    por dignidad personal y de su monarquía, no tendná más remedio que luchar contra
    el país vecino.

    Las gestiones diplomáticas ante el rey Felipe fracasaron y Ricardo I se vio en
    la obligación de declararle la guerra.

    Robin quería acompañar a su rey en aquella campaña. Pero el rey no aceptó el
    ofrecimiento.

    —Permaneceréis aquí, Robin. Mi esposa será la regente, y vos, su consejero
    más cercano. Necesito que me proporcionéis todos los hombres que podáis para
    nutrir mi ejército.

    —Lo que ordenéis, majestad.

    Pocos días después, Ricardo Corazón de León partía hacia Francia. Aquella
    guerra inspiraba a Robin muchos temores. Sentía miedo por la vida del rey de
    Inglaterra.

    Las primeras noticias sobre la campaña fueron esperanzadoras. Se cosecharon
    grandes victorias. Las tropas inglesas estaban eufóricas. En Inglaterra, la alegría
    era desbordante.

    Pero los avatares del destino hicieron que una flecha hiriera mortalmente al rey
    Ricardo en el asalto a una fortaleza. Los soldados ingleses retiraron el cuerpo de su
    rey del campo de batalla y emprendieron la retirada. La trágica noticia sumió en el
    más profundo dolor a todo el pueblo de Inglaterra.

    Tras los funerales del rey Ricardo, se reunió el consejo de la corona. La línea
    dinástica tenía continuidad en el hermano del rey, en Juan sin Tierra, ya que
    Ricardo I no había tenido descendencia. A pesar de las pocas simpatías con las que
    contaba el príncipe Juan dentro del consejo, ninguno de sus miembros manifestó
    voluntad por cambiar el orden sucesorio. Así, Juan sin Tierra fue proclamado rey
    de Inglaterra.

    La primera medida del nuevo rey fue cesar de forma fulminante a todos los
    miembros del consejo de la corona. Precisamente a aquellos hombres que, por
    lealtad a la monarquía, lo habían entronizado. Éstos fueron sustituidos por sus
    amigos más íntimos.

    Apenas un mes después de su coronación, Juan sin Tierra abolía todos los
    privilegios y libertades decretados por su hermano. Deseaba un poder sin límites.

    Esto provocó fuertes protestas. La mayoría de los nobles se rebeló contra las
    medidas del rey, quien sólo favorecía a sus adeptos más cercanos.

    A causa de las revueltas y para que fuera acatada su autoridad, el nuevo rey
    decidió confiscar los feudos de la nobleza y publicar una larga lista de proscritos.
    Entre ellos se encontraba, por supuesto, el conde de Nottingham.

    —Tendremos que volver a Sherwood, Mariana —dijo Robin.

    El bosque de Sherwood volvió a convertirse en un lugar de encuentro para los
    descontentos con el poder autoritario de Juan sin Tierra. Pero en esta ocasión,
    Robin Hood fue seguido no sólo por campesinos, artesanos y servidores, sino por
    un gran número de caballeros, tanto sajones como normandos.

    El acoso a los refugiados en Sherwood volvió a ser la principal ocupación de
    Juan sin Tierra. De la misma forma, Robin Hood tuvo que volver a organizar su
    banda, ahora bien numerosa, para repeler los continuos ataques enemigos.


    Pero el rey Juan y sus seguidores tenían a Robin en el punto de mira. Pensaban
    que si acababan con él, acabarían con la mitad de los problemas.

    Un día llegaron al bosque dos buhoneros. Entre sus variadas mercancías había
    preciosas telas. Los vigilantes realizaron el estricto control acostumbrado y no
    encontraron nada sospechoso. Sabían que las mujeres tenían problemas para
    adquirir tejidos con los que confeccionar sus ropas, así que los dejaron pasar
    Pensaron, sobre todo, en lo feliz que se pondría Mariana.

    Y así fue. Mariana y el resto de las mujeres de Sherwood rodearon a los
    buhoneros que mostraban aquellas maravillosas telas y las extendían sobre otros
    valiosos objetos.

    De repente, uno de los mercaderes tomó en sus manos una cimitarra
    artísticamente labrada. Todos admiraban la extraña arma oriental cuando, en un
    santiamén, el desconocido la desenfundó y la clavó varias veces en el cuerpo de
    Mariana. Ésta cayó al suelo mortalmente herida.

    El pánico cundió entre todos los presentes. Los que pudieron entrar en acción
    persiguieron al buhonero que echó a correr por la espesuna. Robin acudió en
    primer lugar a auxiliar a su esposa y, al ver el estado en el que se encontnaba,
    decidió ir tras el asesino. Lo alcanzó con una de sus flechas cuando estaba
    acurrucado bajo un árbol. La flecha atravesó el hombro del buhonero y lo dejó
    clavado al tronco. Allí lo capturaron. Robin miró su cara y lo reconoció de
    inmediato: era John de Bellamy el hermano de Ralph.

    Todo Sherwood veló esa noche el cadáver de Mariana. Robin, arrodillado ante
    su esposa, no paraba de llorar No había consuelo para él.

    AI día siguiente, Mariana recibió cristiana sepultura. El padre Tuck fue el
    encargado de realizar el oficio religioso, como lo había hecho también en la
    ceremonia de su boda. El dolor y la consternación de los proscritos de Sherwood
    era inmensa.

    Tras el triste acontecimiento, algunos de los hombres de Robin trasladaron a
    los dos prisioneros hasta el pie de la muralla del castillo de Ralph de Bellamy
    donde, desde la muerte de éste, vivía John. Allí, los dos falsos buhoneros fueron
    ahorcados.

    Desde aquel funesto día, Robin no volvió a ser el mismo. La melancolía que
    inundaba su alma se apoderó también de su cuerpo. Estaba tan débil, que su fiel
    Johnny le propuso acompañarle hasta algún lugar donde pudiera descansar.

    Robin aceptó pedir cobijo a su tía Margaret, abadesa de un monasterio. En
    aquel lugar estaría seguro y podría recuperar su salud. Aunque el dolor que sentía
    en el alma fuera incurable.


    En las jornadas que duró el viaje, Robin agotó sus escasas fuerzas. A partir de
    ahí quedó postrado en el lecho de una celda, vigilado día y noche por su leal
    amigo. De nada sirvieron las pócimas que le fueron administradas. Su estado no
    mejoraba.

    Un día llegó a las puertas del monasterio un médico que pidió posada para
    pasar la noche. La tía de Robin le rogó que visitara a su sobrino, que se hallaba
    inconsciente desde hacía varios días.

    El desconocido, al ver al enfermo, aseguró que el único remedio para acabar
    con su mal era efectuar una sangría.

    La abadesa y Johnny aceptaron el consejo del médico, sin sospechar que éste
    era un enviado del rey para acabar con Robin.

    Así, el falso médico realizó la sangría, pero no vendó con fuerza la herida del
    brazo y el enfermo fue desangrándose lentamente.

    Media hora más tarde, Robin, como en sueños, pidió a su amigo que le
    incorporara en el lecho y le acercara su arco y sus flechas. Johnny obedeció sin
    poder contener las lágrimas.

    —Amigo mío, voy a reunirme con mi dulce Mariana —decía Robin con un
    hilo de voz—. Entiérrame donde caiga esta flecha.

    Y con un gran esfuerzo, Robin tensó el arco y disparó su última flecha, Ésta
    salió a través de la ventana de la celda y fue a clavarse en el prado que rodeaba el
    monasterio.

    Johnny llorró horas y horas la muerte de su amigo. Después cavó la fosa en el
    lugar en el que había caído la flecha y lo enterró.

    Así acabó sus días Robert Fitzwalter, conocido como Robin Hood, héroe de los
    proscritos del bosque de Sherwood.