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lunes, 18 de julio de 2011

Peter Pan Capítulos selectos-J.M. Barrie

Peter Pan.
Capítulos selectos
J.M. Barrie

 A raíz del post "El síndrome de Peter Pan, cuando los adultos no quieren crecer" del blog wonalixia@, tuve la idea de publicar en ésta página, el cuento original, que dió origen a la teoría.Elegí 3 capítulos en los cuales, se vieran las características de los personajes, para así interpretar correctamente el significado.Espero que lo disfruten.


Índice
Aparece Peter
La sombra
¡Vámonos, vámonos!
El vuelo
La isla hecha realidad
La casita
La casa subterránea
La laguna de las sirenas
El ave de Nunca Jamás
El hogar feliz
El cuento de Wendy
El rapto de los niños
¿Creéis en las hadas?
El barco pirata
«Esta vez o Garfio o yo»
El regreso a casa
Cuando Wendy creció

                         1.Aparece Peter

Todos los niños crecen, excepto uno. No tardan en saber que van a crecer y Wendy lo supo de la siguiente manera. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín, arrancó una flor más y corrió hasta su madre con ella. Su­pongo que debía estar encantadora, ya que la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó:
-¡Oh, por qué no podrás quedarte así para siempre!
No hablaron más del asunto, pero desde entonces Wendy supo que tenía que crecer. Siempre se sabe eso a partir de los dos años. Los dos años marcan el principio del fin.
Como es natural, vivían en el 14 y hasta que llegó Wendy su madre era la persona más importante. Era una señora en­cantadora, de mentalidad romántica y dulce boca burlona. Su mentalidad romántica era como esas cajitas, procedentes del misterioso Oriente, que van unas dentro de las otras y que por muchas que uno descubra siempre hay una más; y su dulce boca burlona guardaba un beso que Wendy nunca pudo conseguir, aunque allí estaba, bien visible en la comi­sura derecha.
Así es como la conquistó el señor Darling: los numerosos caballeros que habían sido muchachos cuando ella era una jovencita descubrieron simultáneamente que estaban ena­morados de ella y todos corrieron a su casa para declararse, salvo el señor Darling, que tomó un coche y llegó el primero y por eso la consiguió. Lo consiguió todo de ella, menos la cajita más recóndita y el beso. Nunca supo lo de la cajita y con el tiempo renunció a intentar obtener el beso. Wendy pensaba que Napoleón podría haberlo conseguido, pero yo me lo imagino intentándolo y luego marchándose furioso, dando un portazo.
El señor Darling se vanagloriaba ante Wendy de que la madre de ésta no sólo lo quería, sino que lo respetaba. Era uno de esos hombres astutos que lo saben todo acerca de las acciones y las cotizaciones. Por supuesto, nadie entiende de eso realmente, pero él daba la impresión de que sí lo enten­día y comentaba a menudo que las cotizaciones estaban en alza y las acciones en baja con un aire que habría hecho que cualquier mujer lo respetara.
La señora Darling se casó de blanco y al principio llevaba las cuentas perfectamente, casi con alegría, como si fuera un juego, y no se le escapaba ni una col de Bruselas; pero poco a poco empezaron a desaparecer coliflores enteras y en su lu­gar aparecían dibujos de bebés sin cara. Los dibujaba cuan­do debería haber estado haciendo la suma total. Eran los presentimientos de la señora Darling.
Wendy llegó la primera, luego John y por fin Michael. Durante un par de semanas tras la llegada de Wendy estu­vieron dudando si se la podrían quedar, pues era una boca más que alimentar. El señor Darling estaba orgullosísimo de ella, pero era muy honrado y se sentó en el borde de la cama de la señora Darling, sujetándole la mano y calculando gas­tos, mientras ella lo miraba implorante. Ella quería correr el riesgo, pasara lo que pasara, pero él no hacía las cosas así: él hacía las cosas con un lápiz y un papel y si ella lo confun­día haciéndole sugerencias tenía que volver a empezar desde el principio.
-No me interrumpas -le rogaba-. Aquí tengo una libra con diecisiete y dos con seis en la oficina; puedo prescindir del café en la oficina, pongamos diez chelines, que hacen dos libras, nueve peniques y seis chelines, con tus dieciocho y tres hacen tres libras, nueve chelines y siete peniques... ¿quién está moviéndose?... ocho, nueve, siete, coma y me llevo siete... no hables, mi amor... y la libra que le prestaste a ese hombre que vino a la puerta... calla, niña... coma y me llevo, niña... ¡ves, ya está mal!... ¿he dicho nueve libras, nueve chelines y siete peniques? Sí, he dicho nueve libras, nueve chelines y siete peniques; el problema es el siguiente: ¿podemos intentarlo por un año con nueve libras, nueve chelines y siete peniques?
-Claro que podemos, George -exclamó ella. Pero estaba predispuesta en favor de Wendy y, en realidad, de los dos, él era quien tenía un carácter más fuerte.
-Acuérdate de las paperas -le advirtió casi amenazadora­mente y se puso a calcular otra vez-. Paperas una libra, eso es lo que he puesto, pero seguro que serán más bien treinta chelines... no hables... sarampión una con quince, rubeola media guinea, eso hace dos libras, quince chelines y seis pe­niques... no muevas el dedo... tos ferina, pongamos que quince chelines...
Y así fue pasando el tiempo y cada vez daba un total dis­tinto; pero al final Wendy pudo quedarse, con las paperas re­ducidas a doce chelines y seis peniques y los dos tipos de sa­rampión considerados como uno solo.
Con John se produjo la misma agitación y Michael se libró aún más por los pelos, pero se quedaron con los dos y pronto se veía a los tres caminando en fila rumbo al jardín de Infan­cia de la señora Fulsom, acompañados de su niñera.
A la señora Darling le encantaba tener todo como es de­bido y el señor Darling estaba obsesionado por ser exacta­mente igual que sus vecinos, de forma que, como es lógico, tenían una niñera. Como eran pobres, debido a la cantidad de leche que bebían los niños, su niñera era una remilgada perra de Terranova, llamada Nana, que no había pertene­cido a nadie en concreto hasta que los Darling la contrata­ron. Sin embargo, los niños siempre le habían parecido im­portantes y los Darling la conocieron en los jardines de Kensington, donde pasaba la mayor parte de su tiempo li­bre asomando el hocico al interior de los cochecitos de los bebés y era muy odiada por las niñeras descuidadas, a las que seguía hasta sus casas y luego se quejaba de ellas ante sus señoras. Demostró ser una joya de niñera. Qué meticu­losa era a la hora del baño, lo mismo que en cualquier mo­mento de la noche si uno de sus tutelados hacía el menor ruido. Por supuesto, su perrera estaba en el cuarto de los ni­ños. Tenía una habilidad especial para saber cuándo no se debe ser indulgente con una tos y cuándo lo que hace falta es abrigar la garganta con un calcetín. Hasta el fin de sus días tuvo fe en remedios anticuados como el ruibarbo y soltaba gruñidos de desprecio ante toda esa charla tan de moda sobre los gérmenes y cosas así. Era una lección de decoro verla cuando escoltaba a los niños hasta la escuela, caminando con tranquilidad a su lado si se portaban bien y obligándolos a ponerse en fila otra vez si se dispersaban. En la época en que John comenzó a ir al colegio jamás se olvidó de su jersey y normalmente llevaba un paraguas en la boca por si llovía. En la escuela de la señorita Fulsom hay una ha­bitación en el bajo donde esperan las niñeras. Ellas se sen­taban en los bancos, mientras que Nana se echaba en el sue­lo, pero ésa era la única diferencia. Ellas hacían como si no la vieran, pues pensaban que pertenecía a una clase social inferior a la suya y ella despreciaba su charla superficial. Le molestaba que las amistades de la señora Darling visitaran el cuarto de los niños, pero si llegaban, primero le quitaba rápidamente a Michael el delantal y le ponía el de bordados azules, le arreglaba a Wendy la ropa y le alisaba el pelo a John.
Ninguna guardería podría haber funcionado con mayor corrección y el señor Darling lo sabía, pero a veces se pre­guntaba inquieto si los vecinos hacían comentarios.
Tenía que tener en cuenta su posición social.
Nana también le causaba otro tipo de preocupación. A ve­ces tenía la sensación de que ella no lo admiraba.
-Sé que te admira horrores, George -le aseguraba la seño­ra Darling y luego les hacía señas a los niños para que fueran especialmente cariñosos con su padre. Entonces se organi­zaban unos alegres bailes, en los que a veces se permitía que participara Liza, la única otra sirvienta. Parecía una pizca con su larga falda y la cofia de doncella, aunque, cuando la contrataron, había jurado que ya no volvería a cumplir los diez años. ¡Qué alegres eran aquellos juegos! Y la más alegre de todos era la señora Darling, que brincaba con tanta ani­mación que lo único que se veía de ella era el beso y si en ese momento uno se hubiera lanzado sobre ella podría haberlo conseguido. Nunca hubo familia más sencilla y feliz hasta que llegó Peter Pan.
La señora Darling supo por primera vez de Peter cuando estaba ordenando la imaginación de sus hijos. Cada noche, toda buena madre tiene por costumbre, después de que sus niños se hayan dormido, rebuscar en la imaginación de és­tos y ordenar las cosas para la mañana siguiente, volviendo a meter en sus lugares correspondientes las numerosas cosas que se han salido durante el día. Si pudierais quedaros des­piertos (pero claro que no podéis) veríais cómo vuestra pro­pia madre hace esto y os resultaría muy interesante obser­varla. Es muy parecido a poner en orden unos cajones. Supongo que la veríais de rodillas, repasando divertida al­gunos de vuestros contenidos, preguntándose de dónde habíais sacado tal cosa, descubriendo cosas tiernas y no tan tiernas, acariciando esto con la mejilla como si fuera tan suave como un gatito y apartando rápidamente esto otro de su vista. Cuando os despertáis por la mañana, las travesuras y los enfados con que os fuisteis a la cama han quedado re­cogidos y colocados en el fondo de vuestra mente y encima, bien aireados, están extendidos vuestros pensamientos más bonitos, preparados para que os los pongáis.
No sé si habéis visto alguna vez un mapa de la mente de una persona. A veces los médicos trazan mapas de otras par­tes vuestras y vuestro propio mapa puede resultar interesan­tísimo, pero a ver si alguna vez los pilláis trazando el mapa de la mente de un niño, que no sólo es confusa, sino que no para de dar vueltas. Tiene líneas en zigzag como las oscila­ciones de la temperatura en un gráfico cuando tenéis fiebre y que probablemente son los caminos de la isla, pues el País de Nunca Jamás es siempre una isla, más o menos, con asom­brosas pinceladas de color aquí y allá, con arrecifes de coral y embarcaciones de aspecto veloz en alta mar, con salvajes y guaridas solitarias y gnomos que en su mayoría son sastres, cavernas por las que corre un río, príncipes con seis herma­nos mayores, una choza que se descompone rápidamente y una señora muy bajita y anciana con la nariz ganchuda. Si eso fuera todo sería un mapa sencillo, pero también está el primer día de escuela, la religión, los padres, el estanque re­dondo, la costura, asesinatos, ejecuciones, verbos que rigen dativo, el día de comer pastel de chocolate, ponerse tirantes, dime la tabla del nueve, tres peniques por arrancarse un diente uno mismo y muchas cosas más que son parte de la isla o, si no, constituyen otro mapa que se transparenta a tra­vés del primero y todo ello es bastante confuso, sobre todo porque nada se está quieto.
Como es lógico, los Países del Nunca jamás son muy dis­tintos. El de John, por ejemplo, tenía una laguna con flamen­cos que volaban por encima y que John cazaba con una esco­peta, mientras que Michael, que era muy pequeño, tenía un flamenco con lagunas que volaban por encima. John vivía en una barca encallada del revés en la arena, Michael en una tienda india, Wendy en una casa de hojas muy bien cosidas. John no tenía amigos, Michael tenía amigos por la noche, Wendy tenía un lobito abandonado por sus padres; pero en general los Países de Nunca Jamás tienen un parecido de fa­milia y si se colocaran inmóviles en fila uno tras otro se po­dría decir que las narices son idénticas, etcétera. A estas má­gicas tierras arriban siempre los niños con sus barquillas cuando juegan. También nosotros hemos estado allí: aún podemos oír el ruido del oleaje, aunque ya no desembarca­remos jamás.
De todas las islas maravillosas la de Nunca jamás es la más acogedora y la más comprimida: no se trata de un lugar grande y desparramado, con incómodas distancias entre una aventura y la siguiente, sino que todo está agradable­mente amontonado. Cuando se juega en ella durante el día con las sillas y el mantel, no da ningún miedo, pero en los dos minutos antes de quedarse uno dormido se hace casi realidad. Por eso se ponen luces en las mesillas.
A veces, en el transcurso de sus viajes por las mentes de sus hijos, la señora Darling encontraba cosas que no conseguía entender y de éstas la más desconcertante era la palabra Pe­ter. No conocía a ningún Peter y, sin embargo, en las mentes de John y Michael aparecía aquí y allá, mientras que la de Wendy empezaba a estar invadida por todas partes de él. El nombre destacaba en letras mayores que las de cualquier otra palabra y mientras la señora Darling lo contemplaba le daba la impresión de que tenía un aire curiosamente descarado.
-Sí, es bastante descarado -admitió Wendy a regañadien­tes. Su madre le había estado preguntando.
-¿Pero quién es, mi vida?
-Es Peter Pan, mamá, ¿no lo sabes?
Al principio la señora Darling no lo sabía, pero después de hacer memoria y recordar su infancia se acordó de un tal Peter Pan que se decía que vivía con las hadas. Se contaban historias extrañas sobre él, como que cuando los niños mo­rían él los acompañaba parte del camino para que no tuvieran miedo. En aquel entonces ella creía en él, pero ahora que era una mujer casada y llena de sentido común dudaba se­riamente que tal persona existiera.
-Además -le dijo a Wendy-, ahora ya sería mayor.
-Oh no, no ha crecido -le aseguró Wendy muy convenci­da-, es de mi tamaño.
Quería decir que era de su tamaño tanto de cuerpo como de mente; no sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.
La señora Darling pidió consejo al señor Darling, pero éste sonrió sin darle importancia.
-Fíjate en lo que te digo -dijo-, es una tontería que Nana les ha metido en la cabeza; es justo el tipo de cosa que se le ocu­rriría a un perro. Olvídate de ello y ya verás cómo se pasa.
Pero no se pasaba y no tardó el molesto niño en darle un buen susto a la señora Darling.
Los niños corren las aventuras más raras sin inmutarse. Por ejemplo, puede que se acuerden de comentar, una sema­na después de que haya ocurrido la cosa, que cuando estu­vieron en el bosque se encontraron con su difunto padre y jugaron con él. De esta forma tan despreocupada fue como una mañana Wendy reveló un hecho inquietante. Aparecie­ron unas cuantas hojas de árbol en el suelo del cuarto de los niños, hojas que ciertamente no habían estado allí cuando los niños se fueron a la cama y la señora Darling se estaba preguntando de dónde habrían salido cuando Wendy dijo con una sonrisa indulgente:
-¡Seguro que ha sido ese Peter otra vez!
-¿Qué quieres decir, Wendy?
-Está muy mal que no barra -dijo Wendy, suspirando. Era una niña muy pulcra.
Explicó con mucha claridad que le parecía que a veces Pe­ter se metía en el cuarto de los niños por la noche y se senta­ba a los pies de su cama y tocaba la flauta para ella. Por des­gracia nunca se despertaba, así que no sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.
-Pero qué bobadas dices, preciosa. Nadie puede entrar en la casa sin llamar.
-Creo que entra por la ventana -dijo ella.
-Pero, mi amor, hay tres pisos de altura.
-¿No estaban las hojas al pie de la ventana, mamá?
Era cierto, las hojas habían aparecido muy cerca de la ven­tana.
La señora Darling no sabía qué pensar, pues a Wendy todo aquello le parecía tan normal que no se podía desechar diciendo que lo había soñado.
-Hija mía -exclamó la madre-, ¿por qué no me has con­tado esto antes?
-Se me olvidó -dijo Wendy sin darle importancia. Tenía prisa por desayunar.
Bueno, seguro que lo había soñado.
Pero, por otra parte, allí estaban las hojas. La señora Darling las examinó atentamente: eran hojas secas, pero estaba segura de que no eran de ningún árbol propio de Inglaterra. Gateó por el suelo, escudriñándolo a la luz de una vela en busca de huellas de algún pie extraño. Metió el atizador por la chime­nea y golpeó las paredes. Dejó caer una cinta métrica desde la ventana hasta la acera y era una caída en picado de treinta pies, sin ni siquiera un canalón al que agarrarse para trepar.
Desde luego, Wendy lo había soñado.
Pero Wendy no lo había soñado, según se demostró a la noche siguiente, la noche en que se puede decir que empeza­ron las extraordinarias aventuras de estos niños.
La noche de la que hablamos todos los niños se encontra­ban una vez más acostados. Daba la casualidad de que era la tarde libre de Nana y la señora Darling los bañó y cantó para ellos hasta que uno por uno le fueron soltando la mano y se deslizaron en el país de los sueños.
Tenían todos un aire tan seguro y apacible que se sonrió por sus temores y se sentó tranquilamente a coser junto al fuego.
Era una prenda para Michael, que en el día de su cum­pleaños iba a empezar a usar camisas. Sin embargo, el fue­go daba calor y el cuarto de los niños estaba apenas ilumi­nado por tres lamparillas de noche y al poco rato la labor quedó en el regazo de la señora Darling. Luego ésta empezó a dar cabezadas con gran delicadeza. Estaba dormida. Mi­radlos a los cuatro, Wendy y Michael allí, John aquí y la se­ñora Darling junto al fuego. Debería haber habido una cuarta lamparilla.
Mientras dormía tuvo un sueño. Soñó que el País de Nun­ca jamás estaba demasiado cerca y que un extraño chiquillo había conseguido salir de él. No le daba miedo, pues tenía la impresión de haberlo visto ya en las caras de muchas muje­res que no tienen hijos. Quizás también se encuentre en las caras de algunas madres. Pero en su sueño había rasgado el velo que oscurece el País de Nunca Jamás y vio que Wendy, John y Michael atisbaban por el hueco.
El sueño de por sí no habría tenido importancia alguna, pero mientras soñaba, la ventana del cuarto de los niños se abrió de golpe y un chiquillo se posó en el suelo. Iba acom­pañado de una curiosa luz, no más grande que un puño, que revoloteaba por la habitación como un ser vivo y creo que debió de ser esta luz lo que despertó a la señora Darling.
Se sobresaltó soltando un grito y vio al chiquillo y de algu­na manera supo al instante que se trataba de Peter Pan. Si vo­sotros o Wendy o yo hubiéramos estado allí nos habríamos dado cuenta de que se parecía mucho al beso de la señora Darling. Era un niño encantador, vestido con hojas secas y los jugos que segregan los árboles, pero la cosa más deliciosa que tenía era que conservaba todos sus dientes de leche. Cuando se dio cuenta de que era una adulta, rechinó las pe­queñas perlas mostrándolas.


13. ¿Creéis en las hadas?






Cuanto antes nos libremos de este espanto, mejor. El pri­mero en salir de su árbol fue Rizos. Surgió de él y cayó en brazos de Cecco, que se lo lanzó a Smee, que se lo lanzó a Starkey, que se lo lanzó a Bill Jukes, que se lo lanzó a Noodler y así fue pasando de uno a otro hasta caer a los pies del pirata negro. Todos los chicos fueron arrancados de sus árboles de esta forma brutal y varios de ellos volaban por los aires al mismo tiempo, como paquetes lanzados de mano en mano.

A Wendy, que salió la última, se le dispensó un trato dis­tinto. Con irónica cortesía Garfio se descubrió ante ella y, ofreciéndole el brazo, la escoltó hasta el lugar donde los de­más estaban siendo amordazados. Lo hizo con tal donaire, resultaba tan enormemente distingué, que se quedó dema­siado fascinada para gritar. Al fin y al cabo, no era más que una niña.

Quizás sea de chivatos revelar que por un momento Gar­fio la dejó extasiada y sólo la delatamos porque su desliz tuvo extrañas consecuencias. De haberse soltado altivamen­te (y nos habría encantado escribir esto sobre ella), habría sido lanzada por los aires como los demás y entonces Garfio probablemente no habría estado presente mientras se ataba a los niños y si no hubiera estado presente mientras se los ataba no habría descubierto el secreto de Presuntuoso y sin ese secreto no podría haber realizado al poco tiempo su sucio atentado contra la vida de Peter.

Fueron atados para evitar que escaparan volando, dobla­dos con las rodillas pegadas a las orejas y para asegurarlos el pirata negro había cortado una cuerda en nueve trozos igua­les. Todo fue bien hasta que llegó el turno de Presuntuoso, momento en que se descubrió que era como esos fastidiosos paquetes que gastan todo el cordel al pasarlo alrededor y no dejan cabos con los que hacer un nudo. Los piratas le pega­ron patadas enfurecidos, como uno pega patadas al paquete (aunque para ser justos habría que pegárselas al cordel) y por raro que parezca fue Garfio quien les dijo que aplacaran su violencia. Sus labios se entreabrían en una maliciosa son­risa de triunfo. Mientras sus perros se limitaban a sudar por­que cada vez que trataban de apretar al desdichado mucha­cho en un lado sobresalía en otro, la mente genial de Garfio había penetrado por debajo de la superficie de Presuntuoso, buscando no efectos, sino causas y su júbilo demostraba que las había encontrado. Presuntuoso, blanco de miedo, sabía que Garfio había descubierto su secreto, que era el siguien­te: ningún chico tan inflado emplearía un árbol en el que un hombre normal se quedaría atascado. Pobre Presuntuoso, ahora el más desdichado de todos los niños, pues estaba ate­rrorizado por Peter y lamentaba amargamente lo que había hecho. Terriblemente aficionado a beber agua cuando esta­ba acalorado, como consecuencia se había ido hinchando hasta alcanzar su actual gordura y en lugar de reducirse para adecuarse a su árbol, sin que los demás lo supieran había re­bajado su árbol para que se adecuara a él.

Garfio adivinó lo suficiente sobre esto como para conven­cerse de que por fin Peter estaba a su merced, pero ni una sola palabra sobre los oscuros designios que se formaban en las cavernas subterráneas de su mente cruzó sus labios; se limitó a indicar que los cautivos fueran llevados al barco y que quería estar solo.

¿Cómo llevarlos? Atados con el cuerpo doblado realmen­te se los podría hacer rodar cuesta abajo como barriles, pero la mayor parte del camino discurría a través de un pantano. Una vez más la genialidad de Garfio superó las di­ficultades. Indicó que debía utilizarse la casita como medio de transporte. Echaron a los niños dentro, cuatro fornidos piratas la izaron sobre sus hombros y, entonando la odiosa canción pirata, la extraña procesión se puso en marcha a través del bosque. No sé si alguno de los niños estaba llo­rando, si era así, la canción ahogaba el sonido, pero mien­tras la casita desaparecía en el bosque, un valiente aunque pequeño chorro de humo brotó de su chimenea, como de­safiando a Garfio.

Garfio lo vio y aquello jugó una mala pasada a Peter. Aca­bó con cualquier vestigio de piedad por él que pudiera haber quedado en el pecho iracundo del pirata.

Lo primero que hizo al encontrarse a solas en la noche que se acercaba rápidamente fue llegarse de puntillas al árbol de Presuntuoso y asegurarse de que le proporcionaba un pasa­dizo. Luego se quedó largo rato meditando, con el sombrero de mal agüero en el césped, para que una brisa suave que se había levantado pudiera removerle refrescante los cabellos. Aunque negros eran sus pensamientos sus ojos azules eran dulces como la pervinca. Escuchó atentamente por si oía so­nido que proviniera de las profundidades, pero abajo todo estaba tan silencioso como arriba: la casa subterránea pare­cía ser una morada vacía más en el abismo. ¿Estaría dormido ese chico o estaba apostado al pie del árbol de Presuntuoso, con el puñal en la mano?

No había forma de saberlo, excepto bajando. Garfio dejó que su capa se deslizara suavemente hasta el suelo y luego, mordiéndose los labios hasta que una sangre obscena brotó de ellos, se metió en el árbol. Era un hombre valiente, pero por un momento tuvo que detenerse allí y enjugarse la fren­te, que le chorreaba como una vela. Luego se dejó caer en si­lencio hacia lo desconocido.

Llegó sin problemas al pie del pozo y se volvió a quedar inmóvil, recuperando el aliento, que casi lo había abandona­do. Al írsele acostumbrando los ojos a la luz difusa varios objetos de la casa de debajo de los árboles cobraron forma, pero el único en el que posó su ávida mirada, buscado du­rante tanto tiempo y hallado por fin, fue la gran cama. En ella yacía Peter profundamente dormido.

Ignorando la tragedia que se estaba desarrollando arriba, Peter, durante un rato después de que se fueran los niños, había seguido tocando la flauta alegremente: sin duda un in­tento bastante triste de demostrarse a sí mismo que no le im­portaba. Luego decidió no tomarse la medicina, para apenar a Wendy. Entonces se tumbó en la cama encima de la colcha, para contrariarla todavía más, porque siempre los había arropado con ella, ya que nunca se sabe si no se tendrá frío al avanzar la noche. Entonces casi se echó a llorar, pero se ima­ginó lo indignada que se pondría si en cambio se riera, así que soltó una carcajada altanera y se quedó dormido en me­dio de ella.

A veces, aunque no a menudo, tenía pesadillas y resulta­ban más dolorosas que las de otros chicos. Pasaban horas sin que pudiera apartarse de estos sueños, aunque lloraba lasti­meramente en el curso de ellos. Creo que tenían que ver con el misterio de su existencia. En tales ocasiones Wendy había tenido por costumbre sacarlo de la cama y ponérselo en el regazo, tranquilizándolo con mimos de su propia invención y cuando se calmaba lo volvía a meter en la cama antes de que se despertara del todo, para que no se enterara del ultra­je a que lo había sometido. Pero en esta ocasión cayó inme­diatamente en un sueño sin pesadillas. Un brazo le colgaba por el borde de la cama, tenía una pierna doblada y la parte incompleta de su carcajada se le había quedado abandonada en la boca, que estaba entreabierta, mostrando las pequeñas perlas.

Indefenso como estaba lo encontró Garfio. Se quedó en silencio al pie del árbol mirando a través de la estancia a su enemigo. ¿Se estremeció su sombrío pecho con algún senti­miento de compasión? Aquel hombre no era malo del todo: le encantaban las flores (según me han dicho) y la música delicada (él mismo no tocaba nada mal el clavicémbalo) y, admitámoslo con franqueza, el carácter idílico de la escena lo conmovió profundamente. De haber sido dominado por su parte mejor, habría vuelto a subir de mala gana por el ár­bol si no llega a ser por una cosa.

Lo que le detuvo fue el aspecto impertinente de Peter al dormir. La boca abierta, el brazo colgando, la rodilla dobla­da: eran tal personificación de la arrogancia que, en conjun­to, jamás volverá, esperamos, a presentarse otra igual ante sus ojos tan sensibles a su carácter ofensivo. Endurecieron el corazón de Garfio. Si su rabia lo hubiera roto en cien peda­zos, cada uno de éstos habría hecho caso omiso del percance y se habría lanzado contra el durmiente.

Aunque la luz de la única lámpara iluminaba la cama dé­bilmente, el propio Garfio estaba en la oscuridad y nada más dar un paso furtivo hacia delante se topó con un obstáculo, la puerta del árbol de Presuntuoso. No cubría del todo la abertura y había estado observando por encima de ella. Al palpar en busca del cierre, descubrió con rabia que estaba muy abajo, fuera de su alcance. A su mente trastornada le dio la impresión entonces de que la molesta cualidad de la cara y la figura de Peter aumentaba visiblemente y sacudió la puerta y se tiró contra ella. ¿Acaso se le iba a escapar su enemigo después de todo?

Pero, ¿qué era aquello? Por el rabillo del ojo había visto la medicina de Peter colocada en una repisa al alcance de la mano. Adivinó lo que era al instante y al momento supo que el durmiente estaba en su poder.

Para que no lo cogiera con vida, Garfio llevaba encima un terrible veneno, elaborado por él mismo a partir de todos los anillos mortíferos que habían llegado a sus manos. Los ha­bía cocido hasta convertirlos en un líquido amarillo desco­nocido para la ciencia y que probablemente era el veneno más virulento que existía.

Echó entonces cinco gotas del mismo en la copa de Peter. Le temblaba la mano, pero era por júbilo y no por vergüen­za. Mientras lo hacía evitaba mirar al durmiente, pero no por temor a que la pena lo acobardara, sino simplemente para no derramarlo. Luego le echó una larga y maliciosa mi­rada a su víctima y volviéndose, subió reptando con dificul­tad por el árbol. Al salir a la superficie parecía el mismísimo espíritu del mal surgiendo de su agujero. Colocándose el sombrero de lado de la forma más arrogante, se envolvió en la capa, sujetando un extremo por delante como para ocul­tarse de la noche, que estaba en su hora más oscura y, mas­cullando cosas raras para sus adentros se alejó sigiloso por entre los árboles.

Peter siguió durmiendo. La luz vaciló y se apagó, dejando la vivienda a oscuras, pero él siguió durmiendo. No debían de ser menos de las diez por el cocodrilo, cuando se sentó de golpe en la cama, sin saber qué lo había despertado. Eran unos golpecitos suaves y cautelosos en la puerta de su árbol.

Suaves y cautelosos, pero en aquel silencio resultaban si­niestros. Peter buscó a tientas su puñal hasta que su mano lo agarró. Entonces habló.

-¿Quién es?

Durante un buen rato no hubo respuesta; luego volvieron a oírse los golpes.

-¿Quién es?

No hubo respuesta.

Estaba sobre ascuas y le encantaba estar sobre ascuas. Con dos zancadas se plantó ante la puerta. A diferencia de la puerta de Presuntuoso ésta cubría la abertura, así que no podía ver lo que había al otro lado, como tampoco podía verlo a él quien estuviera llamando.

-No abriré si no hablas -gritó Peter.

Entonces por fin habló el visitante, con una preciosa voz como de campanas.

-Déjame entrar, Peter.

Era Campanilla y rápidamente le abrió la puerta. Entró volando muy agitada, con la cara sofocada y el vestido man­chado de barro.

-¿Qué ocurre?

-¿A que no lo adivinas? -exclamó y le ofreció tres oportu­nidades.

-¡Suéltalo! -gritó él; y con una sola frase incorrecta, tan larga como las cintas que se sacan los ilusionistas de la boca, le contó la captura de Wendy y los chicos.

El corazón de Peter latía con furia mientras escuchaba. Wendy prisionera y en el barco pirata, ¡ella, a quien tanto le gustaba que las cosas fueran como es debido!

-Yo la rescataré -exclamó, abalanzándose sobre sus ar­mas. Al abalanzarse se le ocurrió una cosa que podía hacer para agradarla. Podía tomarse la medicina.

Su mano se posó sobre la pócima mortal.

-¡No! -chilló Campanilla, que había oído a Garfio mascu­llando sobre lo que había hecho mientras corría por el bos­que.

-¿Por qué no?

-Está envenenada.

-¿Envenenada? ¿Y quién iba a envenenarla?

-Garfio.

-No seas tonta. ¿Cómo podría haber llegado Garfio hasta aquí?

¡Ay! Campanilla no tenía explicación para esto, porque ni siquiera ella conocía el oscuro secreto del árbol de Presun­tuoso. No obstante, las palabras de Garfio no habían dejado lugar a dudas. La copa estaba envenenada.

-Además -dijo Peter, muy convencido-, no me he queda­do dormido.

Alzó la copa. Ya no había tiempo para hablar, era el mo­mento de actuar: y con uno de sus veloces movimientos Campanilla se colocó entre sus labios y el brebaje y lo apuró hasta las heces.

-Pero, Campanilla, ¿cómo te atreves a beberte mi medi­cina?

Pero ella no contestó. Ya estaba tambaleándose en el aire.

-¿Qué te ocurre? -exclamó Peter, asustado de pronto.

-Estaba envenenada, Peter -le dijo ella dulcemente-, y ahora me voy a morir.

-Oh, Campanilla, ¿te la bebiste para salvarme?

-Sí.

-Pero, ¿por qué, Campanilla?

Las alas ya casi no la sostenían, pero como respuesta se posó en su hombro y le dio un mordisco cariñoso en la bar­billa. Le susurró al oído:

-Cretino.

Luego, tambaleándose hasta su aposento, se tumbó en la cama.

La cabeza de él llenó casi por completo la cuarta pared de su pequeña habitación cuando se arrodilló angustiado jun­to a ella. Su luz se debilitaba por momentos y él sabía que si se apagaba ella dejaría de existir. A ella le gustaban tanto sus lágrimas que alargó un bonito dedo y dejó que corrieran por él.

Tenía la voz tan débil que al principio él no pudo oír lo que le decía. Luego lo oyó. Le estaba diciendo que creía que po­día ponerse bien de nuevo si los niños creían en las hadas.

Peter extendió los brazos. Allí no había niños y era por la noche, pero se dirigió a todos los que podían estar soñando con el País de Nunca Jamás y que por eso estaban más cerca de él de lo que pensáis: niños y niñas en pijama y bebés in­dios desnudos en sus cestas colgadas de los árboles.

-¿Creéis? -gritó.

Campanilla se sentó en la cama casi con viveza para escu­char cómo se decidía su suerte.

Le pareció oír respuestas afirmativas, pero no estaba se­gura.

-¿Qué te parece? -le preguntó a Peter.

-Si creéis -les gritó él-, aplaudid: no dejéis que Campani­lla se muera.

Muchos aplaudieron.

Algunos no.

Unas cuantas bestezuelas soltaron bufidos.

Los aplausos se interrumpieron de repente, como si in­contables madres hubieran entrado corriendo en los cuar­tos de sus hijos para ver qué demonios estaba pasando, pero Campanilla ya estaba salvada. Primero se le fue forta­leciendo la voz, luego saltó de la cama y por fin se puso a re­volotear como un rayo por la habitación más alegre e inso­lente que nunca. No se le pasó por la cabeza dar las gracias a los que creían, pero le habría gustado darles su merecido a los que habían bufado.

-Y ahora a rescatar a Wendy.

La luna corría por un cielo nublado cuando Peter salió de su árbol, cargado de armas y sin apenas nada más, para em­prender su peligrosa aventura. No hacía el tipo de noche que él hubiera preferido. Había tenido la esperanza de volar, no muy lejos del suelo para que nada inusitado escapara a su atención, pero con aquella luz mortecina volar bajo habría supuesto pasar su sombra a través de los árboles, molestan­do así a los pájaros y notificando a un enemigo vigilante que estaba en camino.

Lamentaba que el haber puesto unos nombres tan raros a los pájaros de la isla les hiciera ahora ser muy indómitos y difíciles de tratar.

No quedaba más remedio que ir avanzando al estilo indio, en lo cual por fortuna era un maestro. Pero, ¿en qué direc­cion, ya que no estaba seguro de que los niños hubieran sido llevados al barco? Una ligera nevada había borrado todas las huellas y un profundo silencio reinaba en la isla, como si la Naturaleza siguiera aún horrorizada por la reciente carnice­ría. Había enseñado a los niños algo sobre cómo desenvol­verse en el bosque que él mismo había aprendido por Tigri­dia y Campanilla y sabía que en medio de una calamidad no era probable que lo olvidaran. Presuntuoso, si tenía oportu­nidad, haría marcas en los árboles, por ejemplo, Rizos iría dejando caer semillas y Wendy dejaría su pañuelo en algún lugar importante. Pero para buscar estas señales era necesa­ria la mañana y no podía esperar. El mundo de la superficie lo había llamado, pero no lo iba a ayudar.

El cocodrilo pasó ante él, pero no había ningún otro ser vivo, ni un ruido, ni un movimiento; sin embargo sabía muy bien que la muerte súbita podía estar acechando junto al próximo árbol, o siguiéndole los pasos.

Pronunció este terrible juramento:

-Esta vez o Garfio o yo.

Entonces avanzó arrastrándose como una serpiente y lue­go, erguido, cruzó como una flecha un claro en el que jugaba la luna, con un dedo en los labios y el puñal preparado. Era enormemente feliz.
17. Cuando Wendy creció



Espero que queráis saber qué había sido de los demás chi­cos. Estaban esperando abajo para que Wendy tuviera tiem­po de explicar lo que ocurría con ellos, y después de contar hasta quinientos subieron. Subieron por la escalera, porque pensaron que causaría mejor impresión. Se pusieron en fila ante la señora Darling, con los gorros en la mano y desean­do no estar vestidos de piratas. No dijeron nada, pero sus ojos le suplicaban que se los quedase. Deberían haber mira­do también al señor Darling, pero se olvidaron de él.

Por supuesto, la señora Darling dijo inmediatamente que se los quería quedar, pero el señor Darling estaba extraña­mente deprimido y se dieron cuenta de que seis le parecía una cantidad bastante grande.

Le dijo a Wendy:

-Debo decir que las cosas no se hacen a medias -un co­meníario poco generoso que a los gemelos les pareció que iba por ellos.

El primer gemelo era el atrevido y preguntó, ruborizán­dose:

-¿Cree que seríamos demasiados, señor? Porque si es así nos podemos ir.

-¡Papá! -gritó Wendy, horrorizada, pero él seguía malhu­morado. Sabía que se estaba comportando de manera indig­na, pero no lo podía evitar.

-Podríamos dormir de dos en dos -dijo Avispado.

-Yo misma les corto el pelo siempre -dijo Wendy.

-¡George! -exclamó la señora Darling, dolida por ver a su amor haciendo gala de una conducta tan reprochable.

Entonces él se echó a llorar y salió a relucir la verdad. Esta­ba tan contento como ella de tenerlos, dijo, pero creía que deberían haber pedido su consentimiento además del de ella, en lugar de tratarlo como un cero a la izquierda en su propia casa.

-Yo no creo que sea un cero a la izquierda -exclamó Lelo al instante-. ¿Tú crees que es un cero a la izquierda, Rizos? -No, no me lo parece. ¿A ti te parece un cero a la izquier­da, Presuntuoso?

-Pues más bien no. Gemelo, ¿a ti qué te parece?

Resultó que a ninguno de ellos le parecía un cero a la iz­quierda y él se sintió absurdamente gratificado y dijo que encontraría sitio para todos ellos en el salón si cabían.

-Sí que cabremos, señor -le aseguraron.

-Pues entonces seguid al jefe -gritó alegremente-. Escu­chad, no estoy seguro de que tengamos un salón, pero hare­mos como si lo tuviéramos y será lo mismo. ¡Adelante!

Se fue bailando por la casa y ellos gritaron: «¡Adelante! » y lo siguieron bailando, en busca del salón y no me acuerdo de si lo encontraron, pero en cualquier caso encontraron rinco­nes y todos cupieron.

En cuanto a Peter, vio a Wendy una vez más antes de mar­charse volando. No es que llegara a la ventana exactamente, pero la rozó al pasar, para que ella la abriera si quería y lo lla­mara. Eso fue lo que ella hizo.

-Hola, Wendy y adiós -dijo él.

-Ay, ¿te vas?

-Sí.

-¿No crees, Peter -dijo ella vacilando-, que te gustaría de­cirles algo a mis padres sobre una cuestión muy bonita?

-No.

-¿Sobre mí, Peter?

-No.

La señora Darling llegó a la ventana, pues por el momento estaba vigilando a Wendy estrechamente. Le dijo a Peter que había adoptado a todos los demás chicos y que le gustaría adoptarlo a él también.

-¿Me mandaría a la escuela? -preguntó él taimadamente.

-Sí.

-¿Y luego a una oficina?

-Supongo que sí.

-¿Y pronto sería mayor?

-Muy pronto.

-No quiero ir a la escuela a aprender cosas serias -le dijo con vehemencia-. No quiero ser mayor. Ay, madre de Wendy, ¡qué horror si me despertara y notara que tengo barba!

-¡Peter! -dijo Wendy, siempre consoladora-. Me encanta­ría verte con barba.

Y la señora Darling le tendió los brazos, pero él la re­chazó.

-Atrás, señora, nadie me va a atrapar para convertirme en una persona mayor.

-¿Pero dónde vas a vivir?

-Con Campanilla en la casa que construimos para Wendy. Las hadas la pondrán en lo alto de la copa de los árboles en los que duermen de noche.

-Qué bonito -exclamó Wendy con tanto anhelo que la se­ñora Darling la sujetó firmemente.

-Yo creía que las hadas estaban todas muertas -dijo la se­ñora Darling.

-Siempre hay muchas jóvenes -explicó Wendy, que era ahora toda una experta-, porque, verás, cuando un bebé nuevo se ríe por primera vez nace una nueva hada y como siempre hay bebés nuevos siempre hay hadas nuevas. Viven en nidos en las copas de los árboles y las de color malva son chicos y las de color blanco, chicas, y las de color azul, unas tontuelas que no saben muybien lo que son.

-Lo voy a pasar estupendo -dijo Peter, observando a Wendy.

-Estarás bastante solo por la noche -dijo ella-, cuando te sientes junto al fuego.

-Tendré a Campanilla.

-Pues Campanilla no es que sea mucha ayuda, que diga­mos -le recordó ella con algo de aspereza.

-¡Chivata! -gritó Campanilla desde el otro lado de la es­quina.

-Eso no importa-dijo Peter.

-Oh, Peter, tú sabes que sí importa.

-Pues entonces ven a la casita conmigo.

-¿Puedo, mamá?

-Por supuesto que no. Te tengo otra vez en casa y estoy de­cidida a conservarte.

-Pero es que le hace tanta falta una madre.

-A ti también, mi amor.

-Oh, está bien -dijo Peter, como si lo hubiera pedido sólo por cortesía, pero la señora Darling vio cómo le temblaba la boca y le hizo esta bella oferta: que Wendy se fuera con él du­rante una semana todos los años para hacer la limpieza de primavera. Wendy habría preferido algo más permanente y le parecía que la primavera iba a tardar mucho en llegar, pero esta promesa hizo que Peter se volviera a poner muy contento. No tenía noción del tiempo y corría tantas aventu­ras que todo lo que os he contado sobre él no es más que una mínima parte. Supongo que porque Wendy lo sabía, las últi­mas palabras que le dirigió fueron en tono quejumbroso:

-Peter, ¿verdad que no te olvidarás de mí antes de que lle­gue la limpieza de primavera?

Naturalmente, Peter se lo prometió y luego se alejó volan­do. Se llevó consigo el beso de la señora Darling. El beso que no había sido para nadie más Peter lo consiguió con gran fa­cilidad. Curioso. Pero ella parecía satisfecha.

Por supuesto, todos los chicos fueron enviados ala escue­la y casi todos entraron en la clase III, pero Presuntuoso fue colocado primero en la clase IV y luego en la clase V La clase I es la más alta. Después de asistir a la escuela durante una semana se dieron cuenta de lo tontos que habían sido por no quedarse en la isla, pero ya era demasiado tarde y no tardaron en acostumbrarse a ser tan normales como voso­tros, yo o cualquier hijo de vecino. Es triste tener que decir que poco a poco fueron perdiendo la capacidad de volar. Al principio Nana les ataba los pies a los barrotes de la cama para que no salieran volando por la noche y una de sus di­versiones durante el día era fingir que se caían de los autobu­ses, pero poco a poco dejaron de tirar de sus ataduras en la cama y descubrieron que se hacían daño cuando se soltaban del autobús. Al cabo de un tiempo ni siquiera podían salir volando detrás de sus sombreros. Falta de práctica, decían ellos, pero lo que en realidad quería decir aquello era que ya no creían.

Michael creyó más tiempo que los demás, aunque se bur­laban de él: por eso estaba con Wendy cuando Peter fue a buscarla a finales del primer año. Se fue volando con Peter con el vestido que había tejido con hojas y bayas en el País de Nunca Jamás y lo único que temía era que él pudiera notar lo pequeño que se le había quedado, pero no se dio cuenta, pues tenía muchas cosas que contar sobre sí mismo.

Ella había estado esperando con ilusión mantener emo­cionantes charlas con él sobre los viejos tiempos, pero las nuevas aventuras habían ocupado el lugar de las viejas en su cabeza.

-¿Quién es el capitán Garfio? -preguntó con interés cuan­do ella habló del archienemigo.

-¿Pero no te acuerdas -le preguntó, asombrada- de cómo lo mataste y nos salvaste a todos la vida?

-Me olvido de ellos después de matarlos -replicó él des­cuidadamente.

Cuando expresó una esperanza incierta de que Campani­lla se alegrara de verla, él dijo:

-¿Quién es Campanilla?

-Oh, Peter -dijo ella, horrorizada, pero ni siquiera se acordaba después de que se lo hubiera explicado.

-Es que hay tantas -dijo-. Supongo que habrá muerto. Supongo que tenía razón, pues las hadas no viven mucho tiempo, pero son tan chiquititas que un breve espacio de tiempo les parece muy largo.

Wendy se sintió dolida al descubrir que el año que había pasado era como si fuera ayer para Peter: a ella le había pa­recido un año de espera muy largo. Pero él seguía siendo tan fascinante como siempre y pasaron una primavera ma­ravillosa haciendo la limpieza de la casita de la copa de los árboles.

Al año siguiente no vino por ella. Esperó con un vestido nuevo porque el viejo sencillamente ya no le entraba, pero él no llegó.

-A lo mejor está enfermo -dijo Michael. -Sabes que nunca está enfermo.

Michael se acercó a ella y susurró, con un escalofrío:

-¡A lo mejor no existe tal persona, Wendy!

Y entonces Wendy se habría echado a llorar si Michael no hubiera estado llorando ya.

Peter llegó para la siguiente limpieza de primavera y lo raro era que no era consciente en absoluto de que se había saltado un año.

Ésa fue la última vez que la niña Wendy lo vio. Durante cierto tiempo trató por él de no tener dolores de crecimiento y sintió que le era desleal cuando obtuvo un premio por cul­tura general. Pero fueron pasando los años sin que aparecie­ra el descuidado chiquillo y cuando volvieron a encontrarse Wendy era una mujer casada y Peter no era más para ella que el polvillo del baúl donde había conservado sus juguetes. Wendy era adulta. No tenéis que apenaros por ella. Era de las que les gusta crecer. Al final crecía por su propia voluntad un día más deprisa que las demás niñas.

A estas alturas todos los chicos eran ya mayores y se ha­bían estropeado, así que apenas merece la pena decir nada más sobre ellos. Podéis ver cualquier día a los gemelos, a Avispado y a Rizos ir a la oficina, cada uno con una cartera y un paraguas. Michael es maquinista. Presuntuoso se casó con una dama de la nobleza y por eso se convirtió en lord. ¿Veis a ese juez con peluca que sale por la puerta de hierro? Ése era Lelo. Ese hombre con barba que no se sabe ningún cuento para contárselo a sus hijos era antes John.

Wendy se casó de blanco con un fajín rosa. Es raro pensar que Peter no se posara en la iglesia para prohibir las amones­taciones.

Los años volvieron a pasar y Wendy tuvo una hija. Esto no debería escribirse con tinta, sino con letras de oro.

La llamaron Jane y siempre tuvo una extraña mirada inte­rrogante, como si desde el momento en que llegó al mundo quisiera hacer preguntas. Cuando tuvo edad suficiente para hacerlas eran en su mayoría sobre Peter Pan. Le encantaba oír cosas de Peter y Wendy le contaba todo lo que recordaba en el mismo cuarto de los niños donde se inició el famoso vuelo. Ahora era el cuarto de Jane, pues su padre se lo había comprado al tres por ciento de interés al padre de Wendy, al que ya no le gustaba subir escaleras. La señora Darling esta­ba ya muerta y olvidada.

Ahora sólo había dos camas en el cuarto, la de Jane y la de su niñera y no había perrera, pues Nana también había falle­cido. Murió de vejez y hacia el final había tenido un trato bastante difícil, pues estaba firmemente convencida de que nadie sabía cómo cuidar a los niños excepto ella.

Una vez a la semana la niñera de Jane tenía la tarde libre y entonces le tocaba a Wendy acostar a Jane. Ése era el mo­mento de contar cuentos. Jane se había inventado un juego que consistía en levantar la sábana por encima de su cabeza y la de su madre, formando así una especie de tienda y su­surrar en la sobrecogedora oscuridad:

-¿Qué vemos ahora?

-Me parece que esta noche no veo nada -dice Wendy, con la sensación de que si Nana estuviera aquí se opondría a que la conversación continuara.

-Sí, sí que lo ves -dice Jane-, ves cuando eras una niña.

-De eso hace ya mucho, mi vida -dice Wendy-. ¡Ay, cómo vuela el tiempo!

-¿Vuela -pregunta la astuta niña-, como tú volabas cuan­do eras pequeña?

-¡Como yo volaba! ¿Sabes, Jane? A veces me pregunto si realmente volaba.

-Sí, sí que volabas.

-¡Qué días aquellos cuando podía volar! -¿Por qué ya no puedes volar, mamá?

-Porque he crecido, mi amor. Cuando la gente crece se ol­vida de cómo se hace.

-¿Por qué se olvidan de cómo se hace?

-Porque ya no son alegres ni inocentes ni insensibles. Sólo los que son alegres, inocentes e insensibles pueden volar. -¿Qué es ser alegre, inocente e insensible? Ojalá yo fuera alegre, inocente e insensible.

O quizás Wendy admita que sí ve algo. -Creo -dice- que es este cuarto. -Creo que sí -dice Jane-. Sigue.

Están ya metidas en la gran aventura de la noche en que Peter entró volando en busca de su sombra.

-El muy tonto -dice Wendy-, intentó pegársela con jabón y al no poder se echó a llorar y eso me despertó y yo se la cosí.

-Te has saltado una parte -interrumpe Jane, que se sabe ya la historia mejor que su madre-. Cuando lo viste sentado en el suelo llorando, ¿qué le dijiste?

-Me senté en la cama y dije: «Niño, ¿por qué lloras?» -Sí, eso era -dice Jane, con un gran suspiro.

-Y luego nos llevó a todos volando al País de Nunca Jamás con las hadas, los piratas, los pieles rojas y la laguna de las si­renas, la casa subterránea y la casita.

-¡Sí! ¿Qué era lo que más te gustaba?

-Creo que lo que más me gustaba era la casa subterrá­nea.

-Sí, a mí también. ¿Qué fue lo último que te dijo Peter? -Lo último que me dijo fue: «Espérame siempre y una no­che me oirás graznar.»

-Sí.

-Pero, fijate qué pena, se olvidó de mí -dijo Wendy son­riendo. Así de adulta era.

-¿Cómo era su graznido? -preguntó Jane una noche.

-Era así -dijo Wendy, tratando de imitar el graznido de Peter.

-No, así no -dijo Jane toda seria-, era así.

Y lo hizo mucho mejor que su madre.

Wendy se quedó un poco sobrecogida.

-Mi amor, ¿cómo lo sabes?

-Lo oigo a menudo cuando estoy durmiendo -dijo Jane.

-Ah, sí, muchas niñas lo oyen cuando duermen, pero yo fui la única que lo oyó despierta.

-Qué suerte -dijo Jane.

Y entonces una noche se produjo la tragedia. Era prima­vera y ya se había acabado el cuento por esa noche y Jane es­taba ya dormida en su cama. Wendy estaba sentada en el suelo, muy cerca del fuego, para poder ver mientras zurcía, pues no había ninguna otra luz en el cuarto, y mientras zur­cía oyó un graznido. Entonces la ventana se abrió de un so­plo como en otros tiempos y Peter se posó en el suelo.

Estaba exactamente igual que siempre y Wendy vio al mo­mento que todavía conservaba todos sus dientes de leche. Él era un niño y ella era una persona mayor. Se acurrucó junto al fuego sin atreverse a hacer ningún movimiento, im­potente y culpable, una mujer adulta.

-Hola, Wendy-dijo él, sin notar ninguna diferencia, pues estaba pensando sobre todo en sí mismo y a la escasa luz su vestido blanco podría haber sido el camisón con que la ha­bía visto por primera vez.

-Hola, Peter -replicó ella débilmente, encogiéndose todo lo posible. Algo en su interior clamaba: «Mujer, mujer, suél­tame.»

-Eh, ¿dónde está John? -preguntó él, echando en falta de repente la tercera cama.

-John ya no está aquí -dijo ella con voz entrecortada. -¿Michael está dormido? -preguntó él, echando un vista­zo por encima de Jane.

-Sí -respondió ella y entonces sintió que estaba siendo desleal a Jane además de a Peter.

-Ése no es Michael -dijo rápidamente, no fuera a ser cas­tigada.

Peter miró con más atención.

-Eh, ¿es alguien nuevo?

-Sí.

-¿Chico o chica?

-Chica.

Ahora tendría que entenderlo, pero nada.

-Peter -dijo, vacilando-, ¿estás esperando que me vaya volando contigo?

-Claro, por eso he venido.

Añadió con cierta severidad:

-¿Has olvidado que hay que hacer la limpieza de prima­vera?

Ella sabía que era inútil decirle que se había saltado mu­chas limpiezas de primavera.

-No puedo ir -dijo en tono de excusa-.

Se me ha olvida­do cómo volar.

-No tardo nada en volver a enseñarte.

-Oh, Peter, no malgastes el polvillo de las hadas en mí. Se había levantado y por fin lo asaltó un temor. -¿Qué pasa? -exclamó, encogiéndose.

-Voy a encender la luz -dijo ella-, y entonces lo verás.

Casi por única vez en su vida, que yo sepa, Peter se sintió asustado.

-No enciendas la luz -gritó.

Ella revolvió con las manos el pelo de aquel niño trágico. Ya no era una niña desolada por él: era una mujer adulta que sonreía por todo ello, pero con una sonrisa llorosa.

Luego encendió la luz y Peter lo vio. Soltó un grito de do­lor y cuando aquel ser alto y hermoso se inclinó para cogerlo en brazos se apartó rápidamente.

-¿Qué pasa? -volvió a exclamar.

Ella tuvo que decírselo.

-Soy mayor, Peter. Tengo mucho más de veinte años. Crecí hace mucho tiempo.

-¡Prometiste que no lo harías!

-No pude evitarlo. Soy una mujer casada, Peter.

-No, no es cierto.

-Sí y esa niña de la cama es mi hija.

-No, no lo es.

Pero supuso que lo era y se acercó a la niña dormida con el puñal levantado. Naturalmente, no lo clavó. En cambio, se sentó en el suelo y se echó a llorar y Wendy no supo cómo consolarlo, aunque en tiempos podría haberlo hecho con gran facilidad. Ahora no era más que una mujer y salió co­rriendo de la habitación para tratar de pensar.

Peter siguió llorando y sus sollozos no tardaron en des­pertar a Jane. Se sentó en la cama y le picó la curiosidad al instante.

-Niño -dijo-, ¿por qué lloras?

Peter se levantó y le hizo una reverencia y ella le hizo una reverencia desde la cama.

-Hola -dijo él.

-Hola -dijo Jane.

-Me llamo Peter Pan -le dijo.

-Sí, ya lo sé.

-He venido a buscar a mi madre -explicó él-, para llevar­la al País de Nunca jamás.

-Sí, ya lo sé -dijo Jane-. Te he estado esperando.

Cuando Wendy regresó tímidamente se encontró a Peter sentado en el barrote de la cama graznando a pleno pulmón, mientras Jane volaba en camisón por el cuarto en solemne éxtasis.

-Es mi madre -explicó Peter y Jane descendió y se puso a su lado, con la expresión en la cara que le gustaba que tuvie­ran las damas cuando lo miraban.

-Le hace tanta falta una madre -dijo Jane.

-Sí, lo sé -admitió Wendy bastante abatida-, nadie lo sabe mejor que yo.

-Adiós -le dijo Peter a Wendy y se alzó por los aires y la desvergonzada Jane se alzó con él: para ella ya era la forma más cómoda de moverse.

Wendy corrió a la ventana.

-No, no -gritó.

-Es sólo para la limpieza de primavera -dijo Jane-. Quie­re que le haga la limpieza de primavera para siempre.

-Ojalá pudiera ir con vosotros -suspiró Wendy.

-Pero es que no puedes volar -dijo Jane.

Naturalmente, al final Wendylos dejó partir juntos. Nues­tra última mirada nos la muestra en la ventana, contemplán­dolos mientras se alejan por el cielo hasta hacerse tan peque­ños como las estrellas.

A medida que observáis a Wendy podéis ver cómo se le va poniendo el pelo blanco y su figura vuelve a ser pequeñita, pues todo esto pasó hace mucho tiempo. Jane es ahora una persona mayor corriente con una hija llamada Margaret y al llegar la limpieza de primavera, salvo cuando se le olvida, Peter viene a buscar a Margaret y se la lleva al País de Nunca jamás, donde ella le cuenta historias sobre él mismo, que él escucha con avidez. Cuando Margaret crezca tendrá una hija, que a su vez será la madre de Peter y así seguirán las co­sas, mientras los niños sean alegres, inocentes e insensibles.



El elixir de larga vida-Honoré de Balzac

El elixir de larga vida.
(Honoré de Balzac);



En un suntuoso palacio de Ferrara, agasajaba don Juan Belvídero una noche de
invierno a un príncipe de la casa de Este.
En aquella época, una fiesta era un maravilloso espectáculo de riquezas reales de que únicamente un gran señor podía disponer. 
Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte cuyos blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía. 
Vestidas de satén, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas.
No diferían ni en las palabras, ni en las ideas; el aire, una mirada, algún gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos,
melancólicos o burlones.
Una parecía decir:
–Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.
Otra:
–Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos
que me adoran.
Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:
–En el fondo de mi corazón siento remordimientos –decía–. Soy católica, y temo
al infierno. Pero os amo tanto ¡tanto! que podría sacrificaros la eternidad.
La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:
–¡Viva la alegría! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del
pasado, ebria aún del encuentro de la víspera, agoto todas las noches una vida
de felicidad, una vida llena de amor.
La mujer sentada junto a Belvídero le miraba con los ojos llameantes. Guardaba
silencio.
–¡No me confiaría a unos espadachines para matar a mi amante, si me abandonara!
–después había reído; pero su mano convulsa hacía añicos una bombonera de oro
milagrosamente esculpida.
–¿Cuándo serás Gran Duque? –preguntó la sexta al príncipe, con una expresión de
alegría asesina en los dientes y de delirio báquico en los ojos.
–¿Y cuándo morirá tu padre? –dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete de
flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita
acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.
–¡Ah, no me habléis de ello! –exclamó el joven y hermoso don Juan Belvídero–.
¡Sólo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo
quien lo tenga!
Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo príncipe
lanzaron un grito de horror. 
Doscientos años más tarde y bajo Luis XV las gentes
de buen gusto hubieran reído ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de
una orgía las almas tienen aún demasiada lucidez. 
A pesar de la luz de las
velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de
los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizás
había aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas
humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas ondas de
un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya marchitos, torpes los
ojos, y la embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta las
sandalias. En aquel momento de silencio se abrió una puerta, y, como en el
festín de Belsasar(4), Dios hizo acto de presencia y apareció bajo la forma de
un viejo sirviente de pelo blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró
con una expresión triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas
bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros
sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las
mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con
voz cavernosa estas sombrías palabras:
–Señor; vuestro padre se está muriendo.
Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría traducirse
por un: «Lo siento, esto no pasa todos los días».
¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de los
esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La muerte es
tan repentina en sus caprichos como una cortesana en sus desdenes; pero más
fiel, pues nunca engañó a nadie.
Cuando don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría
como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su
papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta. La noche era
negra.

 El silencioso sirviente que conducía al joven hacia la cámara mortuoria
alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frío, el
silencio, la oscuridad, y quizá por la embriaguez, pudo deslizar algunas
reflexiones en el alma de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó
pensativo, como un procesado que se dirige al tribunal.
Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había
pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con
frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas
riquezas y una sabiduría más valiosa, decía, que el oro y los diamantes, que
ahora ya no le preocupaban lo más mínimo.
–Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber –exclamaba a veces sonriendo.
Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su
juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro:
–Querido hijo, haz sólo tonterías que te diviertan.
Era el único anciano que se complacía en ver a un hombre joven, el amor paterno
engañaba a su avanzada edad en la contemplación de una vida tan brillante. A la
edad de sesenta años Belvídero se había enamorado de un ángel de paz y de
belleza. Don Juan había sido el único fruto de este amor tardío y pasajero.
Desde hacía quince años, este hombre lamentaba la pérdida de su amada Juana. Sus
numerosos sirvientes y también su hijo atribuyeron a este dolor de anciano las
extrañas costumbres que adoptó. Confinado en el ala más incómoda de su palacio,
salía raramente, y ni el mismo don Juan podía entrar en las habitaciones de su
padre sin haber obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venía por
el palacio, o por las calles de Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le
faltase; caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en conflicto con
una idea o un recuerdo. Mientras el joven daba fiestas suntuosas y el palacio
retumbaba con el estallido de su alegría, los caballos resoplaban en el patio y
los pajes discutían jugando a los dados en las gradas, Bartolomé comía siete
onzas de pan al día y bebía agua. Si tomaba algo de carne era para darle los
huesos a un perro de aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del ruido.
Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los
perros le sorprendían, se limitaba a decir: «¡ah, es don Juan que vuelve!».
Nunca hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven
Belvídero, acostumbrado a tratarle sin ceremonias, tenía todos los defectos de
un niño mimado. Vivía con Bartolomé como vive una cortesana caprichosa con un
viejo amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa, vendiendo su buen
humor; y dejándose querer. Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de
sus años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería difícil echar en falta
la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su
corazón mientras atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero
por haber vivido tanto tiempo. Le venían sentimientos de piedad filial del mismo
modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un
millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que constituían los
aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda,
respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerías y
armarios cubiertos de polvo, se encontró en la antigua habitación del anciano,
ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. Una lámpara,
situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos
desiguales, capas de luz más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro
del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las
ventanas mal cerradas; y la nieve, azotando las vidrieras, producía un ruido
sordo. Aquella escena, contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de
abandonar; que no pudo evitar un estremecimiento. Después tuvo frío, cuando al
acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento
iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada
a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que
reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por el dolor; la boca
entreabierta y desprovista de dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre
energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. A pesar de tales signos
de destrucción, brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder. Un
espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad
guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba con su mirada
moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. Aquella mirada,
fija y fría, era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía en una
inmovilidad semejante a la de los cráneos situados sobre la mesa de los médicos.
Su cuerpo, dibujado por completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los
miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los
ojos. Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.
Don Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre
moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume
de la fiesta y el olor del vino.
–¡Te divertías! –exclamó el anciano cuando vio a su hijo.
En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los
invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompañaba,
dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre. Don Juan no quiso
oír aquel salvaje asentimiento.
Bartolomé dijo:
–No te quiero aquí, hijo mío.
Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre
semejante puñalada de bondad.
–¡Qué remordimientos, padre! –dijo hipócritamente.
–¡Pobre Juanito! –continuó el moribundo con voz sorda–, ¿tan bueno he sido para
ti que no deseas mi muerte?
–¡Oh! –exclamó don Juan–, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote parte
de la mía! («cosas así pueden decirse siempre, ¡es como si ofreciera el mundo a
mi amante!»).
Apenas concluyó este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella
voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido
comprendido por el perro.
–Ya sabía, hijo mío, que podía contar contigo –exclamó el moribundo–, viviré.
Podrás estar contento. Viviré, pero sin quitarte un sólo día que te pertenezca.
«Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:
–Sí, padre querido, viviréis ciertamente, porque vuestra imagen permanecerá en
mi corazón.
–No se trata de esa vida –dijo el noble anciano, reuniendo todas sus fuerzas
para incorporarse, porque le sobrecogió una de esas sospechas que sólo nacen en
la cabecera de los moribundos–. Escúchame, hijo –continuó con la voz debilitada
por este último esfuerzo–, no tengo yo más ganas de morirme que tú de prescindir
de amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.
«Estoy seguro de ello», pensó el hijo arrodillándose a la cabecera de la cama y
besando una de las manos cadavéricas de Bartolomé.
–Pero –continuó en voz alta–, padre, padre querido, hay que someterse a la
voluntad de Dios.
–Dios soy yo –replicó el anciano refunfuñando.
–No blasfeméis –dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los rasgos
de su padre–. Guardaos de hacerlo, habéis recibido la Extremaunción, y no podría
hallar consuelo viéndoos morir en pecado.
–¿Quieres escucharme? –exclamó el moribundo, cuya boca crujió.
Don Juan cedió. Reinó un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de la
nieve llegaron aún los acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como un
día naciente. El moribundo sonrío.
–Te agradezco el haber invitado a cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta!,
mujeres jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de la
vida, haz que se queden. Voy a renacer.
–Es el colmo del delirio –dijo don Juan.
–He descubierto el medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa;
podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.
–Ya está, padre.
–Bien, toma un pequeño frasco de cristal de roca.
–Aquí está.
–He empleado veinte años en... –en aquel instante, el anciano sintió próximo el
final y reunió toda su energía para decir–: Tan pronto como haya exhalado el
último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con esta agua, y renaceré.
–Pues hay bastante poco –replicó el joven.
Si bien Bartolomé ya no podía hablar; tenía aún la facultad de oír y de ver, y
al oír esto, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento de
escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como el de una estatua de
mármol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a mirar de lado, sus
ojos, más grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. Estaba muerto, muerto
perdiendo su única, su última ilusión. Buscando asilo en el corazón de su hijo
encontró una tumba más honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus
muertos. Sus cabellos se habían erizado también por el horror; y su mirada
convulsa hablaba aún. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir
venganza a Dios.
–¡Vaya!, se acabó el buen hombre –exclamó don Juan.
Presuroso por acercar el misterioso cristal a la luz de la lámpara como un
bebedor examina su botella al final de la comida, no había visto blanquear el
ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta alternativamente a su
amo muerto y el elixir; del mismo modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora
al frasco. La lámpara arrojaba ráfagas ondulantes. El silencio era profundo, la
viola había enmudecido. Belvídero se estremeció creyendo ver moverse a su padre.
Intimidado por la expresión rígida de sus ojos acusadores los cerró del mismo
modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de
otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos. De
repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompió el
silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer el frasco. De sus
poros brotó un sudor más frío que el acero de un puñal. Un gallo de madera
pintada surgió de lo alto de un reloj de pared, y cantó tres veces. Era una de
esas máquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se hacían despertar para
sus trabajos a una hora fija los sabios de la época. El alba enrojecía ya las
ventanas. Don Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de
pared era más fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia
Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes,
mientras que don Juan poseía uno particular al hombre, llamado corazón. Para no
arriesgarse a perder el misterioso licor; el escéptico don Juan volvió a
colocarlo en el cajón de la mesita gótica. En tan solemne momento oyó un tumulto
sordo en la galería: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce
de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se
abrió y el príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las
cantantes aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas
sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego
palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pésame de
costumbre.
–¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? –dijo el
príncipe al oído de la Brambilla.
–Su padre era un buen hombre –le respondió ella.
Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían impreso a sus rasgos
una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo.
Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios secos
por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron
a rezar. Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor; las
alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que
es vida, se postraba así ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la
vida disoluta y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la religión
era un exceso, y los excesos una religión. El príncipe estrechó afectuosamente
la mano de don Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el
mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría
desapareció, dejando la sala vacía. Ciertamente era una imagen de la vida.
Mientras bajaban las escaleras le dijo el príncipe a la Rivabarella:
–Y bien, ¿quién habría creído a don Juan un fanfarrón impío? ¡Ama a su padre!
–¿Os habéis fijado en el perro negro? –preguntó la Brambilla.
–Ya es inmensamente rico –dijo suspirando Blanca Cavatolino.
–¡Y eso qué importa! –exclamó la orgullosa Baronesa, aquella que había roto la
bombonera.
–¿Cómo que qué importa? –exclamó el duque–. ¡Con sus escudos él es tan príncipe
como yo!
Don Juan, en un principio, asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias
decisiones. Después de haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvió a
la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoísmo. Encontró allí a
toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho fúnebre en el cual iba a ser
expuesto al día siguiente el difunto señor; en medio de una soberbia capilla
ardiente, curioso espectáculo que toda Ferrara vendría a admirar. Don Juan hizo
un gesto y sus gentes se detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.
–Dejadme solo aquí –dijo con voz alterada– y no entréis hasta que yo salga.
Cuando los pasos del anciano sirviente que salió el último sólo sonaron
débilmente en las losas, cerró don Juan precipitadamente la puerta, y seguro de
su soledad exclamo:
–¡Veamos!
El cuerpo de Bartolomé estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a
los ojos de todos el horrible espectáculo de un cadáver al que una decrepitud
extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los embalsamadores habían
colocado una sábana sobre el cuerpo, envolviéndole todo menos la cabeza. Aquella
especie de momia yacía en el centro de la habitación, y la sábana, amplia,
dibujaba vagamente las formas, aun así duras, rígidas y heladas. El rostro tenía
ya amplias marcas violeta que mostraban la necesidad de terminar el
embalsamamiento. A pesar del escepticismo que le acompañaba, don Juan tembló al
destapar el mágico frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un temblor
estuvo a punto de obligarle a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente
corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un
pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que aguijoneaba su viva
curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que
resonaron en su corazón: «¡impregna un ojo!». Tomó un paño y, después de haberlo
empapado con parsimonia en el precioso licor; lo pasó lentamente sobre el
párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.
–¡Ah! ¡Ah! –dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en
sueños la rama de la que colgamos sobre un precipicio.
Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto, donde la luz
temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras, brillaba
como ese único resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las
noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don
Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía.
Todas las pasiones humanas se agitaban en él. Eran las más tiernas súplicas: la
cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la
mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último escalón del
patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan
retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo,
que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de
puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban
ojos que ladraban a su alrededor.
–¡Bien podría haber vivido cien años! –exclamó sin querer cuando, llevado ante
su padre por una fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.
De repente, aquel párpado inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente,
como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí! », don
Juan no se hubiera asustado más.
«¿Qué hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel párpado blanco.
Sus esfuerzos fueron vanos.
–¿Reventarlo? ¿Sería acaso un parricidio? –se preguntaba.
–Sí –dijo el ojo con un guiño de una sorprendente ironía.
–¡Ja! ¡Ja! ¡Aquí hay brujería! –exclamó don Juan, y se acercó al ojo para
reventarlo. Una lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver; y cayó en la
mano de Belvídero–. ¡Está ardiendo! –gritó sentándose.
Aquella lucha le había fatigado como si hubiera combatido contra un ángel, como
Jacob.
Finalmente se levantó diciendo para sí:
«¡Mientras no haya sangre...!» Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser
cobarde, reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar. Un gemido
inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre perro de aguas expiró aullando.
«¿Sabría él el secreto?», se preguntó don Juan mirando al fiel animal.
Don Juan Belvídero pasó por un hijo piadoso. Levantó sobre la tumba de su padre
un monumento y confió la realización de las figuras a los artistas más célebres
de su tiempo. Sólo estuvo completamente tranquilo el día en que la estatua
paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa,
en el fondo de la cual enterró el único remordimiento que hubiera rozado su
corazón en los momentos de cansancio físico. Haciendo inventario de las inmensas
riquezas amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ¿Acaso no
tenía dos vidas humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y
escrutadora, penetró en el principio de la vida social y abrazó mejor al mundo,
puesto que lo veía a través de una tumba. Analizó a los hombres y las cosas para
terminar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el
Presente, configurado por la Ley; con el Futuro, desvelado por las Religiones.
Tomó el alma y la materia, las arrojó en un crisol, no encontró nada, y desde
entonces se convirtió en DON JUAN.
Dueño de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, a la vida,
despreciando al mundo, pero apoderándose del mundo. Su felicidad no podía ser
una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario, con un agradable
calentador de cama en invierno, una lámpara de noche y unas pantuflas nuevas
cada trimestre. No; se asió a la existencia como un mono que coge una nuez y,
sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las envolturas del fruto, para
degustar la sabrosa pulpa. La poesía y los sublimes arrebatos de la pasión
humana no le interesaban. No cometió el error de otros hombres poderosos que,
imaginando que las almas pequeñas creen en las grandes almas, se dedican a
intercambiar los más altos pensamientos del futuro con la calderilla de nuestras
ideas vitalicias. Bien podía, como ellos, caminar con los pies en la tierra y la
cabeza en el cielo; pero prefería sentarse y secar bajo sus besos más de un
labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte, allí
por donde pasaba devoraba todo sin pudor; queriendo un amor posesivo, un amor
oriental de placeres largos y fáciles. Amando sólo a la mujer en las mujeres,
hizo de la ironía un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se servían de
un lecho para subir a los cielos donde iban a perderse en el seno de un éxtasis
embriagador, don Juan las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un
estudiante alemán sabe serlo. Pero decía YO cuando su amante, loca, extasiada
decía NOSOTROS. Sabía dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre
era lo bastante fuerte como para hacerle creer que era un joven colegial que
dice a su primera compañera de baile: «¿Te gusta bailar?», también sabía
enrojecer a propósito, y sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores.
Había burla en su simpleza y risa en sus lágrimas, pues siempre supo llorar como
una mujer cuando le dice a su marido: «Dame un séquito o me moriré enferma del
pecho».
Para los negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en
circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres,
es un hombre; para ciertos espíritus es un salón, una camarilla, un barrio, una
ciudad; para don Juan, el universo era él. Modelo de gracia y de belleza, con un
espíritu seductor; amarró su barca en todas las orillas; pero, haciéndose
llevar; sólo iba allí adonde quería ser llevado. Cuanto más vivió, más dudó.
Examinando a los hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la
prudencia, cobardía; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la
delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y, gracias a una fatalidad
singular; se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas, justas,
generosas, prudentes y valerosas, no obtenían ninguna consideración entre los
hombres. «¡Qué broma tan absurda!» –se dijo–. «No procede de un dios.» Y
entonces, renunciando a un mundo mejor; jamás se descubrió al oír pronunciar un
nombre, y consideró a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte.
Pero también, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, no
contradecía en exceso los prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el
verdugo, pero daba la vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan
bien expresados en su escena con el Señor Dimanche(5). Fue, en efecto, el tipo
de Don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth
de Maturin. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de Europa, y a las
que no faltarán quizá ni los acordes de Mozart ni la lira de Rossini. Terribles
imagenes que el principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del cual
se encuentran copias cada siglo: bien porque este tipo entra en conversaciones
humanas encarnándose en Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio
como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironía como el divino Rabelais;
o, incluso, se ría de los seres en lugar de insultar a las cosas como el
mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las cosas
como el más célebre de nuestros embajadores.
Pero la profunda jovialidad de don Juan Belvídero precedió a todos ellos. Se rió
de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e
ideas. En lo que respecta a la eternidad, había conversado familiarmente media
hora con el papa Julio II, y al final de la charla le había dicho riendo:
Si es absolutamente preciso elegir prefiero creer en Dios a creer en el diablo;
el poder unido a la bondad ofrece siempre más recursos que el genio del mal
.
–Sí, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.
–¿Siempre pensáis en vuestras indulgencias? –respondió Belvídero–. ¡Pues bien!,
tengo reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi
primera vida.
–¡Ah! si es así como entiendes la vejez –exclamó el papa– corres el riesgo de
ser canonizado.
–Después de vuestra ascensión al papado, puede creerse todo.
Fueron entonces a ver a los obreros que estaban construyendo la inmensa basílica
consagrada a San Pedro.
–San Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder –dijo
el papa a don Juan–, merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso
que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a empezar...
Don Juan y el papa se echaron a reír; se habían entendido bien. Un necio habría
ido a la mañana siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la
deliciosa Villa Madame(6), pero Belvídero acudió a verle oficiar pontificalmente
para convencerse de todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovera hubiera
podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.
Sin embargo, esta leyenda no tiene por objeto el proporcionar material a
aquellos que deseen escribir sobre la vida de don Juan, sino que está destinada
a probar a las gentes honestas que Belvídero no murió en un duelo con una piedra
como algunos litógrafos quieren hacer creer.
Cuando don Juan Belvídero alcanzó la edad de sesenta años, se instaló en España.
Allí, ya anciano, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y como
lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había observado que no
somos tan tiernamente amados como por las mujeres en las que nunca pensamos.
Doña Elvira, educada santamente por una anciana tía en lo más profundo de
Andalucía, en un castillo a pocas leguas de Sanlúcar, era toda gracia y
devoción. Don Juan adivinó que aquella joven sería del tipo de mujer que combate
largamente una pasión antes de ceder; y por ello pensó poder conservarla
virtuosa hasta su muerte. Fue una broma seria, un jaque que se quiso reservar
para jugarlo en sus días de vejez. Fortalecido con los errores cometidos por su
padre Bartolomé, don Juan decidió utilizar los actos más insignificantes de su
vejez para el éxito del drama que debía consumarse en su lecho de muerte. De
este modo, la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los sótanos de su
palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su fortuna
estableció una renta vitalicia para que le produjera intereses durante su vida,
la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera haber practicado.
Pero semejante maquiavélica especulación no le fue muy necesaria. El joven
Felipe Belvídero, su hijo, se convirtió en un español tan concienzudamente
religioso como impío era su padre, quizás en virtud del proverbio: a padre
avaro, hijo pródigo.
El abad de Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la
duquesa de Belvídero y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre santo,
admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y una cabeza al
estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificación y
diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. Quizás esperaba el
anciano señor matar a algún monje antes de terminar su primer siglo de vida.
Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo don Juan,
bien porque doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que España le
otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un
viejo cura rural, sin escándalos en su casa. A veces, sentía placer si
encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les
exigía realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de
Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de
Sanlúcar; a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. Sin
embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero prodigaba a su persona,
llegaron los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de
impotencia, gritos tanto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos
de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. Aquel hombre, cuyo grado más
alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los
que él se mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizás. Aquel modelo
de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte, gentil
para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un campesino retuerce
una vara de mimbre, aquel hombre ingenio, tenía una pituita pertinaz, una
molesta ciática y una gota brutal. Veía cómo sus dientes le abandonaban, al
igual que se van, una a una, las más blancas damas, las más engalanadas, dejando
el salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas
piernas se tambalearon, y una noche, la apoplejía le aprisionó sus manos corvas
y heladas. Desde aquel fatal día se volvió taciturno y duro. Acusaba la
dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos
cuidados y delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en
rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y
doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía afectuosa
para decirles:
«Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonáis, verdad? Os atormento un poco.
¡Ay, gran Dios! ¿cómo te sirves de mí para poner a prueba a estas dos celestes
criaturas? Yo, que debiera ser su alegría, soy su calamidad». De este modo les
encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de
impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre
nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó
infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo con él.
Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarle, había que
manejarle como una falúa que entra en un canal peligroso. Luego, llegó el día de
la muerte. Aquel brillante y escéptico personaje de quien sólo el entendimiento
sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un
confesor; los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con
ellos. ¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir?
Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como sombras
las arrebatadoras delicias de la juventud.
Era una hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El
cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire,
las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la naturaleza le
daba pruebas ciertas de su resurrección, un hijo piadoso y obediente le
contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel
cándido ser.
–Felipe –le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y
llorar de felicidad al joven.
Nunca antes había pronunciado así «Felipe» aquel padre inflexible.
–Escúchame, hijo mío –continuó el moribundo–. Soy un gran pecador. Durante mi
vida, también he pensado en mi muerte. En otro tiempo, fui amigo del gran papa
Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis sentidos
me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir
los santos óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana entre las
rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de
la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo
mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha
estado en la cabecera de mi cama... El precioso cristal podrá servirte aún,
querido Felipe. Júrame por tu salvación eterna que ejecutarás puntualmente mis
órdenes.
Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado la expresión de los
sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella
mirada, como su padre había muerto en la desesperanza de su propia mirada.
–Tú merecías otro padre –continuó don Juan–. Me atrevo a confesarte, hijo mío,
que en el momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el
viático, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el
de Dios.
–¡Oh, padre!
–Y me decía a mí mismo que, cuando Satán haga su paz, tendrá que acordar el
perdón de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue.
Iré, pues al infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.
–¡Oh, decídmela pronto, padre!
–Tan pronto como haya cerrado los ojos –continuó don Juan–, unos minutos
después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en
medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor de las estrellas
deberá ser suficiente. Me despojarás de mis ropas, rezarás padrenuestros y
avemarías elevando tu alma a Dios y humedecerás cuidadosamente con esta agua
santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza primero, y luego sucesivamente los
miembros y el cuerpo; pero, hijo mío, el poder de Dios es tan grande, que no
deberás asombrarte de nada.
Entonces, don Juan, que sintió llegar la muerte, añadió con voz terrible:
–Toma  bien el frasco.
Y expiró dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lágrimas bañaron
su rostro irónico y pálido.
Era cerca de medianoche cuando don Felipe Belvídero colocó el cadáver de su
padre sobre la mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus grises
cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la claridad de la luna
cuyos extraños reflejos iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe entrever
indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. El
joven impregnó un paño en el licor que, sumido en la oración, ungió fielmente
aquella cabeza sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos
indescriptibles, pero los atribuía a los juegos de la brisa en la cima de los
árboles. Cuando humedeció el brazo derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso
le cogía el cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito desgarrador y dejó
caer el frasco, que se rompió. El licor se evaporó. Las gentes del castillo
acudieron, provistos de candelabros, como si la trompeta del juicio final
hubiera sacudido el universo. En un instante, la habitación estuvo llena de
gente. La multitud temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el
poderoso brazo de su padre, que le apretaba el cuello. Después, cosa
sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan
bella como la de Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca
bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al
que pertenecía. Un anciano servidor gritó:
–¡Milagro! –Y todos los españoles repitieron–: ¡Milagro!
Doña Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia,
mandó buscar al abad de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos
el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente y como abad, para
aumentar sus ingresos. Declarando enseguida que don Juan sería canonizado sin
ninguna duda, fijó la apoteósica ceremonia en su convento, que en lo sucesivo se
llamaría, dijo, San–Juan–de–Lúcar. Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto
jocoso.
El gusto de los españoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no
resultan difíciles de creer las hechicerías religiosas con que el abad de
Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvídero a su iglesia.
Días después de la muerte del ilustre noble, el milagro de su imperfecta
resurrección era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de más de
cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba cómico ver a los curiosos
en los caminos; vinieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum con
antorchas. 

La antigua mezquita del convento de Sanlúcar; una maravillosa
edificación construida por los moros, cuyas bóvedas escuchaban desde hacía tres
siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la
multitud que acudía a ver la ceremonia.

 Apretados como hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo
 y armados con sus espadas, estaban de pie alrededor de
las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que sólo se doblaban
allí. Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas dibujaban las amorosas formas,
daban su brazo a ancianos de cabellos blancos. 

Jóvenes con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. 
Había, además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que se cogían de la mano, temerosos. 
Allí estaba aquella multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave tumulto en el silencio de la noche. 
Las amplias puertas de la iglesia se abrieron.
 Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de
lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a la
que nuestras modernas óperas sólo podrían aproximarse débilmente. 

Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su
honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que
concedieron un mágico aspecto al monumento. 

Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes
 de oro y plata, las galerías, las figuras sarracenas recortadas,
 los más delicados trazos de tan delicada
escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se
forman en un brasero al rojo. 

Era un océano de fuego, dominado al fondo de la
iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria
habría podido rivalizar con la de un sol naciente. 

En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las  borlas, de los santos y de los exvotos,
 palidecía ante el relicario en que se encontraba don Juan.
 El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores,
cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafín, y
sustituía en el altar a un retablo de Cristo. 

A su alrededor brillaban numerosos  cirios que lanzaban al aire ondas llameantes.
 El abad de Sanlúcar, adornado con
los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su
roqueta, su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de un lujo
imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos
plateados, revestidos de albas finas y que le rodeaban semejantes a los santos
confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. 

El gran chantre y los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes 
insignias de sus vanidades  eclesiásticas, iban y venían
 en el seno de las nubes formadas por el incienso,
semejantes a los astros que ruedan en el firmamento. 

Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron
 los ecos del campo, y aquella inmensa asamblea
lanzó a Dios el primer grito de alabanza con que comienza el Te Deum.
¡Sublime grito! Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en éxtasis unidas a
las voces graves y fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas,
que el órgano no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. 

Sólo las agudas notas de la voz joven de los niños del coro y los amplios acentos de
algunos bajos, suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en
este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un sentimiento de
amor.
–Te Deum laudamus!
Aquel canto salía del seno de la catedral negra de mujeres y hombres
arrodillados, semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió
el silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con nubes
de incienso que arrojaban entonces velos diáfanos y azulados sobre las fantasías
maravillosas de la arquitectura. 
Todo era riqueza, perfume, luz y melodía. En el
instante en que aquella música de amor y de reconocimiento se concentró en el
altar, don Juan, demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado
espiritual, por no decir burlón, respondió con una espantosa carcajada y se
acomodó en su relicario. 
Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corría
de ser tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleón.
Turbó aquella melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del
infierno. La tierra bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus
antiguos cimientos.
–Te Deum laudamus! –decía la asamblea.
–¡Al diablo todos!, ¡sois unas bestias! ¡Dios! Dios!, ¡carajos demonios(7)!,
¡animales, sois unos estúpidos con vuestro viejo Dios!
Y un torrente de imprecaciones discurrió como un río de lava ardiente en una
erupción del Vesubio.
–Deus sabaoth, sabaoth! –gritaron los cristianos.
–¡Insultáis la majestad del infierno! contestó don Juan con un rechinar de
dientes.
Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazó a la
asamblea con gestos de desesperación e ironía.
–El santo nos bendice –dijeron las viejas mujeres, los niños y los novios,
gentes crédulas.
Así somos frecuentemente engañados en nuestras adoraciones. 
El hombre superior se burla de los que le elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que se burla en el fondo de su corazón.
Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:
–Sancte Johannes, ora pro nobis –entendió claramente:
–Oh, coglione!
–¿Qué pasa ahí arriba? –exclamó el deán al ver moverse el relicario.
–El santo dice diabluras –respondió el abad. Entonces, aquella cabeza viviente
se separó violentamente del cuerpo que ya no vivía y cayó sobre el cráneo
amarillo del oficiante.
–¡Acuérdate de doña Elvira! –gritó la cabeza devorando la del abad.
Éste profirió un horrible grito que turbó la ceremonia. Todos los sacerdotes
corrieron y rodearon a su soberano.
–¡Imbécil! ¿y dices que hay un Dios? –gritó la voz en el momento en que el abad,
mordido en su cerebro, expiraba.